Día: 7 enero, 2017

En la ciudad turbia…

Vaya diíta de Reyes que me dieron ayer entre el Toni y la Noemi. El Toni se pasó toda la mañana diciendo la siguiente frase misteriosa, “en la ciudad turbia…” y luego se quedaba en suspenso como los tres puntos. Y la Noe acorralándome por las esquinas del piso para quejarse del regalo del Toni: un libro.

Ya hay que tener mala idea, se me pone, si sabe que yo no leo y  menudo tochaco, si es más ancho que largo y además, mira, se titula “Los detectives salvajes”, me he creído que era de misterio pero he empezado a leer y, la verdad, no me entero de nada, pero si está lleno de haches intercaladas, ¿le habrá puesto tique regalo? Es que no me atrevo a preguntárselo porque como es tan así, tan raro, lo mismo se mosquea, pregúntale tú.

En la ciudad turbia…, me responde el Toni dando vueltas sin rumbo alrededor de la mesa. Toni, que la Noe quiere saber si puede cambiar el libro por otra cosa, ¿has guardado el tique? Ah, sí, aquí está, ayer comprábamos y mañana descompraremos y volveremos a comprar en un círculo sin fin,  así nos olvidamos de nuestra mortal condición y de nuestro sinsentido,  pobre lince ibérico,  en la ciudad turbia los…

Pero, ¿de qué lince hablas?, ¿en la ciudad turbia los que…?, ay, madre, qué cansino estás. A ver, Noe, toma, ya lo puedes cambiar. Pero otra vez la Noe me acorrala en una esquina, “joer, que mira lo que pone aquí, “Casa del Libro”, o sea, claramente solo lo puedo cambiar por otro libro, eso va con segundas, quiere que lea o ,peor todavía, lo quiere leer él y por eso me lo ha comprado. Porque tu regalo ha sido otro libro y además de poesía, no me llames malpensada pero todo encaja.

Y así, entre frases suspensivas y acorralamientos me tuvieron toda la mañana. Por la tarde el Toni salió a orearse por las calles de la ciudad turbia, me supongo, pero no le sentó bien la vuelta. Que qué asco de calles llenas de familias con bolsas, que ocupaban todas las aceras y no le dejaban pasar y que qué absurdo ese  ir y venir con esos cargamentos de paquetes y que qué pena el lince ibérico al borde de la extinción por nuestros hábitos desaforados de consumo.

Pues el consumo es bueno, salta la Noe, porque yo trabajo en una tienda y si la gente no comprara me moriría de hambre, que lo sepas, Antonio. Y se morirían de hambre también muchos otros más, todos nos moriríamos de hambre y también el lince ibérico de las narices. Un libro a mí, eso sí que es turbio y no la ciudad esa de la que hablas, igual si lo ponemos debajo de la pata de la mesa deja de cojear, voy a probar, no vale, es demasiado gordo.

Y entonces va el Toni y termina su siniestra frase: en la ciudad turbia… en la ciudad turbia, bajo un cielo desestrellado, los depredadores compran y compran ajenos a la catástrofe.

A ver si va a ser un profeta de  los chungos, me dice la Noe con cara de susto volviéndome a acorralar en una esquina, de los que predican de lo malo y todo eso,  me da miedo, ¿y si le lanzo el libro a la cabeza? Allá va, es por autodefensa de las dos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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