Mes: enero 2017

Más mundo

De verdad que a veces el Jacobín no parece un niño, parece un reviejo con hartazgo vital. Ayer fue todo el camino al colegio arrastrando con desgana el dinosaurio por las paredes, sin hablar ni rugir. Hoy, desde las escaleras del portal ha pronunciado observando la calle y encogiéndose de hombros:”mundo”. Y después, según íbamos avanzando, él iba diciendo cabizbajo: más mundo, más mundo, más mundo, más mundo. Pero, claro, como en realidad es un niño, ha gritado de repente, ¡un animal!

Será un perro, le he dicho. Resulta que no, según él era una oveja magrón, es que no pronuncia bien la erre. Esperemos que en realidad no fuera un dícese del roedor de gran tamaño que puebla las alcantarillas madrileñas porque si el único aliciente al “más mundo” va a ser un rata apañaos estamos.

Cabizbaja yo también he vuelto a mis tareas, cómo me pesa el cuerpo los viernes, estoy para pocas persecuciones de pelusas, “más mundo, más mundo, más mundo”, iba diciéndome mientras las atrapaba sin mucho interés. Menos mal que me esperaba el paseo diario, a la Patricia no le importa que haga frío , “venga, venga, ve ya terminando y llévate a la niña a que  le dé el aire”. Cualquier día nos manda al gulag siberiano y tan contenta de quedarse sola un rato, que ya me conozco sus gustos tan bien como ella se conoce los míos.

Y con la Esme lo mismo, también empezamos a ser “más mundo” la una para la otra, sobre todo yo para ella, ella a mí todavía me sorprende a veces dada su facilidad para cambiar de estado de ánimo, intereses y opiniones cada milésima de segundo, pero digamos que es una sorpresa conocida, “más sorpresa”. Pero hoy ni eso porque no estaba, de lejos me ha saludado su padre.

Hoy es mi cumpleaños, muchacha, cumplo nada más que ochenta y seis. La de gente que me ha felicitado ya por el cacharro verde este del teléfono, me ha felicitado Bankia, Óptica Roma, el Corte Inglés, el cardiólogo y un sobrino nieto que tengo en Canadá, se ve que se aburría el chiquillo. De los otros todavía estoy esperando. Ahora, en cuanto venga  Esme, me voy a Canillejas, ese barrio todavía no me lo tengo peinado. Me gusta darme vueltas en los autobuses y bajarme siempre en la última, para ver Madrid, como son gratuitos… ¿no te has fijado que van llenos de viejos? Pues uno siempre soy yo.

Mira qué majo el señor Juan, ¿y no se cansa de dar vueltas y de ver siempre lo mismo?, le he preguntado influenciada por el  Jacobín, alias el filósofo hastiado.

De eso nada, que me queda poco por aquí, me gusta orearme y mirar la vida y además al viejo que no sale, le sacan… pero con las piernas por delante. Lo has pillado, ¿verdad? Pero antes me voy a fumar un puro para darme impulso.

Pues a la Esme creo que no le gusta mucho que fume, cuando venga se  va a enfadar, señor Juan.  Es mi cumpleaños y aunque no lo fuera,  fumo si me da la gana, paso de Esmeralda y de casi todo lo demás. Y en dirección al “más mundo” del parque ha lanzado un corte de mangas.

 

 

 

 

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Familia de la cama de al lado

En la cama de al lado se instaló una familia entera, con su padre, su madre, su hijo, dos tías y un sobrino. Dentro de la cama se encontraba la madre, a la que acababan de operar, y a su alrededor se situaban como planetas girantes todos los demás.

Y vaya que si hacían ruido los planetas, no son silenciosos los planetas tías ni los planetas sobrinos ni el planeta hijo, algo más  el planeta marido y un poco dado a desorbitarse para salir a fumar. Pero por lo demás, un sistema de lo más pesado, ruidoso y molesto habitaba la cama de al lado.

