Un bolso de paja

El radar siempre en funcionamiento de Olabarrieta detectó casi al instante que con Lucio no iba a tener nada qué hacer. Pese a su nombre de pez y a su estrafalario poncho rayado, pese a que llegaba siempre de los últimos,  cuando ya estábamos todos sentados, haciendo muy visible su peculiar personalidad.

Había algo en él, un refulgir de las rayas emitiendo destellos de seguridad y confianza en sí mismas, que convertía a ese poncho en un escudo protector. Lucio no iba a ser pescado. Podía nadar en paz por las aguas de la clase, risueño y confiado.

Al fondo, sentada sobre la mesa justo hasta el momento en que aparecía el profesor,  una pierna cruzada en ángulo sobre la otra, el flequillo insolente, los pantalones negros, Olabarrieta dio por imposible a la suculenta presa Lucio, pero siguió trabajando rodeada de sus dos esbirras.

El radar barría el territorio  buscando debilidades. Casi todos los días encontraba alguna con la que hacer reír a las hienas, con la que reírse ella misma y mantener su estatus. Pero eran debilidades menores: el pelo de punta de Ani, los leotardos verdes de Nuria, la lentitud en contestar de Ramos. Daban para ratos breves de burlas, como aperitivos que no quitaban del todo el hambre.

Hasta que ya empezado el curso apareció Asunción,  la nueva, con su bolso de paja forrado de tela de flores, ¿a quién se le podía ocurrir traer a clase un bolso para ir a la playa? A  alguien ingenuo que no sabía nada de radares ni hienas, a alguien que parecía caído de otro planeta: andares torpes, pañuelos con mariposas alrededor de un cuello de avestruz, faldas pasadas de moda, voz aguda de ratón.

El radar pitó enloquecido cuando sus ondas chocaron contra ese bolso cabizbajo, tímido, avergonzado de sí mismo, la paja trenzada proclamando con leves crujidos su vulnerabilidad.

Olabarrieta la temida saltó  de la mesa, dio tres zancadas de vaquera del oeste  y arrancó el bolso a su dueña, lo hizo girar en  el aire tirando los libros y el estuche por el suelo y tras colgárselo de un hombro se puso a imitar los andares patosos de Nunci-Sunci, nombre que acarrearía ya con la misma vergüenza que el bolso de paja durante todo un curso escolar.

Esa burla sí saciaba a las pirañas hambrientas y como las dejaba satisfechas ya no era necesario cambiar el menú. Olabarrieta desconectó el radar y se concentró en aquel bolso quebradizo.

A base de repetida, la burla  se volvió rutinaria y pasó a formar parte de las escenas matinales diarias.En la puerta, sin que se supiera por dónde había entrado,  esperaba amenazador Mondelo, el tío grande lleno de granos, nos iba enganchando una a una  por el pelo y jugaba a subastarnos entre risotadas, como en la película Raíces.Los demás se desfogaban pegándose entre ellos. Una vez subastadas todas, con excepción de las tres del fondo, cada uno ocupaba su sitio.

Entraba Lucio, movía el poncho con gracia, las rayas destellaban, nos reíamos con él y él, contento y libre, indiferente por completo a la opinión ajena,  se sentaba en su sitio. Después aparecía Asunción, despeinada, con cara de susto, Olabarrieta  le quitaba el bolso, se lo tiraba al suelo, la imitaba un rato, las hienas se reían y ella, triste, con el bolso empezando a romperse por una de las esquinas,  se sentaba en el suyo.

¿A quién saco  hoy a la pizarra?, gritaba con sadismo el de matemáticas frotándose las manos. Muchas cabezas miraban hacia el suelo con la esperanza de no resultar elegidas. La pena por el bolso de paja se diluía entre pies, patas de silla, temor a los logaritmos neperianos y lapiceros sin dueño.

 

 

 

 

 

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46 comentarios en “Un bolso de paja

  1. Yo lo veo de otro punto de vista. De la tutora. Fui durante seis años la tutora de los mismos alumnos . Hasta llegar al primer curso del bachillerato. Y no pude hacer nada con semejante Lució y su grupo. Los padres, el psicólogo, las charlas de confianza .Fue ya la cuestión personal. Me rendi .Pedí a la madre de la chica acosada que la trasladara a otro Instituto. Pero en este caso me sorprende enormemente el comportamiento de otros alumnos. No son crueles ,sino tienen miedo de salir de la masa y ser tambien el objetivo de burla. Mi estadistica: de 25 los dos son lideres fuertes, los dos son victimas raras y debiles .Los demás son observadores . Y por no decir nada …Lo tenemos así el mundo injusto.

      1. Pero recordando mi adolescencia creo que yo era una acosadora, en cierto modo, Tu siempre me inspiras con tus relatos infantiles y , a la vez, me cortas las alas. Es que escribir un relato requiere mucha maestria y tu lo tienes.

      2. Te agradezco el comentario de verdad porque últimamente me está costando mucho escribir.
        No me creo que fueras acosadora. Yo creo que nunca he sido cruel de forma voluntaria pero involuntariamente quizá sí hice daño.

