Día: 12 enero, 2017

Familia de la cama de al lado

En la cama de al lado se instaló una familia entera, con su padre, su madre, su hijo, dos tías y un sobrino. Dentro de la cama se encontraba la madre, a la que acababan de operar, y a su alrededor se situaban como planetas girantes todos los demás.

Y vaya que si hacían ruido los planetas, no son silenciosos los planetas tías ni los planetas sobrinos ni el planeta hijo, algo más  el planeta marido y un poco dado a desorbitarse para salir a fumar. Pero por lo demás, un sistema de lo más pesado, ruidoso y molesto habitaba la cama de al lado.

Al otro lado de ese sistema planetario, separadas por una cortinilla que hacía de frontera y era tan artificial como todas las fronteras, sólo estábamos dos. Dos no llegan a constituir sistema ni familia, ¿qué eramos? No lo sé, tal vez la familia planetaria nos había clasificado de alguna manera pero lo más seguro es que solo fuésemos “las dos de la cama de al lado” o “esas dos”.

Nos quitaron una silla, pidiendo permiso, claro, pero nos la quitaron, lo cual ya suponía una victoria de sus recursos contra los nuestros. Después se entrometieron en nuestro espacio por el hueco que no tapaba la cortinilla y, sobre todo y, lo peor, nos invadieron los pensamientos. Como si a la fuerza nos hubieran puesto una película y tuviéramos que verla y oírla: la película de la familia pesada planetaria.

El que llevaba el papel protagonista era el hijo. Era guapo hasta  que hablaba y como hablaba mucho casi nunca era guapo. No era lo que decía sino la forma de decirlo, su voz destrozaba las frases y las hacía parecer idiotas. Después lo que se derrumbaba era su toda su belleza.  No quería oírle, ni a él ni a su primo, obsesionado con la ciudad de Oporto, “está toda rota, tío, no vayas”, “toda rota, toda vieja”, repetía a cada momento y el guapo se reía con una risa que era aún más apaga encantos que la voz.

Como la madre tenía hambre, las hermanas empezaron a relatar recetas de cocina para alimentarla con la imaginación. El padre emitía sonidos parecidos a los que hace alguien cuando come algo que le gusta mucho, el primo había dejado ya en paz a Oporto y le mostraba al otro sus nuevos tatuajes. Para no ver los tatuajes del primo, me puse a leer pero no conseguí pasar de la primera línea. La familia planetaria se había metido entre las frases, y por ellas se paseaban como si fueran amplias aceras, riendo, hablando y  contando su propia historia con mucha más fuerza que la historia escrita.

Cerré el libro, odiándolos. Puede que el hijo guapo se diera cuenta porque empezó a pedir silencio a los otros de vez en cuando. No se callaban y él hacía mucho ruido pidiendo silencio, pedía silencio muy ruidosamente. Ni siquiera me quedaba el recurso de mirar el cielo por la ventana porque la ventana estaba de su lado, en el nuestro solo había una pared con un cartel despegado en el que se leía, “no está permitido más de un acompañante por paciente”. Como estaba en nuestro lado, los planetarios debieron de pensar que no iba con ellos.

A mi acompañada no parecían molestarle, puede que se encontrara demasiado mal como para que le importara o que los analgésicos y sedantes que le habían puesto hicieran de barrera protectora. De vez en cuando abría los ojos, reconocía el lugar y a mí y se volvía a dormir. Mi odio por la familia invasora crecía por momentos y se unía al aburrimiento, a la incomodidad y a la angustia.

Hasta que por una rendija de la cortina frontera se coló la mirada de Conchi, la madre. Era una mirada simpática y buena, compasiva.  Entendí al momento que era el nexo de unión de todos los planetas y que si desparecía ella, el sistema se desintegraría. Ahora ya no podía odiar a su hijo, ni a sus hermanas dadoras de recetas ni a su marido fumador  ni al sobrino de cuerpo ultra tatuado.

Además, comprendí que estaban nerviosos y que por eso se aglomeraban y hablaban y hablaban. Que sus palabras eran una estrategia para protegerse y protegerla a ella de la enfermedad y el miedo. Nosotras dos no teníamos estrategia y me sentí sola y con ganas de unirme al grupo. Estuve a punto de contarles alguna receta o de decir “Oporto qué rota y qué vieja”, para integrarme, pero salí al pasillo a dar vueltas.

En el pasillo un hombre lloraba y dos mujeres le intentaban convencer de que se comiera un azucarillo. “Yo siempre llevo uno en el bolso por si me mareo”, decía una de ellas. Pero el que lloraba sabía que eso no valía de nada y solo decía, sonándose los mocos “solo quiero  irme a casa para poder llorar a gusto,estar con mi música y mis libros,  ojalá tuviera perros y gatos”.

Volví corriendo al cuarto a refugiarme con los planetarios, a que me echaran encima sus palabras como una manta,  ahora me alegraba mucho de que se hubieran instalado en la cama de al lado.

Mira, tío, dijo el primo, “en este hueco del antebrazo me voy a poner dos guitarras”. Con las patatas panaderas queda buenísimo, dijo una de las hermanas rebanando el aire y el padre hizo ummmmm.

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