Al otro lado de ese sistema planetario, separadas por una cortinilla que hacía de frontera y era tan artificial como todas las fronteras, sólo estábamos dos. Dos no llegan a constituir sistema ni familia, ¿qué eramos? No lo sé, tal vez la familia planetaria nos había clasificado de alguna manera pero lo más seguro es que solo fuésemos “las dos de la cama de al lado” o “esas dos”.

Nos quitaron una silla, pidiendo permiso, claro, pero nos la quitaron, lo cual ya suponía una victoria de sus recursos contra los nuestros. Después se entrometieron en nuestro espacio por el hueco que no tapaba la cortinilla y, sobre todo y, lo peor, nos invadieron los pensamientos. Como si a la fuerza nos hubieran puesto una película y tuviéramos que verla y oírla: la película de la familia pesada planetaria.

El que llevaba el papel protagonista era el hijo. Era guapo hasta  que hablaba y como hablaba mucho casi nunca era guapo. No era lo que decía sino la forma de decirlo, su voz destrozaba las frases y las hacía parecer idiotas. Después lo que se derrumbaba era su toda su belleza.  No quería oírle, ni a él ni a su primo, obsesionado con la ciudad de Oporto, “está toda rota, tío, no vayas”, “toda rota, toda vieja”, repetía a cada momento y el guapo se reía con una risa que era aún más apaga encantos que la voz.

Como la madre tenía hambre, las hermanas empezaron a relatar recetas de cocina para alimentarla con la imaginación. El padre emitía sonidos parecidos a los que hace alguien cuando come algo que le gusta mucho, el primo había dejado ya en paz a Oporto y le mostraba al otro sus nuevos tatuajes. Para no ver los tatuajes del primo, me puse a leer pero no conseguí pasar de la primera línea. La familia planetaria se había metido entre las frases, y por ellas se paseaban como si fueran amplias aceras, riendo, hablando y  contando su propia historia con mucha más fuerza que la historia escrita.

Cerré el libro, odiándolos. Puede que el hijo guapo se diera cuenta porque empezó a pedir silencio a los otros de vez en cuando. No se callaban y él hacía mucho ruido pidiendo silencio, pedía silencio muy ruidosamente. Ni siquiera me quedaba el recurso de mirar el cielo por la ventana porque la ventana estaba de su lado, en el nuestro solo había una pared con un cartel despegado en el que se leía, “no está permitido más de un acompañante por paciente”. Como estaba en nuestro lado, los planetarios debieron de pensar que no iba con ellos.

A mi acompañada no parecían molestarle, puede que se encontrara demasiado mal como para que le importara o que los analgésicos y sedantes que le habían puesto hicieran de barrera protectora. De vez en cuando abría los ojos, reconocía el lugar y a mí y se volvía a dormir. Mi odio por la familia invasora crecía por momentos y se unía al aburrimiento, a la incomodidad y a la angustia.

Hasta que por una rendija de la cortina frontera se coló la mirada de Conchi, la madre. Era una mirada simpática y buena, compasiva.  Entendí al momento que era el nexo de unión de todos los planetas y que si desparecía ella, el sistema se desintegraría. Ahora ya no podía odiar a su hijo, ni a sus hermanas dadoras de recetas ni a su marido fumador  ni al sobrino de cuerpo ultra tatuado.

Además, comprendí que estaban nerviosos y que por eso se aglomeraban y hablaban y hablaban. Que sus palabras eran una estrategia para protegerse y protegerla a ella de la enfermedad y el miedo. Nosotras dos no teníamos estrategia y me sentí sola y con ganas de unirme al grupo. Estuve a punto de contarles alguna receta o de decir “Oporto qué rota y qué vieja”, para integrarme, pero salí al pasillo a dar vueltas.

En el pasillo un hombre lloraba y dos mujeres le intentaban convencer de que se comiera un azucarillo. “Yo siempre llevo uno en el bolso por si me mareo”, decía una de ellas. Pero el que lloraba sabía que eso no valía de nada y solo decía, sonándose los mocos “solo quiero  irme a casa para poder llorar a gusto,estar con mi música y mis libros,  ojalá tuviera perros y gatos”.

