Mes: octubre 2016

Planes de puente

A la Esme no le gustan los puentes cuando ella no los tiene, es que es muy envidiosa la mujer y muy rabiosa, también. Es mi amiga y no está bien que la critique blog mediante pero es que se ha puesto hecha una furia esta mañana y todo porque le he preguntado con toda mi buena intención qué planes tenía para estos días festivos.

La preguntita no puede ser más tonta pero, vamos, si quieres te la contesto y despejo tu duda agónica. Plan A: comprar comida con la que nutrir a mis entes hijos, adecentar mi morada  y mejor no sigo porque te puedo sumir en un tedio vital tan profundo que te va a ser imposible salir de él.

Bueno, Esme, le he dicho por animarla básicamente, pero si tienes un plan A es que también tienes uno B y seguramente será mucho mejor que el A.

Sí, claro, tengo un B, es este: disfrazarme de payasa diabólica y rodear el Congreso, ¿te apuntas conmigo?, me ilusiona bastante. Pero primero tengo que ir al Ahorra Más, de eso sí que no me libro, ¿y si voy ya directamente con el disfraz para ir metiéndome en el papel? Puede que haga eso ¿No te quieres venir , verdad? Lo noto en tu cara reacia, eres una sosa sin remedio, vete al pueblo con el Toni y ponte morada de huesos de santo y de buñuelos, anda, guapa. Y descansa por mí que yo tengo que trabajar el lunes y también el martes porque este negocio es así, los días de fiesta son los que más caja hago dando de beber a los sedientos que se pasean ociosos por aquí con sus proles jalogüinescas.

Qué pereza me da la vida a veces, hoy es a veces. Así que no sé para qué me preguntas. Y como me descuide tendré que dar de alta en la seguridad social a la máquina de los helados y luego se me rebelará porque tiene conexión wifi, es de eso tan raro que llaman el internet de las cosas,  y perpetrará un ataque zombie sin mi consentimiento. Todo ocurre sin mi consentimiento, ¿te crees que iba yo a estar aquí, de este quiosco prisionera, si fuera con mi consentimiento?, ¿te crees que iba yo a malgastar mis días en los pasillos de un cutre supermercado si fuera con mi consentimiento, te crees que iba yo a recorrerme la línea 4 de metro de punta a punta si fuera con mi consentimiento, te crees que iba yo a haber nacido para tenerme que morir?

Jamía, qué melodramática, pues como todos en eso del nacer y el morir y vaya parrafada que me ha largado, ahora me baila en la cabeza la palabra consentimiento y  todo por preguntar, por simple cortesía, que qué iba a hacer el puente, si con que me hubiera dicho,” pues nada, Eva, lo de siempre”, hubiera sido más que suficiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No era gris

Cuando el tío Antonio llegaba en coche por la cuesta que conducía a la casa de mis abuelos,  se anunciaba tocando la bocina con cuatro rítmicos toques. Esos toques sonaban como “Aúpa Atleti” y mis hermanos dejaban de inmediato lo que estuvieran haciendo, jugar al fútbol la mayor parte de las veces,  y se ponían a dar saltos de alegría y a corear los bocinazos.

Para ese tío nuestro, el mundo no era un lugar complejo ni difícil de entender, lo había dividido en dos mitades y así parcelado lo manejaba muy bien: los buenos, del Atleti, y los malos, del Madrid. Luego estaba la masa intermedia de los neutrales pertenecientes al resto de los equipos que viraban a un lado o hacia otro según se enfrentaran a los suyos o al rival. Si ganaban al Madrid pasaban de inmediato al lado bueno. No lo decía en broma, de verdad lo creía así, era un auténtico fanático  y aunque en su vida diaria se comportaba como un hombre serio que trabajaba en un banco y llevaba una vida ordenada y rutinaria, se volvía irracional si se trataba del fútbol y también muy sentimental.

Si estaba viendo las noticias e informaban sobre algún crimen, incendio, atentado, disturbio o catástrofe, él se lo achacaba a alguno del Madrid y no había más que investigar ni analizar. “Lo que pasa es que no lo quieren decir”, aseguraba luego con una media sonrisa ladina.

