Comer pipas, esperar

Hubo una edad intermedia que ya no era del todo la infancia pero tampoco aún la adolescencia y que se caracterizó por la espera. Esperaba que pasara algo, creía que iba a pasar algo, tenía que pasar algo, quería que pasara algo pero no pasaba nada. Pasaba una mañana de colegio tras otra, siempre mirando por por la ventana y distraída, constantemente distraída. Pasaba una tarde tras otra. Y comía pipas, comía muchas pipas sin que me gustaran especialmente las pipas.

Esa era la principal diversión en esas tardes de la edad intermedia, sentarme con un grupo de amigas en un escalón a comer pipas y a esperar. Y mientras esperábamos, como no había nada mejor qué hacer, mirábamos y nos reíamos como si fuéramos las espectadoras de una función de teatro gratuita, no demasiado apasionante pero sí bastante cómica sin pretenderlo. Lo absurdo del mundo y de sus pobladores desfilando ante nuestros ojos. Estábamos seguras de que nunca formaríamos parte de ese teatro ni llegaríamos a ser como todas esas personas ridículas y patéticas que veíamos pasar.

Comíamos pipas esperando el gran acontecimiento, el tornado repentino que nos arrastraría en su remolino y nos llevaría lejos de ahí, del barrio, de la carretera de Andalucía con su incesante ruido de tráfico, canción de cuna de nuestras noches de infancia, del polvo que pisábamos con los zapatos del colegio, de los feos zapatos del colegio, de nuestras familias, de todo lo que era nuestro y conocíamos y queríamos pero nos asfixiaba a la vez.

Ya nos habíamos comido una bolsa entera de pipas cada una y ahí seguíamos, en el escalón hasta que se encendían las farolas, señal de que había que salir corriendo para subir a cenar. A esa hora también salían las cucarachas por debajo de los soportales vacíos. Entonces, Maite, una de esas amigas comedoras de pipas, se levantaba, pegaba un pisotón a una de las cucarachas que marchaban en siniestra fila, a la vez que soltaba un grito para que no se oyera el asqueroso crac y, haciendo una especie de danza tribal, decía, “se lo dedico a mi madre indígena”. A continuación salíamos corriendo, cada una hacia su portal, riéndonos de la madre indígena de Maite que en realidad era una señora bajita, con moño y acento sevillano.

Al entrar en mi edificio, saludaba deprisa al portero, se llama Macario y cuando era pequeña, pequeña de verdad, me consolaba cuando se me saltaban las lágrimas porque mi madre tardaba en volver y yo pensaba que se había muerto. A la vez se reía y me llamaba “ojos aguanosos”. En ese momento lo que me llamaba era,”tardulera” y me avisaba de que me iban a regañar porque había visto pasar ya a tres de mis hermanos. Macario era un gran inventor de palabras, tal vez porque se pasaba el día haciendo crucigramas y sopas de letras.

¿Acabaría yo también haciendo crucigramas para pasar el rato y ya sin esperar cataclismo ni conmoción ni tornado arrollador,con el pelo blanco como el suyo, transformada en una ridícula y patética más de las que pasan por la calle mientras los niños que comen pipas en un escalón se ríen cuando pasas?

Creía que no, que a mí eso no me pasaría nunca, yo iba a poder escapar y también mis amigas porque nos habíamos dado cuenta de la trampa y podríamos sortearla. Qué trampa era y cómo se evitaba ya no lo tenía tan claro pero eso no tenía importancia. Era la edad de la esperanza, todo era posible todavía y por eso entraba muy contenta en casa, dueña de todas las posibilidades y con la lengua hinchada por la sal de las pipas.

Hasta que al rato se oía la voz de mi padre preguntando, ¿ya estamos todos?, echad la llave. En mi casa era muy importante ese cierre final, un ritual que nunca se podía olvidar. El último daba las tres vueltas requeridas y en ese momento me venía un mal pensamiento, ¿y si nunca iba a pasar nada y si todo eso que esperaba y que ni yo misma sabía lo que era, no llegaba jamás?

Me inquietaba el ruido de la llave girando en la cerradura, como si lo que se estuviera encerrando con esos tres giros fueran todos mis sueños de felicidad.

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56 comentarios en “Comer pipas, esperar

  1. Qué buen final! Tú siempre nos llevas al pasado 🙂
    Me encantan las palabras de tu portero. Genial. A mí también me gusta inventarme palabras.
    Yo esa época a que te refieres la pasé en las nubes, soñando con escaparme de casa y estudiar teatro, viendo pelis Hollywoodenses y leyendo la vida de mis estrellas favoritas una y otra vez y copiándoles los vestidos que yo diseñaba y mi madre me cosía, jaja. Escapar de la triste rutina como fuera, pero luego va y acabas en ella. Qué pena.
    Besos.