Volví corriendo al cuarto a refugiarme con los planetarios, a que me echaran encima sus palabras como una manta,  ahora me alegraba mucho de que se hubieran instalado en la cama de al lado.

Mira, tío, dijo el primo, “en este hueco del antebrazo me voy a poner dos guitarras”. Con las patatas panaderas queda buenísimo, dijo una de las hermanas rebanando el aire y el padre hizo ummmmm.

Dinosaúricas perdidas

Me he pasado toda la noche haciendo  lo mismo que hago de día: quitar el polvo y barrer. En el sueño, además de autoplagiarme,  intentaba escribir para huir de tan monótonas tareas, otro plagio, pero en vez de ordenador utilizaba una maceta. Por mucho que le daba a las teclas invisibles de ahí no salía texto alguno así que volvía a barrer y a quitar el polvo.

Tal vez por eso tenía hoy el ánimo bastante a ras de tierra cuando he llegado a casa de la Patricia. El Jacobín tampoco tenía el suyo muy al alza, estaba sentado en una silla con los brazos cruzados, embutido en el uniforme del colegio como si fuera una camisa de fuerza, un dinosaurio enorme en la mano y dando patadas cerriles a la pared, primero con un pie y luego con el otro.

Por el camino hacia el colegio me he enterado del motivo de su disgusto, además del fin de sus vacaciones: ese dinosaurio que con tanta furia iba saltando de coche en coche y rugiendo a los viandantes a través de su voz, no era lo que él esperaba de los Reyes Magos. Él había pedido uno de verdad, de ahí su decepción con ese sucedáneo  de plástico. He intentado explicarle el concepto extinción pero creo que no lo ha entendido.

Mis esperanzas de elevarme la moral estaban puestas en la Esme pero resulta que ella también ha tenido una noche monótona, ha soñado que estaba dentro del quiosco , colocando una y otra vez y otra y otra y otra latas de refrescos en la máquina refrigeradora.

Pues estamos buenas, Esmeralda, ya ni en sueños dejamos de hacer lo que hacemos ni de ser lo que somos, le he dicho esperando hallar consuelo por el simple sistema de exponer y compartir el malestar.

No te preocupes, Eva, que nuestra suerte va a cambiar, me ha dicho ella infundiéndome ánimos. A peor, ha añadido a continuación desenfundiéndomelos.

Esme, maja, no me fastidies, que pareces el Toni, ¿desde cuándo eres tan pesimista y ceniza, acaso crees que estamos condenadas de por vida a seguir siendo lo de siempre: una chacha yo y una vendedora de quiosco tú?

Lo digo porque puede que pronto,  pero que muy pronto añoremos nuestros obsoletos oficios, en menos de nada nos sustituirán sendas máquinas y pasaremos a formar parte de los desahuciados por la tecnología. Pero para que veas que no soy como el Toni te voy a dar una salida antes de que la cuarta revolución industrial nos aplaste sin piedad. Busquemos nuevas profesiones, por ejemplo, ¿te apetece ser diseñadora de avatares o prefieres hacerte controladora de drones? Elige.

Bueno, es que ya puestos a soñar, preferiría dedicarme a algo más artístico, como mi jefa, a escribir, por ejemplo,  pero no en maceta.

“Ladrará la verdad el viento airado”, se pone mirando al horizonte de árboles invernales y echando vaho por la boca, ¿te ha gustado el inicio de esa poesía?

Lo que me faltaba, ahora también la Esme con las declamaciones a destiempo aunque tengo que reconocer y eso mismo he hecho, que los versos no estaban mal.

Pues que sepas que los ha escrito un robot, díselo a tu jefa para que se reinvente ella también. Menos mal que yo cuento con numerosas ventajas competitivas, soy persuasiva, tengo inteligencia emocional y capacidad de enseñar a otros. Suplantarme a mí una máquina, más quisieran, hombre…

Entonces, ¿qué hacemos, Esme? Estoy un poco asustada.

