Día: 20 octubre, 2016

La casa de abajo

En el piso primero A y primero B  vivían cuatro hermanos de edades cercanas a las nuestras. Su casa,”la casa de abajo”, era nuestro lugar preferido para jugar después de la calle  y cuando no podíamos estar fuera porque hacía mal tiempo, íbamos directamente a la casa de abajo, sin preguntar. El padre era pediatra y pasaba consulta en el lado A, el B lo utilizaban de vivienda. La madre dabas las citas y le ayudaba como enfermera, por eso en el lado B nunca había ninguna figura de autoridad y podíamos hacer lo que quisiéramos.

Era una casa muy caótica, mucho más que la nuestra, también estaba bastante sucia, no era raro encontrar algún trozo de filete o de tostada a medio comer recubiertos de pelusas por debajo del sofá o telas de araña enganchadas en los travesaños de las sillas. Muchos muebles tenían pegados trozos de esparadrapo o de cinta aislante porque se rompían y esa era la manera provisional y a la vez definitiva de arreglarlos. Parecía una casa malherida.

Por supuesto que todo eso no nos importaba nada,  podíamos correr por todas partes y, sobre todo,  bajar todas las persianas y jugar a las tinieblas gritando mucho de miedo y nerviosismo. Era el juego de esa casa, por lo menos el inicial, nada más llegar y sin que hubiera que plantearse qué hacer, nos poníamos a oscurecer el entorno.

Una puerta corredera  separaba los dos lados. De vez en cuando la madre, una señora con cara de andar flotando en un mundo paralelo, nunca se alteraba , la abría para pasar al otro lado a coger o dejar algo, indiferente a las sombras, a las carreras, al desorden general. Lo que en el lado B era un salón comedor en el A era una sala de espera. Allí, sentados en sillas puestas en círculo, aguardaban los niños enfermos con sus madres. En el centro  había un cesto con juguetes viejos para que se entretuvieran. También tenían durante todo el año un árbol de Navidad decorado con bolas de colores, no muchas porque se iban cayendo y rompiendo. Unas navidades no lo quitaron por falta de tiempo o de ganas y se quedó para siempre.

Sentado en la silla de la esquina estaba el abuelo de nuestros amigos leyendo novelas policíacas  de Lou Carrigan, en concreto una saga en la que aparecía una tía muy buenorra en la portada. Huía del jaleo del lado B y cuando se cansaba de leer se ponía a mirar a los niños que lloraban o jugaban con los trastos víricos del cesto. Solo con una  observación desde la silla ya  les hacía un diagnóstico previo y a veces hasta les ponía tratamiento. Tuviesen lo que tuviesen, gastroenteritis, gripe, urticaria o faringitis siempre era “de libro”.

Según mi madre, el abuelo, que no era médico, sabía tanto o  más que don Luis, el pediatra, y tenía mejor ojo clínico. Otras madres también pensaban lo mismo, así que cuando ya les tocaba entrar   en la consulta si el médico verdadero diagnosticaba otra cosa, se quejaban, “ya, pero es que su padre ha dicho que lo que tiene es una bronquitis de libro”. Entonces salía don Luis con cara de furia y le mandaba castigado por bocazas al lado B, donde las tinieblas.

Como en la oscuridad no podía leer ni diagnosticar, se quedaba dormido en el sofá. En  penumbras veíamos su boca entreabierta  y para darle más emoción al juego nos gustaba pensar que estaba muerto pese a los ronquidos que lo delataban como vivo.

En la casa de abajo las recomendaciones dadas en el lado A se ignoraban olímpicamente en el B. Ninguno de nuestros amigos estaba vacunado, su padre decía que no hacía falta,  ya que disfrutaban de la inmunidad general, no tenían hora de acostarse y se quedaban tumbados por el suelo viendo películas hasta las tres de la mañana, comían macarrones casi todos los días, nunca se lavaban las manos antes de comer y vivían sin vigilancia una vida libre y feliz, claramente “de libro”.