    1. Vaya, Celia, qué ideas más claras tenías desde pequeña, qué creativa eras ya y tu madre qué buena haciéndote los vestidos. Pues te salió bastante bien. Yo solo sueños sin definir. Bueno, sí, al final casi todos caemos en la trampa aunque las rutinas tampoco son tan malas. Digo yo por decir algo.

  2. Las expectativas a veces son demoledoras. Sin embargo, también recuerdo esa época de esperar, yo me sentía frustrada con día en que no hubiera pasado algo, ansiosa como si la vida se me estuviera terminando y mientras yo perdiendo el tiempo. Un día le dije a mi padre que estaba harta, que ya tenía doce años y no me había pasado nada en la vida. Mi padre preocupado me dijo que me iba a empezar a censurar las lecturas. Con el tiempo pienso que no volvería a los doce años, era más aburrido.

    1. Ay, es buenísima la frase de que ya tenías doce años y no te había pasado nada en la vida, jajaja. Yo creo que éramos un poco noveleras y peliculeras. Tampoco me gustaría volver a esa edad ni en realidad a ninguna anterior. Bueno, a los veinticinco tal vez sí un rato todos los días.

  3. 🙂 Me gusta imaginarte comiendo pipas con tus amigas, al mismo tiempo que os comíais el mundo con vuestras risas. Uno siempre piensa que todo lo hará mejor que sus mayores y un día, sin saber cómo, eres tú el mayor y lo has hecho igual de mal o peor 😀 😀 😀
    El final con tres vueltas de llave me ha parecido el broche de oro a tu precioso texto, al que si he de poner un “pero”, es el de haberme hecho imaginar el cranch de las cucarachas al pisarlas ¡¡Arggg!! Hoy te odio un poco 😉

    1. Qué asco, de verdad, perdón, perdón. Yo solo he pisado una en mi vida, me dio tal repugnancia el sonido que no he podido repetir nunca.
      Seguro que tú también has sido comedora de pipas y reidora 🙂 🙂

      1. 😦 ¡Sí que es una pena! porque ya te digo yo que te haría a menudo proposiciones indecentes tipo comer pipas, ir a museos, teatros o montar un curso de escritura mano a mano 😀 😀 😀

  4. Siempre pensamos que no seremos iguales a los demás. Y eso está bien porque de lo contrario, ya desde niños no tendríamos esperanza.
    Hola Paloma! Ya de vuelta de mis andanzas veraniegas disfruto al leerte y también sigo disfrutando de las pipas. ¡Qué ricas!
    Besetes.

  5. Sueños cerrados con 3 giros de llave, es inquietante. ¿Nunca pensaste, o tuviste la sensación, incluso ahora, de que esperaras “el amor”? ¿O es muy idealista ese sueño? Las pipas son un vicio, también he comido muchas. Con sal la verdad es que te pones los morros como el culo de un mandril, es horrible. Sigo siendo un vicioso de todo esto: Cacahuetes -naturales, fritos, da igual- nueces, avellanas…y pistacho. Empiezo y no paro. El pistacho también te deja la boca hiper salada. La cerveza sin alcohol no la soporto.

    1. El amor, sí, toda la vida nos la pasamos esperando ese amor que, sinceramente, no sé si existe. Pero bueno, es bonito imaginarlo y esperarlo aunque no llegue o llegue y te decepcione.
      Tengo vicio con los pistachos, los demás frutos secos no me atraen mucho.

  6. Hermoso simbolo la llave…Haciendo Bernarda Alba, siendo Josefa, queriendo esa llave para huir al mar ,con mi varon, para estar feliz, casada ,contenta, escapada
    En mi casa materna jamas cerramos con llave…Yo trabajaba en el teatro y bajaba corriendo de un taxi a meterme en mi casa y amaba que estuviera sin llave
    Un año despues me case y me fui a vivir al hermoso barrio de la Recoleta y cerre mi vida con llave durante los 9 años de mi primer intento de huida…de todos modos, todas las noches que hago teatro, bendito sea Dios !,creo otra realidad y como soy buena en lo mio ,el publico jura que Yo soy esa…kakaka..el personaje…

  7. Ah, ¿pero que ya no podemos comer pipas?, ¡niña, tira los 5 paquetes de pipas que hemos comprado, los de sin sal, con sal, con sabor a barbacoa, las gigantes y las que se pelan bien!.
    Esos tiempos eran los de comer muchas, pero que muchas pipas, los bancos del paseo llenos de cáscaras que se llevaban las hormigas con mucho esfuerzo. A mi me gusta comer pipas en compañía, propicia la charla y es un hacer sin hacer. ¡Viva las pipas!

  8. Los crucigramas son un buen reflejo de esa época de transición. Los crucigramas se usan para no pensar. Buscas palabras pero no piensas. Es una de las pocas cosas que rompe lo que algunos llaman “el diálogo interior” que, sostienen, nunca cesa. Tal vez por eso muchos enfermos depresivos hacen crucigramas, para olvidarse de su angustia, despistarla.
    No sé si los has citado aposta, pero me ha llamado la atención.

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