De momento, seguir soñando, tal vez en el siguiente sueño se nos ofrezca alguna revelación o pista onírica.

¿Y si no es así?

Ya se me ocurrirá algo, no me presiones tanto que es lunes. Vamos a visualizarnos como ingenieras robóticas, ¿te ves?

Pssss, tanto como verme…¿tú sí te ves?

Pero no me ha contestado, es lo que hace cuando no sabe por dónde salir. O sea, que estamos dinosaúricas perdidas, al borde mismito de la extinción laboral, vaya plan.

 

 

 

 

 

 

En la ciudad turbia…

Vaya diíta de Reyes que me dieron ayer entre el Toni y la Noemi. El Toni se pasó toda la mañana diciendo la siguiente frase misteriosa, “en la ciudad turbia…” y luego se quedaba en suspenso como los tres puntos. Y la Noe acorralándome por las esquinas del piso para quejarse del regalo del Toni: un libro.

Ya hay que tener mala idea, se me pone, si sabe que yo no leo y  menudo tochaco, si es más ancho que largo y además, mira, se titula “Los detectives salvajes”, me he creído que era de misterio pero he empezado a leer y, la verdad, no me entero de nada, pero si está lleno de haches intercaladas, ¿le habrá puesto tique regalo? Es que no me atrevo a preguntárselo porque como es tan así, tan raro, lo mismo se mosquea, pregúntale tú.

En la ciudad turbia…, me responde el Toni dando vueltas sin rumbo alrededor de la mesa. Toni, que la Noe quiere saber si puede cambiar el libro por otra cosa, ¿has guardado el tique? Ah, sí, aquí está, ayer comprábamos y mañana descompraremos y volveremos a comprar en un círculo sin fin,  así nos olvidamos de nuestra mortal condición y de nuestro sinsentido,  pobre lince ibérico,  en la ciudad turbia los…

Pero, ¿de qué lince hablas?, ¿en la ciudad turbia los que…?, ay, madre, qué cansino estás. A ver, Noe, toma, ya lo puedes cambiar. Pero otra vez la Noe me acorrala en una esquina, “joer, que mira lo que pone aquí, “Casa del Libro”, o sea, claramente solo lo puedo cambiar por otro libro, eso va con segundas, quiere que lea o ,peor todavía, lo quiere leer él y por eso me lo ha comprado. Porque tu regalo ha sido otro libro y además de poesía, no me llames malpensada pero todo encaja.

Y así, entre frases suspensivas y acorralamientos me tuvieron toda la mañana. Por la tarde el Toni salió a orearse por las calles de la ciudad turbia, me supongo, pero no le sentó bien la vuelta. Que qué asco de calles llenas de familias con bolsas, que ocupaban todas las aceras y no le dejaban pasar y que qué absurdo ese  ir y venir con esos cargamentos de paquetes y que qué pena el lince ibérico al borde de la extinción por nuestros hábitos desaforados de consumo.

Pues el consumo es bueno, salta la Noe, porque yo trabajo en una tienda y si la gente no comprara me moriría de hambre, que lo sepas, Antonio. Y se morirían de hambre también muchos otros más, todos nos moriríamos de hambre y también el lince ibérico de las narices. Un libro a mí, eso sí que es turbio y no la ciudad esa de la que hablas, igual si lo ponemos debajo de la pata de la mesa deja de cojear, voy a probar, no vale, es demasiado gordo.

Y entonces va el Toni y termina su siniestra frase: en la ciudad turbia… en la ciudad turbia, bajo un cielo desestrellado, los depredadores compran y compran ajenos a la catástrofe.

