Mes: enero 2017

Pez atípico

Además  de la mujer que se sentaba a pasar el día en una cafetería con un despertador sobre la mesa y a insultar  moviendo los labios, sin voz,  a todo aquel que la mirase más de la cuenta, había una segunda estrafalaria en nuestro barrio , Analisa Busatto.  El que fuera italiana me resultaba bastante admirable,  era la primera extranjera que había tratado y tal vez por eso, al menos en un principio,  la consideré más exótica que loca.

Pudiera ser que en Italia la gente se comportara a diario como Analisa. Pudiera ser que allí tuvieran la costumbre de caminar con la cabeza baja, husmeando el suelo como si se les hubiera caído una moneda o las llaves y fueran de un lugar a otro a gran velocidad, acuciados por  infinidad de tareas muy urgentes que realizar, embarullándose, aunque en realidad no estuvieran haciendo nada.

Los italianos que había visto en las películas no hacían exactamente eso pero ya sabía que el cine no siempre refleja la realidad, así que era posible considerar como algo típicamente italiano llevar un carro de la compra sin nada dentro, por el simple placer de arrastrar sus ruedas por los adoquines armando mucho escándalo. O que también fuera normal entre las mujeres  italianas de mediana edad, solteras, sin hijos ni trabajo conocido, como era el caso de Analisa Busatto, pasearse a las horas de entrada y salida de los colegios, con gran aceleración, como si llevaran una recua de niños invisibles detrás . Mi madre me sacó de mi error asegurándome que la  Busatto estaba como una cabra.

No sé si la mujer, que ya se quedó con esa denominación de diva de la ópera para siempre, estaba como una cabra pero desde luego le fallaban las habilidades sociales, de ahí que caminara con la cabeza hacia el suelo, para no tener que saludar. Y si alguno, compadecido por su soledad, que se supiera no tenía familia ni amigos,  la paraba para interesarse por ella, Analisa contestaba sin dejar de caminar, ” tengo mucha pinza” porque aunque hablaba bien, se le resistía la palabra prisa, precisamente la que más utilizaba como parapeto anti-personas.

Pese a rechazar la intimidad y las relaciones directas con otros, buscaba las horas punta y las aglomeraciones, tal vez porque quería pasar desapercibida y que nadie sospechara de sus verdaderas tendencias o porque se sentía mejor, menos rara, integrándose de alguna manera. Si hubiera vivido en medio de una ciudad grande, amparada en el anonimato no habría llamado la atención, pero vivía en un barrio en el que, como en un pueblo, todos nos conocíamos, por lo que sus intentos de camuflaje no resultaban nada efectivos.

A primera hora de la mañana, cuando mucha gente hacía cola en la única parada de autobús que llevaba al centro, ahí estaba la Busatto copiando la  cara de sueño y hastío de los que sí iban de verdad a trabajar. Cuando todos se subían al autobús, ella se retiraba discretamente por un lateral y volvía a su deambular acelerado  con el carro de la compra. Pero una vez llevó un poco más allá su afán por no desentonar y se subió al autobús. Cuando su compañero de asiento le preguntó que a dónde iba, ella le miró muy desconcertada y sólo contestó, “no sé, dónde vayas tú”. Después, avergonzada por haberse delatado, dijo que tenía mucha “pinza” y se bajó en la siguiente parada, un asentamiento chabolista en mitad de un descampado.

A las horas de entrada y salida de los colegios también aparecía por los alrededores, no porque tuviera ningún interés en nosotros si no porque había lío y le gustaba perderse en el barullo. El resto del día vagaba arriba y abajo, levantando polvo con sus zapatones de hombre y una horquilla infantil sujetándole por un lado la melena lisa y  recta, llena de canas.

Cada cierto tiempo padecía una crisis de arrepentimiento por ser como era y pretendía enmendarse. Entonces  elegía a alguien al azar para hacerse amiga pero ya se le había olvidado como se hacía eso y entregaba risas fuera de lugar,  confidencias no solicitadas y una intensidad en la relación que agotaba al contrario. Algunos la toleraban más por piedad que por cariño verdadero,  pero siempre era ella la que se cansaba primero y, decepcionada,  volvía a sus andanzas solitarias y a sus huraños, “tengo mucha pinza”.

La recuerdo perfectamente como un personaje más de mi infancia, Analisa Busatto la extravagante,  metida entre la riada de niños y madres después de las clases, dejándose arrastrar por la corriente humana como un pez atípico.

