Día: 27 enero, 2017

Pez atípico

Además  de la mujer que se sentaba a pasar el día en una cafetería con un despertador sobre la mesa y a insultar  moviendo los labios, sin voz,  a todo aquel que la mirase más de la cuenta, había una segunda estrafalaria en nuestro barrio , Analisa Busatto.  El que fuera italiana me resultaba bastante admirable,  era la primera extranjera que había tratado y tal vez por eso, al menos en un principio,  la consideré más exótica que loca.

Pudiera ser que en Italia la gente se comportara a diario como Analisa. Pudiera ser que allí tuvieran la costumbre de caminar con la cabeza baja, husmeando el suelo como si se les hubiera caído una moneda o las llaves y fueran de un lugar a otro a gran velocidad, acuciados por  infinidad de tareas muy urgentes que realizar, embarullándose, aunque en realidad no estuvieran haciendo nada.

Los italianos que había visto en las películas no hacían exactamente eso pero ya sabía que el cine no siempre refleja la realidad, así que era posible considerar como algo típicamente italiano llevar un carro de la compra sin nada dentro, por el simple placer de arrastrar sus ruedas por los adoquines armando mucho escándalo. O que también fuera normal entre las mujeres  italianas de mediana edad, solteras, sin hijos ni trabajo conocido, como era el caso de Analisa Busatto, pasearse a las horas de entrada y salida de los colegios, con gran aceleración, como si llevaran una recua de niños invisibles detrás . Mi madre me sacó de mi error asegurándome que la  Busatto estaba como una cabra.

No sé si la mujer, que ya se quedó con esa denominación de diva de la ópera para siempre, estaba como una cabra pero desde luego le fallaban las habilidades sociales, de ahí que caminara con la cabeza hacia el suelo, para no tener que saludar. Y si alguno, compadecido por su soledad, que se supiera no tenía familia ni amigos,  la paraba para interesarse por ella, Analisa contestaba sin dejar de caminar, ” tengo mucha pinza” porque aunque hablaba bien, se le resistía la palabra prisa, precisamente la que más utilizaba como parapeto anti-personas.

Pese a rechazar la intimidad y las relaciones directas con otros, buscaba las horas punta y las aglomeraciones, tal vez porque quería pasar desapercibida y que nadie sospechara de sus verdaderas tendencias o porque se sentía mejor, menos rara, integrándose de alguna manera. Si hubiera vivido en medio de una ciudad grande, amparada en el anonimato no habría llamado la atención, pero vivía en un barrio en el que, como en un pueblo, todos nos conocíamos, por lo que sus intentos de camuflaje no resultaban nada efectivos.

A primera hora de la mañana, cuando mucha gente hacía cola en la única parada de autobús que llevaba al centro, ahí estaba la Busatto copiando la  cara de sueño y hastío de los que sí iban de verdad a trabajar. Cuando todos se subían al autobús, ella se retiraba discretamente por un lateral y volvía a su deambular acelerado  con el carro de la compra. Pero una vez llevó un poco más allá su afán por no desentonar y se subió al autobús. Cuando su compañero de asiento le preguntó que a dónde iba, ella le miró muy desconcertada y sólo contestó, “no sé, dónde vayas tú”. Después, avergonzada por haberse delatado, dijo que tenía mucha “pinza” y se bajó en la siguiente parada, un asentamiento chabolista en mitad de un descampado.

A las horas de entrada y salida de los colegios también aparecía por los alrededores, no porque tuviera ningún interés en nosotros si no porque había lío y le gustaba perderse en el barullo. El resto del día vagaba arriba y abajo, levantando polvo con sus zapatones de hombre y una horquilla infantil sujetándole por un lado la melena lisa y  recta, llena de canas.

Cada cierto tiempo padecía una crisis de arrepentimiento por ser como era y pretendía enmendarse. Entonces  elegía a alguien al azar para hacerse amiga pero ya se le había olvidado como se hacía eso y entregaba risas fuera de lugar,  confidencias no solicitadas y una intensidad en la relación que agotaba al contrario. Algunos la toleraban más por piedad que por cariño verdadero,  pero siempre era ella la que se cansaba primero y, decepcionada,  volvía a sus andanzas solitarias y a sus huraños, “tengo mucha pinza”.

La recuerdo perfectamente como un personaje más de mi infancia, Analisa Busatto la extravagante,  metida entre la riada de niños y madres después de las clases, dejándose arrastrar por la corriente humana como un pez atípico.

 

 

 

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