A ver si va a ser un profeta de  los chungos, me dice la Noe con cara de susto volviéndome a acorralar en una esquina, de los que predican de lo malo y todo eso,  me da miedo, ¿y si le lanzo el libro a la cabeza? Allá va, es por autodefensa de las dos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Año nuevoviejo

Roncaba el Toni en el sofá, la Noe dormía plácidamente la mona  y yo me deslizaba hacia el estado de suprema sabiduría denominado nirvana por algunos  y siesta por los más, cuando la ansiosa de la Esme, que no se puede estar quieta ni un domingo uno de enero, ha tenido que llamarme.

Con la susodicha llamada trataba de inocularme extrañas inquietudes, creo que piensa que si algo te preocupa y lo cuentas a un amigo o enemigo,  reduces tu preocupación repartiendo porciones de angustia. Pero eso no siempre es verdad, que no se trata de una tarta, lo más probable es que te  siga preocupando igual y además has fastidiado a otro.

Mira a tu alrededor, me dice con voz de acelere, y dime lo que ves. No, calla, mejor no me lo digas que ya te lo adivino yo. Toni está sobando, Noe lo mismo y tú ibas a ello. Os halláis en un piso pequeño y cutre del extrarradio donde habitan muchos chinos que no os saludan en el portal, desde vuestro sofá se ve una pared de ladrillos fea como ella sola y tenéis la pila llena de cacharros sin fregar. Anda que…

Se nota que la mujer ha sido futuróloga y puede que hasta presentóloga porque sí, todo era y es tal cual me lo estaba narrando.

Hija, Esme, nos conoces como si nos hubieras parido, has acertado en todo, solo se te ha escapado que yo tenía un libro en mi regazo, a falta de hijo, acuno libros y eso que gano en vocabulario.

Pues en mi casa igual, no igual que en  la tuya pero sí como  otros días, a eso me refiero: mis hijos, después de una noche “a fuego y saqueo”, así denominan ellos  a llegar de día y con muy malas caras, están durmiendo, mi padre tiene puesto a toda leche el “saber y ganar”, el Hipólito está mirando no sé qué chorradas muy graciosas en el ordenador y  yo  voy a poner la lavadora, se sale la ropa sucia por el cesto como si fueran cuerpos muertos, qué grima. Todo apunta a que el año nuevo es un timo. Tanta uvita, tanto jolgorio forzado de última hora, tanto fuego artificial y tanto abrazo para nada. A mí este año nuevo me parece un viejo prematuro.

Bueno, Esme, es que tampoco va a cambiar todo de un día para otro, ahora se nos ofrecen muchos días como páginas en blanco para que las vayamos llenando y tendremos que ser nosotras las que escribamos en ellas nuestra propia historia que puede ser preciosa, no te desanimes.

Aparte de que pareces un libro de autoayuda viviente te diré, bonita, que yo argumentos tengo para dar y tomar pero cuando voy a desarrollar alguno, alguien se me adelanta y pone otro más feo. Será cuestión de madrugar más.Mañana a las cinco y media ya voy a estar por el pasillo tramando y urdiendo,como a mí me gusta,  te llamo, ¿vale?, para que enredemos a la par porque dos es más que una y juntas no podrá con nosotras este año casposo.

No, Esme, no te molestes en llamarme, ya me lo contarás cuando me pase por tu quiosco a media mañana, hora bocata, y tampoco quieras llenar el libro del año el segundo día, paso a paso, Esmeralda, no te aturulles.Pero ya me había colgado, tendría prisa por aturullarse y por tramar y urdir. Que no se me olvide poner esta noche el móvil en silencio que yo a las cinco de la madrugada no estoy para argumentos, por muy bonitos que sean.

Me he puesto a leer porque la Esme te hace el mismo efecto que la cafeína y mis ojos se han topado con precisamente esta frase, “la necesidad de una vida nueva y mejor le oprimía dolorosamente el corazón”. Anda, igualito que a ella solo que este se llama Neviramizov, es ruso, y su inquietud transcurre en otro siglo.Va a resultar que los humanos estamos siempre dándole vueltas a lo mismo, pero eso no se lo voy a decir porque se cree original y es mejor que se lo siga creyendo.