Día: 22 enero, 2017

Casa abandonada

La casa del pueblo de mis abuelos estaba situada en un camino en cuesta con más casas del mismo estilo a cada lado. Al final  había un llano con rocas y zarzas donde muchas tardes subíamos a jugar. Desde ahí, subiendo un poco más, serpenteaba otro camino que terminaba en una puerta pequeña de metal. Solo con empujarla se entraba directamente al  monte. Una vez que pasábamos al otro lado siempre corríamos y gritábamos bastante exaltados hasta que se nos pasaba el efecto libertario que daban los pinos.

En ese segundo camino también había viviendas pero no tan juntas, se separaban cada vez más y más como si a medida que nos acercáramos al monte se fuera extinguiendo la vida civilizada. Una de ellas estaba deshabitada pero sus dueños, como querían venderla, habían contratado dos tardes a la semana a un señor muy viejo, llamado Aristóbulo, para que con un rastrillo oxidado y una carretilla más oxidada todavía, peinara la tierra, recogiese las hojas y piñas y mantuviera un cierto orden.

Impresiona bastante observar la gran capacidad que tiene el caos para adueñarse de todo si no se le pone freno y la velocidad a la que trabaja enmarañando, revolviendo, desdibujando y a la vez creando nuevas formas.  Por mucho que el viejo de Aristóbulo trataba cada dos tardes de que aquello no se le desmandase, aquello, el jardín de esa casa que no estaba ya habitada, se había declarado en rebeldía y crecía y se desarrollaba como le daba la gana.

Cuando pasábamos por delante nos parábamos un rato a saludarle y así mirábamos la casa más de cerca. Era un poco lúgubre, con dos cipreses pegados a los muros como si fueran los soldados guardianes, por una de las ventanas de la planta baja se veía una biblioteca  y una escalera. Cada día teníamos más ganas de entrar, sobre todo mi hermana que era muy partidaria de todo lo que estuviera prohibido y fuera ligeramente peligroso. Hablábamos mucho de la casa abandonada y de cuál sería la mejor hora de hacer una expedición exploratoria.

Una tarde a las cuatro, mientras todos veían amodorrados la tele o dormían la siesta, nos escapamos las dos y  uno de mis hermanos medianos. Mis hermanos iban muy decididos a saltar la valla, yo no tanto porque era patosa y estaba segura de que me iba a caer pero no hizo falta, la puerta no estaba cerrada, Aristóbulo se había olvidado de echar el candado. De todas formas, mi hermana entró saltando la valla para que no se le estropeara la aventura. También estaba abierta una de las ventanas de la planta baja por lo que pudimos entrar en la casa con toda facilidad.

Pasamos muy nerviosos de un cuarto a otro apretándonos los brazos y parándonos un poco ante cada puerta. En realidad, la casa no tenía ningún misterio, quedaban algunos muebles, tan abandonados como ella, trozos de papel pintado levantado, manchas de humedad y la biblioteca que se veía desde fuera con una colección de libros de la editorial Austral muy amarillentos.

Solo nos quedaba entrar en el cuarto del fondo y aunque seguíamos fingiendo que nos daba miedo y que aquello era de lo más interesante, en realidad ya nos estábamos aburriendo. En ese cuarto había solo una mesa y encima un barreño. Al acercarnos a mirar vimos una escena repugnante y que durante mucho tiempo me ha perseguido, atormentándome: muchas ratas muertas flotando en una especie de miel o de líquido viscoso. Salimos corriendo de la casa abandonada y se nos quitaron las ganas de nuevos allanamientos.

Debimos de dejar alguna huella de nuestro paso por la casa porque Aristóbulo, cada vez que nos veía pasar por delante, en dirección al monte, se reía astutamente masticando un palillo y apoyado en el rastrillo decía,” ¿qué?, tunantes,  ¿os asustaron las ratinas?”

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