 

 

 

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Sombras se ciernen

Digo yo esta mañana a modo de saludo normal para ir tirando: buenos días, Esme, qué frío hace, ¿verdad?.

Las sombras del día se ciernen sobre árboles y quioscos, me responde ella, bastante paranormal.

Más me ha parecido un recitativo del Toni que un saludo suyo porque sin saber exactamente qué significa cernir, me he imaginado que algo bueno no sería, viniendo como viene de unas sombras.

Anda, maja, sí que estás animada esta mañana, ¿se puede saber a qué sombras te refieres y por qué les ha dado por cernirse?

Tranqui, que no me refiero a nada. Es que leí ayer en un libro una frase que decía así, “las sombras de la noche se cernían sobre arbustos y campos” y no veía el momento de soltarla adaptada a mi entorno. Es verdad que con un día de sol como el de hoy no pega mucho, me tendría que haber esperado a la noche, pero no he podido. Ha sido verte y tenerla que decir.

Mucha gracia no me hace que mi presencia te recuerde a las sombras cerniciosas, sea lo que sea eso, más me gustaría ser para ti un ser luminoso. Y dime, ¿has pensado algo para entretenernos que no sea de gastar dinero si no todo lo contrario?

No, por ahora, no, pero no te preocupes, estoy en marcha por dentro, haremos como los almendros y, en breve, floreceremos. Tengo en mente unos cuantos emprendimientos a cual más imposible. Lo posible no me gusta, qué le vamos a hacer.

Huy, qué bien, eso me apetece, es que estoy un poco aburrida y tengo ganas de florecimientos, emprendimientos, advenimientos  y otras chorradas por el estilo. Y hablando de sombras, por ahí viene tu hija. No te escondas detrás del árbol que ya te ha visto.

Me debes dinero, salta la Anais  cerniéndose sobre su madre de muy mala manera.

¿Yo?, ¿de qué?, ¿no será al revés?

Del inglés, aclara la muchacha sin dejar de menear la cabeza al compás de la música que le sale de los auriculares. Aunque no haya ido hay que pagar igual. Date prisa que he quedado en la estatua del demonio con unas amigas.

Y se ha largado sin decir adiós y moviendo la cabeza como si llevara un cencerro colgado del cuello, dejando a la Esme con una cara de lo más sombría y cien euros menos.

Venga, Esme, que no te de el bajón  y recuerda las flores del almendro que están al caer, o al brotar, pongamos en ellas todas nuestras esperanzas.

“Fueron mis esperanzas como el almendro, florecieron temprano, cayeron presto”, va y me dice. He creído que  esa frase también la  había leído ayer,antes o después de la de las sombras,  tenía pinta de ser del mismo simpático autor. Pero no, ya me ha aclarado ella que se trata de una coplilla popular.

Pues vaya con las coplillas agoreras, qué poco me gustan.

 

 

 

 

 

 

 

Casa abandonada

La casa del pueblo de mis abuelos estaba situada en un camino en cuesta con más casas del mismo estilo a cada lado. Al final  había un llano con rocas y zarzas donde muchas tardes subíamos a jugar. Desde ahí, subiendo un poco más, serpenteaba otro camino que terminaba en una puerta pequeña de metal. Solo con empujarla se entraba directamente al  monte. Una vez que pasábamos al otro lado siempre corríamos y gritábamos bastante exaltados hasta que se nos pasaba el efecto libertario que daban los pinos.

En ese segundo camino también había viviendas pero no tan juntas, se separaban cada vez más y más como si a medida que nos acercáramos al monte se fuera extinguiendo la vida civilizada. Una de ellas estaba deshabitada pero sus dueños, como querían venderla, habían contratado dos tardes a la semana a un señor muy viejo, llamado Aristóbulo, para que con un rastrillo oxidado y una carretilla más oxidada todavía, peinara la tierra, recogiese las hojas y piñas y mantuviera un cierto orden.

Impresiona bastante observar la gran capacidad que tiene el caos para adueñarse de todo si no se le pone freno y la velocidad a la que trabaja enmarañando, revolviendo, desdibujando y a la vez creando nuevas formas.  Por mucho que el viejo de Aristóbulo trataba cada dos tardes de que aquello no se le desmandase, aquello, el jardín de esa casa que no estaba ya habitada, se había declarado en rebeldía y crecía y se desarrollaba como le daba la gana.

