Mes: octubre 2016

Planes de puente

A la Esme no le gustan los puentes cuando ella no los tiene, es que es muy envidiosa la mujer y muy rabiosa, también. Es mi amiga y no está bien que la critique blog mediante pero es que se ha puesto hecha una furia esta mañana y todo porque le he preguntado con toda mi buena intención qué planes tenía para estos días festivos.

La preguntita no puede ser más tonta pero, vamos, si quieres te la contesto y despejo tu duda agónica. Plan A: comprar comida con la que nutrir a mis entes hijos, adecentar mi morada  y mejor no sigo porque te puedo sumir en un tedio vital tan profundo que te va a ser imposible salir de él.

Bueno, Esme, le he dicho por animarla básicamente, pero si tienes un plan A es que también tienes uno B y seguramente será mucho mejor que el A.

Sí, claro, tengo un B, es este: disfrazarme de payasa diabólica y rodear el Congreso, ¿te apuntas conmigo?, me ilusiona bastante. Pero primero tengo que ir al Ahorra Más, de eso sí que no me libro, ¿y si voy ya directamente con el disfraz para ir metiéndome en el papel? Puede que haga eso ¿No te quieres venir , verdad? Lo noto en tu cara reacia, eres una sosa sin remedio, vete al pueblo con el Toni y ponte morada de huesos de santo y de buñuelos, anda, guapa. Y descansa por mí que yo tengo que trabajar el lunes y también el martes porque este negocio es así, los días de fiesta son los que más caja hago dando de beber a los sedientos que se pasean ociosos por aquí con sus proles jalogüinescas.

Qué pereza me da la vida a veces, hoy es a veces. Así que no sé para qué me preguntas. Y como me descuide tendré que dar de alta en la seguridad social a la máquina de los helados y luego se me rebelará porque tiene conexión wifi, es de eso tan raro que llaman el internet de las cosas,  y perpetrará un ataque zombie sin mi consentimiento. Todo ocurre sin mi consentimiento, ¿te crees que iba yo a estar aquí, de este quiosco prisionera, si fuera con mi consentimiento?, ¿te crees que iba yo a malgastar mis días en los pasillos de un cutre supermercado si fuera con mi consentimiento, te crees que iba yo a recorrerme la línea 4 de metro de punta a punta si fuera con mi consentimiento, te crees que iba yo a haber nacido para tenerme que morir?

Jamía, qué melodramática, pues como todos en eso del nacer y el morir y vaya parrafada que me ha largado, ahora me baila en la cabeza la palabra consentimiento y  todo por preguntar, por simple cortesía, que qué iba a hacer el puente, si con que me hubiera dicho,” pues nada, Eva, lo de siempre”, hubiera sido más que suficiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No era gris

Cuando el tío Antonio llegaba en coche por la cuesta que conducía a la casa de mis abuelos,  se anunciaba tocando la bocina con cuatro rítmicos toques. Esos toques sonaban como “Aúpa Atleti” y mis hermanos dejaban de inmediato lo que estuvieran haciendo, jugar al fútbol la mayor parte de las veces,  y se ponían a dar saltos de alegría y a corear los bocinazos.

Para ese tío nuestro, el mundo no era un lugar complejo ni difícil de entender, lo había dividido en dos mitades y así parcelado lo manejaba muy bien: los buenos, del Atleti, y los malos, del Madrid. Luego estaba la masa intermedia de los neutrales pertenecientes al resto de los equipos que viraban a un lado o hacia otro según se enfrentaran a los suyos o al rival. Si ganaban al Madrid pasaban de inmediato al lado bueno. No lo decía en broma, de verdad lo creía así, era un auténtico fanático  y aunque en su vida diaria se comportaba como un hombre serio que trabajaba en un banco y llevaba una vida ordenada y rutinaria, se volvía irracional si se trataba del fútbol y también muy sentimental.

Si estaba viendo las noticias e informaban sobre algún crimen, incendio, atentado, disturbio o catástrofe, él se lo achacaba a alguno del Madrid y no había más que investigar ni analizar. “Lo que pasa es que no lo quieren decir”, aseguraba luego con una media sonrisa ladina.

Cuando veía a mis hermanos con sus camisetas rojiblancas, regalo suyo igual que las bufandas, se le saltaban las lágrimas. “Me emociono, lloro cuando veo a las nuevas generaciones atléticas”, decía tocándose el corazón y secándose el sudor de la frente con un pañuelo.

