Pez atípico

Además  de la mujer que se sentaba a pasar el día en una cafetería con un despertador sobre la mesa y a insultar  moviendo los labios, sin voz,  a todo aquel que la mirase más de la cuenta, había una segunda estrafalaria en nuestro barrio , Analisa Busatto.  El que fuera italiana me resultaba bastante admirable,  era la primera extranjera que había tratado y tal vez por eso, al menos en un principio,  la consideré más exótica que loca.

Pudiera ser que en Italia la gente se comportara a diario como Analisa. Pudiera ser que allí tuvieran la costumbre de caminar con la cabeza baja, husmeando el suelo como si se les hubiera caído una moneda o las llaves y fueran de un lugar a otro a gran velocidad, acuciados por  infinidad de tareas muy urgentes que realizar, embarullándose, aunque en realidad no estuvieran haciendo nada.

Los italianos que había visto en las películas no hacían exactamente eso pero ya sabía que el cine no siempre refleja la realidad, así que era posible considerar como algo típicamente italiano llevar un carro de la compra sin nada dentro, por el simple placer de arrastrar sus ruedas por los adoquines armando mucho escándalo. O que también fuera normal entre las mujeres  italianas de mediana edad, solteras, sin hijos ni trabajo conocido, como era el caso de Analisa Busatto, pasearse a las horas de entrada y salida de los colegios, con gran aceleración, como si llevaran una recua de niños invisibles detrás . Mi madre me sacó de mi error asegurándome que la  Busatto estaba como una cabra.

No sé si la mujer, que ya se quedó con esa denominación de diva de la ópera para siempre, estaba como una cabra pero desde luego le fallaban las habilidades sociales, de ahí que caminara con la cabeza hacia el suelo, para no tener que saludar. Y si alguno, compadecido por su soledad, que se supiera no tenía familia ni amigos,  la paraba para interesarse por ella, Analisa contestaba sin dejar de caminar, ” tengo mucha pinza” porque aunque hablaba bien, se le resistía la palabra prisa, precisamente la que más utilizaba como parapeto anti-personas.

Pese a rechazar la intimidad y las relaciones directas con otros, buscaba las horas punta y las aglomeraciones, tal vez porque quería pasar desapercibida y que nadie sospechara de sus verdaderas tendencias o porque se sentía mejor, menos rara, integrándose de alguna manera. Si hubiera vivido en medio de una ciudad grande, amparada en el anonimato no habría llamado la atención, pero vivía en un barrio en el que, como en un pueblo, todos nos conocíamos, por lo que sus intentos de camuflaje no resultaban nada efectivos.

A primera hora de la mañana, cuando mucha gente hacía cola en la única parada de autobús que llevaba al centro, ahí estaba la Busatto copiando la  cara de sueño y hastío de los que sí iban de verdad a trabajar. Cuando todos se subían al autobús, ella se retiraba discretamente por un lateral y volvía a su deambular acelerado  con el carro de la compra. Pero una vez llevó un poco más allá su afán por no desentonar y se subió al autobús. Cuando su compañero de asiento le preguntó que a dónde iba, ella le miró muy desconcertada y sólo contestó, “no sé, dónde vayas tú”. Después, avergonzada por haberse delatado, dijo que tenía mucha “pinza” y se bajó en la siguiente parada, un asentamiento chabolista en mitad de un descampado.

A las horas de entrada y salida de los colegios también aparecía por los alrededores, no porque tuviera ningún interés en nosotros si no porque había lío y le gustaba perderse en el barullo. El resto del día vagaba arriba y abajo, levantando polvo con sus zapatones de hombre y una horquilla infantil sujetándole por un lado la melena lisa y  recta, llena de canas.

Cada cierto tiempo padecía una crisis de arrepentimiento por ser como era y pretendía enmendarse. Entonces  elegía a alguien al azar para hacerse amiga pero ya se le había olvidado como se hacía eso y entregaba risas fuera de lugar,  confidencias no solicitadas y una intensidad en la relación que agotaba al contrario. Algunos la toleraban más por piedad que por cariño verdadero,  pero siempre era ella la que se cansaba primero y, decepcionada,  volvía a sus andanzas solitarias y a sus huraños, “tengo mucha pinza”.

La recuerdo perfectamente como un personaje más de mi infancia, Analisa Busatto la extravagante,  metida entre la riada de niños y madres después de las clases, dejándose arrastrar por la corriente humana como un pez atípico.

