Día: 27 octubre, 2016

No era gris

Cuando el tío Antonio llegaba en coche por la cuesta que conducía a la casa de mis abuelos,  se anunciaba tocando la bocina con cuatro rítmicos toques. Esos toques sonaban como “Aúpa Atleti” y mis hermanos dejaban de inmediato lo que estuvieran haciendo, jugar al fútbol la mayor parte de las veces,  y se ponían a dar saltos de alegría y a corear los bocinazos.

Para ese tío nuestro, el mundo no era un lugar complejo ni difícil de entender, lo había dividido en dos mitades y así parcelado lo manejaba muy bien: los buenos, del Atleti, y los malos, del Madrid. Luego estaba la masa intermedia de los neutrales pertenecientes al resto de los equipos que viraban a un lado o hacia otro según se enfrentaran a los suyos o al rival. Si ganaban al Madrid pasaban de inmediato al lado bueno. No lo decía en broma, de verdad lo creía así, era un auténtico fanático  y aunque en su vida diaria se comportaba como un hombre serio que trabajaba en un banco y llevaba una vida ordenada y rutinaria, se volvía irracional si se trataba del fútbol y también muy sentimental.

Si estaba viendo las noticias e informaban sobre algún crimen, incendio, atentado, disturbio o catástrofe, él se lo achacaba a alguno del Madrid y no había más que investigar ni analizar. “Lo que pasa es que no lo quieren decir”, aseguraba luego con una media sonrisa ladina.

Cuando veía a mis hermanos con sus camisetas rojiblancas, regalo suyo igual que las bufandas, se le saltaban las lágrimas. “Me emociono, lloro cuando veo a las nuevas generaciones atléticas”, decía tocándose el corazón y secándose el sudor de la frente con un pañuelo.

Tenía dos hijos gemelos, Carlos y Toño, apodados los Catoños, pero, para su desgracia, no le habían salido demasiado futboleros, más bien eran aficionados a pegarse a todas horas. Constantemente estaban enzarzados en luchas, rodando en bola por el suelo, piernas y brazos enredados, sudando y en apariencia a punto de matarse pero solo en apariencia. De vez en cuando paraban, se quedaban tumbados jadeando como bestias malheridas, recobrando el aliento hasta que, ya recuperados, uno de los dos proponía mirando al otro, “¿otra pegadita?” y retomaban la lucha fiera.

Cuando no se pegaban entre ellos hacían otras burradas, por eso solían llevar puntos por las cejas o la barbilla y  alguna extremidad vendada o escayolada. Iban mucho a las urgencias y en cada una de esas visitas al hospital, el tío Antonio  les amenazaba con lo peor si no se portaban bien: “sois inaguantables, os juro que a la próxima….¡ os hago del Madrid!”. No lo hizo nunca, claro, pero sí les castigó llevando por primera vez a mis hermanos al Calderón en lugar de a ellos.

Volvieron tan impresionados por la experiencia que mi madre les tuvo que dar una aspirina infantil para que pudieran dormir, como también se la daba cuando perdía el Atleti porque se ponían casi enfermos del disgusto,  fueron niños fuertemente aspirinados.

Al día siguiente,  los Catoños llamaron a la puerta y tras atizar un par de puñetazos a los primos que les habían quitado el puesto, les sometieron a un interrogatorio. Querían saber de primera mano cómo había sido aquello pero mis hermanos solo decían, todavía impactados, “es verde, el campo es muy verde”. Como hasta entonces solo habían visto los partidos en la televisión en blanco y negro pensaban que el fútbol era un espectáculo gris.