Cuando pasábamos por delante nos parábamos un rato a saludarle y así mirábamos la casa más de cerca. Era un poco lúgubre, con dos cipreses pegados a los muros como si fueran los soldados guardianes, por una de las ventanas de la planta baja se veía una biblioteca  y una escalera. Cada día teníamos más ganas de entrar, sobre todo mi hermana que era muy partidaria de todo lo que estuviera prohibido y fuera ligeramente peligroso. Hablábamos mucho de la casa abandonada y de cuál sería la mejor hora de hacer una expedición exploratoria.

Una tarde a las cuatro, mientras todos veían amodorrados la tele o dormían la siesta, nos escapamos las dos y  uno de mis hermanos medianos. Mis hermanos iban muy decididos a saltar la valla, yo no tanto porque era patosa y estaba segura de que me iba a caer pero no hizo falta, la puerta no estaba cerrada, Aristóbulo se había olvidado de echar el candado. De todas formas, mi hermana entró saltando la valla para que no se le estropeara la aventura. También estaba abierta una de las ventanas de la planta baja por lo que pudimos entrar en la casa con toda facilidad.

Pasamos muy nerviosos de un cuarto a otro apretándonos los brazos y parándonos un poco ante cada puerta. En realidad, la casa no tenía ningún misterio, quedaban algunos muebles, tan abandonados como ella, trozos de papel pintado levantado, manchas de humedad y la biblioteca que se veía desde fuera con una colección de libros de la editorial Austral muy amarillentos.

Solo nos quedaba entrar en el cuarto del fondo y aunque seguíamos fingiendo que nos daba miedo y que aquello era de lo más interesante, en realidad ya nos estábamos aburriendo. En ese cuarto había solo una mesa y encima un barreño. Al acercarnos a mirar vimos una escena repugnante y que durante mucho tiempo me ha perseguido, atormentándome: muchas ratas muertas flotando en una especie de miel o de líquido viscoso. Salimos corriendo de la casa abandonada y se nos quitaron las ganas de nuevos allanamientos.

Debimos de dejar alguna huella de nuestro paso por la casa porque Aristóbulo, cada vez que nos veía pasar por delante, en dirección al monte, se reía astutamente masticando un palillo y apoyado en el rastrillo decía,” ¿qué?, tunantes,  ¿os asustaron las ratinas?”

El antiséptico

Lo del Toni no es normal, esta mañana cuando ya estaba en la puerta para salir a trabajar ha pronunciado la siguiente frase escueta, “mejor no” y a continuación se ha encaminado muy decidido hacia el sofá. Me he quedado un momento a la escucha por si repetía el “mejor no” y volvía a la casilla de salida pero como ha permanecido callado he tenido que hablar yo.

Mejor sí, Toni, que vayas a trabajar,no empecemos ya con las sesiones de absentismo.

Tengo gripe, ¿no me notas la tiritona?, me dice tan panchamente sacando un libro de uno de esos filósofos  que tanto le gusta leer, no para aprender algo nuevo si no para que le confirmen sus más  arraigados pensamientos.

Ah, bueno, pues si tienes gripe ve al centro de salud a que te den la baja.

¿Al centro de salud?, estás loca,  ahí están todos los que tienen gripe y además, que no, hoy no salgo, hay alerta roja y fenómenos costeros. Qué manía os ha entrado a todos con la acción, ¿no ves que casi todos los males del mundo vienen de eso? Y no lo digo yo, lo dice Schopenhauer. Lo mejor que podemos hacer es nada.

¿Quién dice qué?, salta la Noe irrumpiendo de improviso vestida de muñeco de nieve raro. ¿Os gusta mi outfit invernal? A ti ya sé que no, Toni, porque no entiendes de tendencias pero, ¿tú cómo me ves, Eva?, llevo el gorro con pompon, el abrigo de pelos sintéticos, ni se os ocurra acercarme un mechero que esto prende que no veas, y las botas tipo  yeti urbano. Una vez dentro del metro, me lo quito todo y ¡tachannnn!, en minifalda.Y a todo esto, ¿qué hace el Toni a estas horas todavía aquí?

Hacer lo que se dice hacer…más bien es al contrario, como según él  todo lo que hagamos va a ser para empeorar el mundo,  se está dedicando él a mejorarlo desde el sofá, también dice que tiene gripe pero luego no quiere ir al médico por si allí se la contagian.