Cuando veía a mis hermanos con sus camisetas rojiblancas, regalo suyo igual que las bufandas, se le saltaban las lágrimas. “Me emociono, lloro cuando veo a las nuevas generaciones atléticas”, decía tocándose el corazón y secándose el sudor de la frente con un pañuelo.

Tenía dos hijos gemelos, Carlos y Toño, apodados los Catoños, pero, para su desgracia, no le habían salido demasiado futboleros, más bien eran aficionados a pegarse a todas horas. Constantemente estaban enzarzados en luchas, rodando en bola por el suelo, piernas y brazos enredados, sudando y en apariencia a punto de matarse pero solo en apariencia. De vez en cuando paraban, se quedaban tumbados jadeando como bestias malheridas, recobrando el aliento hasta que, ya recuperados, uno de los dos proponía mirando al otro, “¿otra pegadita?” y retomaban la lucha fiera.

Cuando no se pegaban entre ellos hacían otras burradas, por eso solían llevar puntos por las cejas o la barbilla y  alguna extremidad vendada o escayolada. Iban mucho a las urgencias y en cada una de esas visitas al hospital, el tío Antonio  les amenazaba con lo peor si no se portaban bien: “sois inaguantables, os juro que a la próxima….¡ os hago del Madrid!”. No lo hizo nunca, claro, pero sí les castigó llevando por primera vez a mis hermanos al Calderón en lugar de a ellos.

Volvieron tan impresionados por la experiencia que mi madre les tuvo que dar una aspirina infantil para que pudieran dormir, como también se la daba cuando perdía el Atleti porque se ponían casi enfermos del disgusto,  fueron niños fuertemente aspirinados.

Al día siguiente,  los Catoños llamaron a la puerta y tras atizar un par de puñetazos a los primos que les habían quitado el puesto, les sometieron a un interrogatorio. Querían saber de primera mano cómo había sido aquello pero mis hermanos solo decían, todavía impactados, “es verde, el campo es muy verde”. Como hasta entonces solo habían visto los partidos en la televisión en blanco y negro pensaban que el fútbol era un espectáculo gris.

 

 

 

 

 

Jeroglífico

¿Qué pasa cuando una mañana te levantas y no entiendes ?

Nada, no pasa nada, a la vida tu asombro le da lo mismo.

Indiferente a ti, abre el día como si fuera la página de un libro, coloca sus decorados y  te pone a desfilar junto a todos los demás.

Antes de salir te asomas a la ventana intentando descifrar algo.

Ha empezado a llover.

Un niño, abajo, en la calle, levanta la cabeza, abre la boca y bebe.

Después gira y se ríe con los brazos abiertos.

(Cuaderno de DM)

Destino: Marte

Dice el Toni que odia el mundo y a todos sus habitantes. Tal cual. Y todo porque ayer salió a dar una vuelta y se topó con una carrera popular, la de las mujeres que corren. Como el domingo pasado también se encontró con otra, la de los científicos que corren y huyendo de la de los científicos corredores,  cayó presa del perrotón, la de los que corren con sus perros, está muy desesperado. Que no hay salida, se pone. Que no le ve el fin ni la solución a este mundo absurdo.

Y una vez dichas estas exageradas palabras se puso a consultar el calendario de carreras populares para desesperarse todavía más. Es algo que le gusta hacer bastante, lo de desesperarse, me refiero. Lo malo no es que se desespere él solo, lo malo es que quiere que yo también participe y que me indigne con él. Por eso se pasó buena parte de la tarde de domingo leyéndome en voz alta, con gran exaltación de ánimo, los numerosos motivos por los que la gente se echa a correr por las calles con la insana intención de que yo también me deprimiera.

Escucha y alucina, me declamaba tan panchamente tumbado en el sofá, porque el Toni para desesperarse prefiere la horizontal: corre por el niño, corre por la solidaridad, corre por los mayores, corre por la diabetes, corre por Mercamadrid, corre por los emprendedores, corre para salvar el pinar de la Elipa.

Con esa retahíla de carreras leídas en un tono tétrico ya estaba yo a punto de coger el sueño, me hallaba en esos momentos tan apacibles de entrecerrado de ojos cuando un grito desgarrador me colocó de nuevo en el  presente continuo. Esto no puede ser verdad, esta iniciativa tiene que provenir de una mente muy degenerada, ¡la carrera de Papá Noel!, la inscripción incluye chaqueta, gorro, pantalón, cinturón , barba, saco de Papá Noel con regalos y avituallamiento en meta. Por  favor, por favor, Eva, dime que esto no es verdad, que se trata de un mal sueño.