Tenía dos hijos gemelos, Carlos y Toño, apodados los Catoños, pero, para su desgracia, no le habían salido demasiado futboleros, más bien eran aficionados a pegarse a todas horas. Constantemente estaban enzarzados en luchas, rodando en bola por el suelo, piernas y brazos enredados, sudando y en apariencia a punto de matarse pero solo en apariencia. De vez en cuando paraban, se quedaban tumbados jadeando como bestias malheridas, recobrando el aliento hasta que, ya recuperados, uno de los dos proponía mirando al otro, “¿otra pegadita?” y retomaban la lucha fiera.

Cuando no se pegaban entre ellos hacían otras burradas, por eso solían llevar puntos por las cejas o la barbilla y  alguna extremidad vendada o escayolada. Iban mucho a las urgencias y en cada una de esas visitas al hospital, el tío Antonio  les amenazaba con lo peor si no se portaban bien: “sois inaguantables, os juro que a la próxima….¡ os hago del Madrid!”. No lo hizo nunca, claro, pero sí les castigó llevando por primera vez a mis hermanos al Calderón en lugar de a ellos.

Volvieron tan impresionados por la experiencia que mi madre les tuvo que dar una aspirina infantil para que pudieran dormir, como también se la daba cuando perdía el Atleti porque se ponían casi enfermos del disgusto,  fueron niños fuertemente aspirinados.

Al día siguiente,  los Catoños llamaron a la puerta y tras atizar un par de puñetazos a los primos que les habían quitado el puesto, les sometieron a un interrogatorio. Querían saber de primera mano cómo había sido aquello pero mis hermanos solo decían, todavía impactados, “es verde, el campo es muy verde”. Como hasta entonces solo habían visto los partidos en la televisión en blanco y negro pensaban que el fútbol era un espectáculo gris.

 

 

 

 

 

Jeroglífico

¿Qué pasa cuando una mañana te levantas y no entiendes ?

Nada, no pasa nada, a la vida tu asombro le da lo mismo.

Indiferente a ti, abre el día como si fuera la página de un libro, coloca sus decorados y  te pone a desfilar junto a todos los demás.

Antes de salir te asomas a la ventana intentando descifrar algo.

Ha empezado a llover.

Un niño, abajo, en la calle, levanta la cabeza, abre la boca y bebe.

Después gira y se ríe con los brazos abiertos.

(Cuaderno de DM)

Destino: Marte

Dice el Toni que odia el mundo y a todos sus habitantes. Tal cual. Y todo porque ayer salió a dar una vuelta y se topó con una carrera popular, la de las mujeres que corren. Como el domingo pasado también se encontró con otra, la de los científicos que corren y huyendo de la de los científicos corredores,  cayó presa del perrotón, la de los que corren con sus perros, está muy desesperado. Que no hay salida, se pone. Que no le ve el fin ni la solución a este mundo absurdo.

Y una vez dichas estas exageradas palabras se puso a consultar el calendario de carreras populares para desesperarse todavía más. Es algo que le gusta hacer bastante, lo de desesperarse, me refiero. Lo malo no es que se desespere él solo, lo malo es que quiere que yo también participe y que me indigne con él. Por eso se pasó buena parte de la tarde de domingo leyéndome en voz alta, con gran exaltación de ánimo, los numerosos motivos por los que la gente se echa a correr por las calles con la insana intención de que yo también me deprimiera.

Escucha y alucina, me declamaba tan panchamente tumbado en el sofá, porque el Toni para desesperarse prefiere la horizontal: corre por el niño, corre por la solidaridad, corre por los mayores, corre por la diabetes, corre por Mercamadrid, corre por los emprendedores, corre para salvar el pinar de la Elipa.

Con esa retahíla de carreras leídas en un tono tétrico ya estaba yo a punto de coger el sueño, me hallaba en esos momentos tan apacibles de entrecerrado de ojos cuando un grito desgarrador me colocó de nuevo en el  presente continuo. Esto no puede ser verdad, esta iniciativa tiene que provenir de una mente muy degenerada, ¡la carrera de Papá Noel!, la inscripción incluye chaqueta, gorro, pantalón, cinturón , barba, saco de Papá Noel con regalos y avituallamiento en meta. Por  favor, por favor, Eva, dime que esto no es verdad, que se trata de un mal sueño.

Le iba a decir que sí, que se trataba claramente de una pesadilla para así poder echarme la siesta en paz pero la Noemi  intervino muy inoportunamente.

