Día: 4 octubre, 2016

Espacio vital

La tía de Chamberí vivía en una casa enorme. Cuando íbamos a visitarla nuestro entretenimiento consistía en ir pasando de un cuarto a otro, probando el territorio. Nos tumbábamos en las camas, camas perfectamente hechas en las que no dormía nadie, nos sentábamos en las sillas, nos asomábamos a las ventanas para comprobar qué se veía desde cada una, deambulábamos por el pasillo, un pasillo larguísimo que hacía curva y así pasábamos el rato mientras la tía de Chamberí y mi madre hablaban en el “segundo salón”. Así lo llamaba ella, el primero era más grande y no lo utilizaban casi nunca. No utilizaban casi nunca nada, era una especie de casa muerta para dos vivos: ella y su marido, el tío de Chamberí.

En su dormitorio tenían un anexo, conocido como el gabinete, separado por un biombo. Lo del biombo me entusiasmaba, me hubiera encantado tener uno para parapetarme detrás y construirme un refugio aislado de mi ruidosa familia. Al gabinete no nos dejaba pasar porque decía que era donde despachaba. No sabíamos a qué se refería con eso del despachado y sigo sin saberlo, supongo que leía facturas y las ordenaba. Desde la cocina salía otro pasillo, una galería acristalada llena de plantas con mucho más sitio para crecer que el que teníamos nosotros.

Me imaginaba que cuando nos íbamos y se quedaba sola, la tía de Chamberí se dedicaba también a circular de un lado a otro sin hacer nada más, disfrutando de su casa enorme pero al parecer no hacía eso, casi siempre estaba en el segundo salón, acantonada, y el resto de la casa apenas la pisaba. Un claro desperdicio y un muy mal reparto de las riquezas.

Porque en mi casa estábamos apelotonados y si de algo nos chivábamos a todas horas era de que nos estaban robando terreno, el ” no me me deja sitio”, se oía constantemente, incluso cuando no era verdad, por pura inercia de chivateo. La respuesta de mi madre, cuando la daba, era esta, “ojalá tengáis tanto sitio en el cielo”. Era la típica contestación absurda. Para empezar tenías que creer que había un cielo, lo cual no estaba el todo claro, hacer la aburrida oposición para entrar en él y todo para comprobar, una vez dentro, que estabas más apretado que en la penosa tierra. Se te quitaban las ganas de inmediato de acceder a semejante paraíso aglomerado.

En el colegio padecía el mismo mal. En un pupitre de dos nos acoplaban a tres, éramos muchas y la clase pequeña. Estaba prohibido poner los codos al escribir, se consideraba falta grave por apropiación de mesa indebida. Si la de al lado acaparaba terreno, y siempre lo intentaba acaparar, tenías tres opciones: chivarte, no era muy eficaz y hasta te podían castigar, empujar para oponer resistencia lo que incluía pisotear por debajo y pasarte la clase batallando enfurecida, o ceder el terreno y resignarte al encogimiento.

Y todo por no haber nacido en Chamberí, el barrio que en realidad nos correspondía, según decía mi madre. Ella lo consideraba su barrio porque había nacido y pasado su infancia en él. Como si el lugar de nacimiento fuera genético. En el mítico y maravilloso Chamberí habríamos ido a otro colegio, un colegio que nos enseñaba al pasar por delante, grande, con cuatro pisos, patio, niños con uniforme rojo y gris y seguramente pupitres individuales. Hasta nos hacía pararnos para que lo admirásemos como si fuéramos los turistas de la vida que podríamos haber tenido. ,

Pero había pasado “eso”, eso que nunca nos precisaba del todo pero que sospechábamos,por datos sueltos que iba lanzando, que se trataba de alguna guerra familiar por una herencia y en la que ella había salido perdiendo. Al final todos los conflictos vienen a ser por lo mismo, grandes o pequeños, desde el codo en la mesa hasta las invasiones napoleónicas, una lucha por el territorio y sus recursos.