Le iba a decir que sí, que se trataba claramente de una pesadilla para así poder echarme la siesta en paz pero la Noemi  intervino muy inoportunamente.

Ay, cómo mola esa, lo mismo me apunto , pero mira a ver si antes hay alguna de zombis, la careta de muerta vivienta ya la tengo del año pasado así que… Anda, pero si también hay una para los que no corren, a esa os podéis apuntar vosotros, es súper divertida, se tiran pintura por la cabeza y cosas así durante todo el trayecto y casi no tenéis que correr, un poco sí, pero no mucho,para eso es la carrera de los que no corren, ¿a que tiene gracia?

No puedo más, este mundo me supera, ¿para cuándo es la próxima expedición a Marte? En el 2020, no queda tanto, solo tengo que resistir un poco más, el planeta es feo pero está desierto, no habrá gente echándose tontamente a correr por sus tierras rojas, no habrá megafonías ni líneas de meta, no habrá atascos de entrada a Marte, no habrá, ahí está la clave de la felicidad, en todo lo que no habrá. El vacío, la nada, a eso es a lo que aspiro.

Entonces, ¿os apuntáis a la de los que no corren, sí o no? Sois de un soso…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mirada

Hace unos días, paseando por el parque, vi esa mirada tuya. Entonces me acordé de cuando venías cada día a las cuatro de la tarde y yo refunfuñaba por el pasillo mientras iba a abrirte la puerta y me quejaba de lo pesado que eras por venir cada día a las cuatro de la tarde, tan temprano, a esa hora que a mí me parecía mala, como si las horas fueran malas o buenas. Estaba cansada y quería dormir.

Me pedías un café, siempre me pedías un café, te lo tomabas de pie en la cocina y luego me decías, ¿dónde está el niño, está dormido?  Te sentabas al lado de la cuna y mirabas dormir a Manuel. Solo eso. Era esa misma mirada, exacta a la que vi en el parque: de ternura, de emoción, de misterio, como si mirando a un niño dormir uno pudiera entender algo de la vida y sus enigmas. Una mirada un poco triste pero también ilusionada. Una mirada maravillosa que yo no sabía apreciar porque entonces me parecías el inoportuno que se presentaba cada día a las cuatro de la tarde.

Entonces, ¿por qué la añoré tanto el otro día? Primero me puse muy triste porque ya no estás y es imposible que mires ,porque lo que mirabas tampoco está ya y porque me arrepentí de no haberla sabido disfrutar cuando la tenía, pero luego me alegré de que esa mirada siga existiendo en otros aunque no me pertenezca ni sea la tuya, en cierto modo sí es la tuya. En esos ojos estabas tú .

Me alegré, igual que uno se alegra de que existan árboles, música o estrellas. Así, de forma general y no exclusiva, para  embellecer  el mundo.

(Cuaderno de DM)

La casa de abajo

En el piso primero A y primero B  vivían cuatro hermanos de edades cercanas a las nuestras. Su casa,”la casa de abajo”, era nuestro lugar preferido para jugar después de la calle  y cuando no podíamos estar fuera porque hacía mal tiempo, íbamos directamente a la casa de abajo, sin preguntar. El padre era pediatra y pasaba consulta en el lado A, el B lo utilizaban de vivienda. La madre dabas las citas y le ayudaba como enfermera, por eso en el lado B nunca había ninguna figura de autoridad y podíamos hacer lo que quisiéramos.

Era una casa muy caótica, mucho más que la nuestra, también estaba bastante sucia, no era raro encontrar algún trozo de filete o de tostada a medio comer recubiertos de pelusas por debajo del sofá o telas de araña enganchadas en los travesaños de las sillas. Muchos muebles tenían pegados trozos de esparadrapo o de cinta aislante porque se rompían y esa era la manera provisional y a la vez definitiva de arreglarlos. Parecía una casa malherida.