Ay, cómo mola esa, lo mismo me apunto , pero mira a ver si antes hay alguna de zombis, la careta de muerta vivienta ya la tengo del año pasado así que… Anda, pero si también hay una para los que no corren, a esa os podéis apuntar vosotros, es súper divertida, se tiran pintura por la cabeza y cosas así durante todo el trayecto y casi no tenéis que correr, un poco sí, pero no mucho,para eso es la carrera de los que no corren, ¿a que tiene gracia?

No puedo más, este mundo me supera, ¿para cuándo es la próxima expedición a Marte? En el 2020, no queda tanto, solo tengo que resistir un poco más, el planeta es feo pero está desierto, no habrá gente echándose tontamente a correr por sus tierras rojas, no habrá megafonías ni líneas de meta, no habrá atascos de entrada a Marte, no habrá, ahí está la clave de la felicidad, en todo lo que no habrá. El vacío, la nada, a eso es a lo que aspiro.

Entonces, ¿os apuntáis a la de los que no corren, sí o no? Sois de un soso…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa de abajo

En el piso primero A y primero B  vivían cuatro hermanos de edades cercanas a las nuestras. Su casa,”la casa de abajo”, era nuestro lugar preferido para jugar después de la calle  y cuando no podíamos estar fuera porque hacía mal tiempo, íbamos directamente a la casa de abajo, sin preguntar. El padre era pediatra y pasaba consulta en el lado A, el B lo utilizaban de vivienda. La madre dabas las citas y le ayudaba como enfermera, por eso en el lado B nunca había ninguna figura de autoridad y podíamos hacer lo que quisiéramos.

Era una casa muy caótica, mucho más que la nuestra, también estaba bastante sucia, no era raro encontrar algún trozo de filete o de tostada a medio comer recubiertos de pelusas por debajo del sofá o telas de araña enganchadas en los travesaños de las sillas. Muchos muebles tenían pegados trozos de esparadrapo o de cinta aislante porque se rompían y esa era la manera provisional y a la vez definitiva de arreglarlos. Parecía una casa malherida.

Por supuesto que todo eso no nos importaba nada,  podíamos correr por todas partes y, sobre todo,  bajar todas las persianas y jugar a las tinieblas gritando mucho de miedo y nerviosismo. Era el juego de esa casa, por lo menos el inicial, nada más llegar y sin que hubiera que plantearse qué hacer, nos poníamos a oscurecer el entorno.

Una puerta corredera  separaba los dos lados. De vez en cuando la madre, una señora con cara de andar flotando en un mundo paralelo, nunca se alteraba , la abría para pasar al otro lado a coger o dejar algo, indiferente a las sombras, a las carreras, al desorden general. Lo que en el lado B era un salón comedor en el A era una sala de espera. Allí, sentados en sillas puestas en círculo, aguardaban los niños enfermos con sus madres. En el centro  había un cesto con juguetes viejos para que se entretuvieran. También tenían durante todo el año un árbol de Navidad decorado con bolas de colores, no muchas porque se iban cayendo y rompiendo. Unas navidades no lo quitaron por falta de tiempo o de ganas y se quedó para siempre.

Sentado en la silla de la esquina estaba el abuelo de nuestros amigos leyendo novelas policíacas  de Lou Carrigan, en concreto una saga en la que aparecía una tía muy buenorra en la portada. Huía del jaleo del lado B y cuando se cansaba de leer se ponía a mirar a los niños que lloraban o jugaban con los trastos víricos del cesto. Solo con una  observación desde la silla ya  les hacía un diagnóstico previo y a veces hasta les ponía tratamiento. Tuviesen lo que tuviesen, gastroenteritis, gripe, urticaria o faringitis siempre era “de libro”.

Según mi madre, el abuelo, que no era médico, sabía tanto o  más que don Luis, el pediatra, y tenía mejor ojo clínico. Otras madres también pensaban lo mismo, así que cuando ya les tocaba entrar   en la consulta si el médico verdadero diagnosticaba otra cosa, se quejaban, “ya, pero es que su padre ha dicho que lo que tiene es una bronquitis de libro”. Entonces salía don Luis con cara de furia y le mandaba castigado por bocazas al lado B, donde las tinieblas.