      3. Bueno…escribiré mi relato para completar el tuyo. El tuyo lo escribiste como una observadora indiferente.Y yo ..las sensaciones de una acosadora. ¿ Hombre ! .Esta muy de moda los textos como el fruto de la colaboración de varias personas…¿ No? ¿ Y nosotras…¿ Que? jajajaja

  2. Me ponen de los nervios los niños crueles-chulitos…
    Has retratado muy bien el ambiente de muchas aulas.Hay que ayudar a los débiles,no se puede consentir ese trato.

    Besos y buena tarde,Paloma.

  3. Me has recordado un post que he escrito no hace mucho (El Meca). Lo de salir del rebaño es complicado, ciertamente, salvo que estés desesperado y no te importe ni la vida.
    Besos, Paloma

  4. En todo curso siempre hay un matoncito rodeado de dos o tres bufones y se ensañan con el nuevo alumno —a mi me paso— y tuve que morderme mi rabia y aguardar que el tiempo me ayude en mi venganza y la misma llegó antes que acabe el año escolar, desde ese entonces nadie se metió conmigo.

    Besos

      1. En mis tiempos de colegial cuando un profesor encontraba a dos alumnos peleando no les recriminaba por ser violentos sino por no respetar el colegio y les sugería que después de clase vayan a otro lugar a pelear.
        Actualmente el pacifismo ha dado lugar a que los matoncitos se impongan: en un curso de 30 alumnos 5 los ultrajan, los 25 restantes son ovejas ¿y por qué no reaccionan? porque les han enseñado a ser ovejas, sus profesores, sus padres, los curas.
        A mi de niño me enseñaron que debo hacerme respetar y eso les enseñe a mis hijos (clases de karate) y tambien le enseñe a mi nieta.

        Besos

  5. La verdad es que lo pensé a las pocas líneas: Tu relato me recordaba aquél de Icástico, el del Meca como él mismo nos ha recordado, el tullido maltratador y sádico. La verdad que cúanta crueldad, como alimañas en la sabana africana -hienas, muy bien traído- y cuesta imaginarse que esto sucede en tantas aulas y colegios. Ya creí que el final iba a ser aún más terrible: En el colmo de las desgracias, Asun se come los logaritmos neperianos en la pizarra. El del poncho tenía que ayudarla con sus superpoderes inmunes y andinos. ¿Continuará?

    1. El de Icástico es muy bueno, me encantó cuando lo leí, precisamente porque el acosador es un tullido, lo cual descoloca un poco y rompe tópicos.
      El del poncho era muy simpático pero iba a la suya, los poderes andinos eran solo para él.
      Tal vez continúe, no lo sé.

    1. Claro que siempre ha existido, lo que pasa es que no se le ponía nombre y menos en inglés.
      ¡Moby Dick!, qué mala leche!
      Te debo visita y lectura desde hace mucho, tengo poco tiempo estos días pero me paso por tu blog en cuanto pueda.
      Besos, Mel.

    1. Muchas gracias, Celia.
      Pues yo también te admiro a ti por lo artistaza que eres además de simpática y maja.
      Me río mucho con tus comentarios en el blog de Toro y si no te pongo jajajaja debajo es para no ser la cansina de los jajajajas pero más de un día he soltado la carcajada.
      Muchos besos

  6. Uff, qué duro ha sido leerlo hasta el final…
    No sé por qué no funcionan las campañas de sensibilización pero es que tengo 2 casos cercanos en los que los protocolos del colegio no quisieron ponerse en marcha por parte de tutores y dirección hasta que la situación fue insostenible y a punto de denunciar en la Comunidad de Madrid.
    No dudes Paloma, sigue escribiendo, parece que te brota tan fácil….
    Besos

    1. Eso sí que me parece grave, que sabiéndolo el colegio no se decida a hacer nada.
      Gracias, Ana por tus ánimos.
      Estos días me está costando más de lo normal, será esta niebla gris que tenemos.
      Un beso y saludos a la de la oposición del otro lado del baño 😉

      1. Disculpa que te diga que es al revés, suerte la que tenemos nosotros de que no te canses de escribir, alucino con la capacidad que tienes para sacarte de la manga (o de donde sea) tantas historias. Besos para ti también, y no te canses nunca.

  7. La fortaleza de algunos nace de aplastar a otros 😦
    En la infancia, en la adolescencia, en la juventud y en la madurez siempre hay alguien tan mediocre que para sobresalir necesita pisar a otros. El problema, como ya se ha dicho, no es ese -siempre existirá-, sino el de la gran mayoría silenciosa que calla y otorga y no hace caer a esos energúmenos de su pedestal.

  8. He disfrutado de la enseñanza porque, gracias a ella, he podido aprender.
    Aquí describes lo que puede rodear a la enseñanza y, por extraño que parezca, sabemos que puede pasar.
    Tuve la suerte de aprender en un sistema de enseñanza muy distinto, aunque algunos años caté el que tú describes. Pero hablarte de aquel sistema de enseñanza sí que sería largo y, aunque me suelo pasar en el tamaño de mis comentarios, esto si que sería desbordar el espacio que tengo y tu paciencia.

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