 

 

 

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39 comentarios en “Pez atípico

  1. Sabes lo que pasa que todo lo que tu observabas , todo lo que imaginabas a nadie le parecía lo mismo o algo extraño ,o les despertaba interes alguno. El mundo y los hechos son los mismos pero nuestra forma de ser puede hacer lo que sea…cualquier milagro. Para los demas ni siquiera les dan cuenta de lo sucedido y para ti es un mundo extraño para descubrir. Un abrazo enorme…soñadora.

    1. Gracias, Tatiana, entiendo lo que me quieres decir y es muy bonito. Pero ella estaba ahí, existía como todos los demás. Más que soñar, que también un poco, lo que hago es observar.
      Y creo que todos tenemos una manera especial de ver el mundo, la nuestra. A veces me gustaría poderlo ver desde otra perspectiva, para variar.
      Otro abrazo

  2. Cuánta ternura alberga tu relato. La locura me produce un terror atávico, nada que ver con otras dolencias, destroza a la persona, su integridad y la coloca contracorriente.

    Un beso.

  3. Creo que tiene mucha razón Tatiana: Ya desde niña eras muy observadora, y eso te llevaba a percatarte de personas y cosas fuera de lo común. Yo también me considero muy observador, he reparado en gente -especialmente mujeres- que ni siquiera se han fijado en mí muchas veces, más allá de meros momentos puntuales. Me gusta mucho el nombre de Analisa Busatto. Desde luego tu relato, aparte de poder producir risa, destila ternura y cierta tristeza por personas así. Pez fuera del agua siempre buscando el barullo, encajar, el calor humano, el ser normal, aunque siempre tuviera mucha pinza, como yo, que ya mismo me voy.
    Atipico pesce sempre alla ricerca di compagnia umana, che la più bella e la cosa triste…(Y gracias que no te puse todo en italiano).

    1. Pues, hala, corre que es viernes.
      Mira que no ponerme todo el comentario en italiano…no hubiera entendido nada pero te hubieras marcado un puntazo.
      Sí, me da ternura acordarme de esa mujer y de su rareza, es cierto.
      Besos

  4. Sin duda sabes bucear como ese pez de amplios ojos que observa esos detalles que a la mayoría de la gente se le pasan desapercibidos,…quien sabe a lo mejor esa mujer se volvió loca tras perder un hij@ y todos los días pasea por los colegios intentando buscar esas sonrisas perdidas ….quien sabe
    Genial tu relato

  5. Analisa era una rara. La gente rara siempre llamó mi atención, me parecen muy interesante por ser fuera de lo común. Tengo recuerdos de muchos personajes raros: vagabundos, músicos callejeros, adivinadores de suerte, desertores de la milicia que nunca regresaron a su país y cosas por el estilo. Un relato muy agradable.

  6. Hola Paloma, ya estoy aquí de nuevo! A verte y leerte. Un “pequeño problemilla” me tiene poco activa.
    A mí me inspira ternura “la italiana”. Quizá porque a la gente diferente nadie la entendemos y eso debe llevar a la soledad.
    Besetes cariñosones, niña.

    1. Hola, María. Me alegro mucho de leerte por aquí otra vez. Espero que el problemilla no tenga importancia y estés bien.
      Comparto contigo ese sentimiento de ternura pero creo que su soledad era bastante elegida.
      Un besazo. Te visito en tu blog en cuanto tenga un rato.

  7. ¿Y si los extraño fuéramos los otros? ¿Y si ese pez raro, en realidad fuera el único auténtico? Recuerdo de mi infancia alguna gente rara que andaba por mi barrio y, sin embargo, parecían felices 🙂
    Con tus letras siempre me haces viajar muy lejos 😉

    1. Claro, si lo raro o lo normal es según con qué lo compares y sí, a lo mejor los raros eran los otros.
      Y la felicidad creo que no tiene mucho que ver con eso, hay gente atípica que es muy feliz y personas perfectamente dentro de las reglas que son desgraciadas. La mayoría tenemos ratos de lo uno y de lo otro.
      Muchos besos, Martes.

  8. Jo, ¿sabes que de pequeño yo pensaba exactamente lo mismo de un inglés que había en mi pueblo? Lo de que igual no estaba loco de remate, si no que en su casa todos eran así. Y yo tan respetuoso con su cultura, claro XD

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