Como en la oscuridad no podía leer ni diagnosticar, se quedaba dormido en el sofá. En  penumbras veíamos su boca entreabierta  y para darle más emoción al juego nos gustaba pensar que estaba muerto pese a los ronquidos que lo delataban como vivo.

En la casa de abajo las recomendaciones dadas en el lado A se ignoraban olímpicamente en el B. Ninguno de nuestros amigos estaba vacunado, su padre decía que no hacía falta,  ya que disfrutaban de la inmunidad general, no tenían hora de acostarse y se quedaban tumbados por el suelo viendo películas hasta las tres de la mañana, comían macarrones casi todos los días, nunca se lavaban las manos antes de comer y vivían sin vigilancia una vida libre y feliz, claramente “de libro”.

 

 

 

 

 

 

Camino de las moras

Me gustaba ir al camino de las moras para encontrarme contigo.
De la zona de robles y zarzas salía un aire fresco y húmedo,los perros bajaban a bañarse al riachuelo y la gente, con bolsas, escarbaba entre las ramas.

Una mañana, dentro del hueco de un fresno encontré un búho perfectamente encajado, parecía parte del árbol, como si estuviera tallado en su madera. Fui a contártelo al camino de las moras. Muchas otras cosas he ido a contarte, que estaba triste o alegre, que me iba bien o mal, que había hecho lo que tú me aconsejaste o más bien todo lo contrario. Siempre me escuchabas en silencio y sin juzgar. Te notaba en la brisa, en el olor a tierra húmeda, en el cielo, en el silencio.

Pero hace tiempo que ya no estás. He vuelto muchas veces y sí, están los árboles, algunos enfermos, roídos por un parásito, están los montes, imponentes como siempre en su belleza verde y gris, el suelo amarillo después del largo verano, las moscas atontadas y zumbonas, pequeñas mariposas blancas, los cuervos con su pesado graznido, las urracas, los mirlos y un petirrojo descarado que siempre sale a saludar.

Ahora sí que te has ido definitivamente o he sido yo la que me he ido de ti. Tal vez si paso otra vez por el camino de las moras, por el lugar exacto donde estabas escuchando y te hablo como hacía antes, volverás. No me gusta nada que te mueras dos veces.

(Cuaderno de DM)

Hortensias

Que sepáis que el abuelo se ha hecho viejo, nos dijo un mañana la abuela Martina, en la cocina, mientras desayunábamos. Nos lo dijo en voz baja, como un secreto. Se ha hecho viejo y me deja todos los días sin pan para desayunar, se lo da a los pájaros. Enfadada, nos señaló con la cabeza la ventana para que contempláramos la escena. Fuera, en el patio de atrás, estaba el abuelo en pijama lanzando migas y mirando cómo los gorriones bajaban de la copa del castaño para comérselas con voracidad.

Me reconocen, proclamó muy satisfecho al entrar en la casa sacudiéndose las manos. En cuanto me ven salir, bajan, eran tímidos al principio pero ya somos amigos y me esperan, todas las mañanas me están esperando.

¿Qué os he dicho?, se ha hecho viejo,toda la vida odiando a los pájaros porque le ponían el patio perdido y ahora les da mi pan, les llama amigos y dice que le esperan.Y otro día sin tostadas.

Pues sí que se había hecho viejo y no sólo por eso. Él mismo lo reconocía y nos lo contaba: mirad, guapos, vuestro abuelo ya casi no ve, apenas oye, huele poco y toda la comida le sabe a lo mismo, sólo me queda el sentido del tacto. Pero, eso sí, todavía me subo la cuesta, cuido el jardín y respiro y eso no lo pueden decir todos. Ahora os asomáis a la valla y le pedís al vecino el ABC que quiero leer las esquelas. La gente se muere mejor en el ABC, se muere más grande y con más datos, es lo único que me gusta de ese panfleto. Voy a ver cuántos han diñado entre ayer y hoy y a qué edad y luego, a las seis, riego ¿Habéis visto las hortensias? No están tan grandes ni tan preciosas en ningún jardín, a veces me preguntan que qué les hago, que si les pongo abono especial, la gente es tonta, solo las cuido, pero todo el año, también en invierno. La primera hortensia la traje en el año…

Y ahí salíamos corriendo porque si te pillaba en el relato de la genealogía de las hortensias podías prepararte a morir sin haber conocido otra cosa. Era muy peligroso y como todos lo habíamos sufrido alguna vez evitábamos como fuera volver a caer en la trampa. Había que ser fuertes y no sucumbir a la piedad ni a la buena educación. Correr sin mirar atrás ni decir adiós.