Por supuesto que todo eso no nos importaba nada,  podíamos correr por todas partes y, sobre todo,  bajar todas las persianas y jugar a las tinieblas gritando mucho de miedo y nerviosismo. Era el juego de esa casa, por lo menos el inicial, nada más llegar y sin que hubiera que plantearse qué hacer, nos poníamos a oscurecer el entorno.

Una puerta corredera  separaba los dos lados. De vez en cuando la madre, una señora con cara de andar flotando en un mundo paralelo, nunca se alteraba , la abría para pasar al otro lado a coger o dejar algo, indiferente a las sombras, a las carreras, al desorden general. Lo que en el lado B era un salón comedor en el A era una sala de espera. Allí, sentados en sillas puestas en círculo, aguardaban los niños enfermos con sus madres. En el centro  había un cesto con juguetes viejos para que se entretuvieran. También tenían durante todo el año un árbol de Navidad decorado con bolas de colores, no muchas porque se iban cayendo y rompiendo. Unas navidades no lo quitaron por falta de tiempo o de ganas y se quedó para siempre.

Sentado en la silla de la esquina estaba el abuelo de nuestros amigos leyendo novelas policíacas  de Lou Carrigan, en concreto una saga en la que aparecía una tía muy buenorra en la portada. Huía del jaleo del lado B y cuando se cansaba de leer se ponía a mirar a los niños que lloraban o jugaban con los trastos víricos del cesto. Solo con una  observación desde la silla ya  les hacía un diagnóstico previo y a veces hasta les ponía tratamiento. Tuviesen lo que tuviesen, gastroenteritis, gripe, urticaria o faringitis siempre era “de libro”.

Según mi madre, el abuelo, que no era médico, sabía tanto o  más que don Luis, el pediatra, y tenía mejor ojo clínico. Otras madres también pensaban lo mismo, así que cuando ya les tocaba entrar   en la consulta si el médico verdadero diagnosticaba otra cosa, se quejaban, “ya, pero es que su padre ha dicho que lo que tiene es una bronquitis de libro”. Entonces salía don Luis con cara de furia y le mandaba castigado por bocazas al lado B, donde las tinieblas.

Como en la oscuridad no podía leer ni diagnosticar, se quedaba dormido en el sofá. En  penumbras veíamos su boca entreabierta  y para darle más emoción al juego nos gustaba pensar que estaba muerto pese a los ronquidos que lo delataban como vivo.

En la casa de abajo las recomendaciones dadas en el lado A se ignoraban olímpicamente en el B. Ninguno de nuestros amigos estaba vacunado, su padre decía que no hacía falta,  ya que disfrutaban de la inmunidad general, no tenían hora de acostarse y se quedaban tumbados por el suelo viendo películas hasta las tres de la mañana, comían macarrones casi todos los días, nunca se lavaban las manos antes de comer y vivían sin vigilancia una vida libre y feliz, claramente “de libro”.

 

 

 

 

 

 

Camino de las moras

Me gustaba ir al camino de las moras para encontrarme contigo.
De la zona de robles y zarzas salía un aire fresco y húmedo,los perros bajaban a bañarse al riachuelo y la gente, con bolsas, escarbaba entre las ramas.

Una mañana, dentro del hueco de un fresno encontré un búho perfectamente encajado, parecía parte del árbol, como si estuviera tallado en su madera. Fui a contártelo al camino de las moras. Muchas otras cosas he ido a contarte, que estaba triste o alegre, que me iba bien o mal, que había hecho lo que tú me aconsejaste o más bien todo lo contrario. Siempre me escuchabas en silencio y sin juzgar. Te notaba en la brisa, en el olor a tierra húmeda, en el cielo, en el silencio.

Pero hace tiempo que ya no estás. He vuelto muchas veces y sí, están los árboles, algunos enfermos, roídos por un parásito, están los montes, imponentes como siempre en su belleza verde y gris, el suelo amarillo después del largo verano, las moscas atontadas y zumbonas, pequeñas mariposas blancas, los cuervos con su pesado graznido, las urracas, los mirlos y un petirrojo descarado que siempre sale a saludar.

Ahora sí que te has ido definitivamente o he sido yo la que me he ido de ti. Tal vez si paso otra vez por el camino de las moras, por el lugar exacto donde estabas escuchando y te hablo como hacía antes, volverás. No me gusta nada que te mueras dos veces.

(Cuaderno de DM)