Que sepáis, se pone entonces el Toni,  que el contemplativo no trabaja solo por su propia salvación. Tiene una importante misión social que cumplir, escuchad, palurdas, “el contemplativo puede hacer algo muy apreciable para mitigar los venenos que la sociedad destila por medio de su propia actividad política y económica, es la sal de la tierra, el antiséptico que evita la putrefacción total”, esto es de Huxley.

Qué fuerte, ¿no?, dice la Noe  sin prestar atención ni a la cita ni al citado porque se estaba mirando el outfit o disfraz  en la puerta del ascensor. ¿Te vienes, Eva o te quedas a eso que ha dicho él?

Mejor voy, sí, ya se ocupa el Toni de desinfectar la Tierra.

 

 

 

 

 

 

 

Una señora tacaña, vieja y fracasada

Madre mía, la Esme, es inmune a los fríos de enero, a las olas siberianas y al bajo cero en general. Pero si estaba esta mañana en mangas de camisa en mitad del parque, muy enfrascada leyendo y escribiendo, rodeada de fuentes heladas y de bancos cubiertos de escarcha. Tan a lo suyo que ni caso me ha hecho cuando le he retransmitido mi aburrido fin de semana por obra y gracia del Toni quién seguramente procede, no del mono como el resto de los humanos, si no de la ameba.

Lo que nos hemos aburrido,maja, ni ha querido ir al cine ni quedar con amigos ni salir a tomar algo, dice que las conversaciones de los otros le amuerman y que prefiere leer,  que en los cines le entra claustrofobia y piernas inquietas y que a los bares no va porque ya trabaja en uno toda la semana y no es cuestión de reincidir, ¿qué te parece, Esme, qué hago?

Escríbeme si quieres a mi blog de los fracasos, me dice abanicándose con un periódico, pero ya te aviso que tardaré bastante en contestar tu comentario porque, guapita, no doy abasto, tengo cola. Tienes que dirigirte a la sección, “fracasos de pareja”. A tope la tengo.

Digo yo que si no sería más lógico que me contestara vía directa como hacen las amigas normales y no a través de un blog. Y eso es justamente lo que iba a decirle, que por qué no aprovecha para hablar conmigo cuando me tiene delante, pero se me ha puesto a leer uno de los comentarios esos que dice ella que son de tan máxima urgencia.

Escucha esto y a ver a ti qué te parece; “querida Esmeralda, sabia quiosquera del parque del Retiro, mujer atractiva sin par, afrodita en tu interior y hasta en tu exterior, suegra a la fuerza ahorcan, esto es lo que me pasa…”.

Ejem, Esme, podías disimular, se nota de lejos que lo has perpetrado tú misma, ¿ya estás otra vez inventándote comentarios?, le he dicho para vengarme de que no me escuche cuando critico al Toni.

Bueno, venga, me concede como haciéndome un gran favor, un poco inflado sí que está esta introducción,pero lo que viene a continuación, que es lo importante, eso ya es verdad , atenta ahora y no te me distraigas con tonterías que eres muy propensa a la falta de concentración, aquí va:

“estoy más que harta de que me llamen vieja, egoísta y tacaña a más no poder. Es cierto que hay gente en la puerta de mi casa palmándola de frío y no les abro,  me sobran cuartos, lo admito, pero los tengo muy monos puestos y si les dejo pasar me los van a llenar de barro con las botas sucias de pisar caminos.Digo yo que mejor que los acoja el vecino de enfrente que como también es pobre , lo mismo le dará. No sé por qué tengo que aguantar que me llamen inmoral y fracasada, ¿cómo podría lavar mi imagen? Espero su respuesta, estimada amiga del fracasado, aún antes de existir, blog de los fracasos. Y mientras tanto, voy a ponerme con los papeleos y las burocracias y a cerrar  bien la puerta no se me vaya a colar alguno de esos. Si tienen frío, que hagan hogueras y si alguno se muere, tampoco es tan raro, a todos nos ocurrirá , de algo hay que morir”.

Huy, Esme, qué señora más siniestra, más sin corazón y más asquerosa, ¿y cómo dícese llamar?

Dícese llamar Europa.

Uf, qué mal rollo. Porque dentro de esa señora  estamos nosotras, ¡somos también esa señora!

Sí, eso es lo malo. Así que visto lo visto, me voy a San Antón a que les echen la bendición a mi perro y a mi gato.

Pero si tú no tienes ni perro ni gato.

Pues por eso.