Íbamos a buscar el periódico que nos había pedido y se lo dejábamos deprisa encima de la mesa para que no nos enganchara otra vez con lo mismo. Así se pasaba entretenido buena parte de la mañana, leyendo con satisfacción la de gente más joven que él que había dejado ya el mundo, orgulloso de su capacidad de supervivencia. O admirándose de lo lejos que habían llegado otros, ¡ciento tres!, ¿será posible? Luego se dormía un rato y cuando se despertaba miraba el reloj, no se le fueran a escapar en un descuido las seis de la tarde: hora del riego.

Cuando llegaba esa hora le gustaba anunciarlo: son las seis y voy a regar. Y muy torpemente abría el grifo del agua, desenroscaba la manguera y se ponía a la tarea. Nunca se tropezaba con las raíces de los pinos que sobresalían del suelo,cosa que sí nos pasaba a veces a nosotros, se conocía de memoria el territorio. Avanzaba despacio y con cara de sufrimiento. De pequeña no entendía por qué si estaba haciendo algo que le gustaba tanto ponía esa cara de estarlo pasando mal. Ahora creo que esa cara procedía de que le dolía, le pesaba o le incomodaba el cuerpo, se le había vuelto desobediente como suelen hacer los cuerpos cuando tienen excesiva confianza y se interponía entre él y sus placeres como un enemigo infiltrado.

Se había hecho viejo, viejísimo. Hablaba con los pajaritos y les daba de comer, leía esquelas como si fueran un género literario y su mayor placer del día era regar sus maravillosas hortensias arrastrando su cuerpo doloroso. Se había hecho viejo y solo quería hablar de sus chicas de colores, “la primera hortensia en llegar al jardín fue la azul, esa de la esquina, más bonita no puede ser. Después traje las moradas y luego en el verano de la gran tormenta cuando se cayó un pino y otro se tronchó llegaron las blancas del fondo y a continuación…A continuación, con esa poca empatía tan típica de la infancia, salíamos corriendo.

Los efectos del viernes

Al igual que la luna afecta a las mareas, la proximidad del fin de semana afecta a ciertos seres particularmente sensibles. Uno de esos seres es el Jacobín. Se ve que el chiquillo intuye que por fin va a poder triscar sin cortapisas por el parqué de su casa y por eso se ha mostrado tan alegre y desenfadado camino del colegio rugiendo en varios idiomas. Es que no es lo mismo rugir como velociraptor que como diplodocus, pese a que el oído no hecho al habla dinosaúrica no capte la diferencia.

También hemos hablado de diversos temas y aunque de vez en cuando intercalaba un “no” en mitad de la conversación y daba un fuerte pisotón en el suelo para dejarlo bien clavado, ha vuelto a ser el niño curioso y rugiente que siempre fue. Iba señalándome todo lo que llamaba su atención, con el dedo y a gritos, y como son tantas las cosas que interesan a su mirada, hay que tener en cuenta que para él el mundo es nuevo,pues ha sido un no parar de gritos y señalamientos. Algunos bastante inoportunos.

Mira, Eva, ha gritado la inocente criatura, qué señor más raro, parece una señora. Resulta que era al revés, era una señora que parecía un señor. Creo que al mujombre no le ha caído muy simpático el Jacobín ni yo tampoco, por extensión. Para evitar represalias nos hemos cruzado de acera pero ha sido aún peor. Hemos pasado por delante de un sótano bastante mugriento, es un taller de fontanería, y trepando escaleras arriba salía un señor pequeño y más bien renegrido. Oh-oh, ha exclamado mi amigo con gran entusiasmo, ¡un topo en su topera! Es que tiene un libro de un topo que lee muy a menudo y todavía cree que los personajes de sus cuentos pueden paseare por las calles.

A continuación ha rugido al topo-fontanero como si pretendiera comérselo. Cosas de viernes y de fieras extinguidas. Igual que os lo cuento a vosotros, aún a riesgo de que no os importe nada, también se lo he contado a la Esme. El saber de antemano que va a pasar de mí, porque lo sé, me evita muchos desengaños.

Déjame de Jacobines que paso millas de la infancia, me aburre la gente que cuenta gracias de niños, ha sido su simpática y previsible respuesta. Y mira, ya tengo dos comentarios en mi blog. Procedo a leértelos. En el primero dice: “me encanta lo que escribes, eres sencillamente genial, te pongo el enlace de mi blog. Sígueme”. Y en el segundo dice: “cerrajería en Poblenou, lo abrimos todo sin romper”.Alucinas, ¿verdad?, hasta de otra ciudad y eso que todavía no he escrito nada. Estoy que me salgo.

Otra afectada por el viernes, eso es así, es un día que infunde optimismo, aunque no pensaba yo que la Esme, que tanto se las da de lista, no supiera distinguir un spam en toda la cara de un comentario verdadero. Qué cosas.

Demuestra que no eres un robot

Lleno total en el quiosco de la Esme esta mañana. Estaba su padre, el señor Juan, fumándose un puro, estaba su hijo, el Jonás, ataviado con un chaleco reflectante por encima de la camiseta de Death metal, estaba el 448C que se ve que se quiere integrar en la familia y estaba la propia Esme con una cara de mala leche como hacía tiempo que no se la veía.

¿Tú te crees que con todo este personal alrededor puedo yo comenzar un nuevo emprendimiento? Son todos inaguantables, mi padre contaminando el medio ambiente con el purazo, mi hijo que se ha hecho captador de una ONG pero es tan pasmarote que va a ser él el captado por la primera secta que pase y el pelmazo este riéndome todas las gracias. Que no se desencanta, oye, le acabo de decir que ojalá gane Donald Trump para ver si le doy asco pero, nada, se ha reído. Dice que le hago mucha gracia.

Bueno, no te podrás quejar de soledad, Esme, le he dicho para ver si así desfruncía el ceño, tienes familia y te acompaña, tienes un admirador y te acompaña , tienes una amiga y te…

Como no te calles, te disparo.

Qué agresividad, de verdad, estará con los dientes, como la Morganina. Y todo porque dice que no le dejan concentrarse en su nuevo proyecto empresarial. O sea, que tanto amenazar con que ella ya no iba a emprender más y ahí está otra vez armando el lío.

A ver, deja a la niña con cualquiera de estos tres que aunque plastas son de fiar y ayúdame un poco. Mira lo que dice aquí: demuestra que no eres un robot. Selecciona las imágenes de galletas, ¿esto es una galleta? Ay, no, que no era. Otra vez a empezar. Selecciona escaparates de tiendas. Estoy de los escaparates de tiendas hasta donde yo te diga, llevo toda la mañana seleccionando escaparates, tractores, y números de calles. Leches, me he vuelto a equivocar, esto es insoportable, pero a mí el recaptacha este no me echa para atrás ni me estropea el negocio.

Pero, ¿de qué negocio hablas, Esme?

Voy a montar un blog-consultorio. Empezaré contestando a las dudas del lector gratuitamente y luego…bueno, ya sabes, lo de siempre, el que quiera resolver sus desazones vitales, que apoquine. Sé que voy a tener éxito porque tengo mucha sabiduría acumulada, me sale por los todos los poros de mi cuerpo serrano y es un desperdicio que se pierda por el éter.

¿Qué éter?

Es un decir, pero ¿a qué suena bien lo del éter? como a etéreo y a difuso. Ahora querrás saber sobre qué voy a asesorar, ¿verdad ?Pues mira, te lo digo por si te quieres apuntar conmigo: me voy a centrar en el sector del fracaso. En eso es en lo que soy experta total, he fracasado tanto y tan repetidas veces sin por ello perder la compostura ni la esperanza de poder seguir fracasando una y otra vez que, en fin, quiero compartir esta riqueza con los demás, previo pago, por supuesto.Fracasar es mucho más interesante, digno y elegante que tener éxito, el éxito es una ordinariez y, además, termina convirtiéndose en fracaso, pero hay que saber cómo.Tampoco te vas a poner a fracasar de cualquier manera, tiene su técnica. Sin perder la alegría, oiga. Así que ya tengo el filón y ahora lo voy a explotar.

Pero antes tengo que darme a conocer y por eso estoy soltando paridas, perdón, comentarios, por todos los blogs habidos y por haber. Otra vez que demuestre que no soy un robot y si fuera un robot, ¿qué pasa, es que no se puede ser un robot si es lo que a una le apetece? Mira, de verdad, es que me indigno y me pongo tan rabiosa que hasta me dan taquicardias.

No es por fastidiar, Esme, pero el 448-C se está riendo y cuando se ríe es más feo todavía que cuando está serio, el Jonás se ha sentado en tu silla y ya va por el tercer helado y tu padre, pero, ¿qué hace? si le ha dejado el puro a la Morganina para que juegue, me dijiste que era de fiar.

Relativamente, hija, como todo y todos, pareces nueva en esta feria. Voy a demostrar con paciencia, a ver si me saleeeee, que no soy un robot. Que sí, que lo demuestro, que ya lo demuestro. Selecciona imágenes de palmeras. La madre que parió a las palmeras y a los robots pero, venga,calma, calma,que este es fácil. Voy.

Espacio vital

La tía de Chamberí vivía en una casa enorme. Cuando íbamos a visitarla nuestro entretenimiento consistía en ir pasando de un cuarto a otro, probando el territorio. Nos tumbábamos en las camas, camas perfectamente hechas en las que no dormía nadie, nos sentábamos en las sillas, nos asomábamos a las ventanas para comprobar qué se veía desde cada una, deambulábamos por el pasillo, un pasillo larguísimo que hacía curva y así pasábamos el rato mientras la tía de Chamberí y mi madre hablaban en el “segundo salón”. Así lo llamaba ella, el primero era más grande y no lo utilizaban casi nunca. No utilizaban casi nunca nada, era una especie de casa muerta para dos vivos: ella y su marido, el tío de Chamberí.

En su dormitorio tenían un anexo, conocido como el gabinete, separado por un biombo. Lo del biombo me entusiasmaba, me hubiera encantado tener uno para parapetarme detrás y construirme un refugio aislado de mi ruidosa familia. Al gabinete no nos dejaba pasar porque decía que era donde despachaba. No sabíamos a qué se refería con eso del despachado y sigo sin saberlo, supongo que leía facturas y las ordenaba. Desde la cocina salía otro pasillo, una galería acristalada llena de plantas con mucho más sitio para crecer que el que teníamos nosotros.

Me imaginaba que cuando nos íbamos y se quedaba sola, la tía de Chamberí se dedicaba también a circular de un lado a otro sin hacer nada más, disfrutando de su casa enorme pero al parecer no hacía eso, casi siempre estaba en el segundo salón, acantonada, y el resto de la casa apenas la pisaba. Un claro desperdicio y un muy mal reparto de las riquezas.

Porque en mi casa estábamos apelotonados y si de algo nos chivábamos a todas horas era de que nos estaban robando terreno, el ” no me me deja sitio”, se oía constantemente, incluso cuando no era verdad, por pura inercia de chivateo. La respuesta de mi madre, cuando la daba, era esta, “ojalá tengáis tanto sitio en el cielo”. Era la típica contestación absurda. Para empezar tenías que creer que había un cielo, lo cual no estaba el todo claro, hacer la aburrida oposición para entrar en él y todo para comprobar, una vez dentro, que estabas más apretado que en la penosa tierra. Se te quitaban las ganas de inmediato de acceder a semejante paraíso aglomerado.

En el colegio padecía el mismo mal. En un pupitre de dos nos acoplaban a tres, éramos muchas y la clase pequeña. Estaba prohibido poner los codos al escribir, se consideraba falta grave por apropiación de mesa indebida. Si la de al lado acaparaba terreno, y siempre lo intentaba acaparar, tenías tres opciones: chivarte, no era muy eficaz y hasta te podían castigar, empujar para oponer resistencia lo que incluía pisotear por debajo y pasarte la clase batallando enfurecida, o ceder el terreno y resignarte al encogimiento.

Y todo por no haber nacido en Chamberí, el barrio que en realidad nos correspondía, según decía mi madre. Ella lo consideraba su barrio porque había nacido y pasado su infancia en él. Como si el lugar de nacimiento fuera genético. En el mítico y maravilloso Chamberí habríamos ido a otro colegio, un colegio que nos enseñaba al pasar por delante, grande, con cuatro pisos, patio, niños con uniforme rojo y gris y seguramente pupitres individuales. Hasta nos hacía pararnos para que lo admirásemos como si fuéramos los turistas de la vida que podríamos haber tenido. ,

Pero había pasado “eso”, eso que nunca nos precisaba del todo pero que sospechábamos,por datos sueltos que iba lanzando, que se trataba de alguna guerra familiar por una herencia y en la que ella había salido perdiendo. Al final todos los conflictos vienen a ser por lo mismo, grandes o pequeños, desde el codo en la mesa hasta las invasiones napoleónicas, una lucha por el territorio y sus recursos.