Mes: febrero 2017

Lo exo, lo endo…el caso es liarla

Qué susto me ha dado la auto-proclamada Esmeralda esta mañana, creía que se me había vuelto obsesiva-compulsiva de la limpieza o algo peor. Y sí, era algo peor. Me la he encontrado frotando el quiosco con una furia descomunal hasta sacarle brillos. Pero, Esme, ¿qué haces, por qué pierdes el tiempo y las energías de esa manera tan tonta, acaso no sabes que en la naturaleza del polvo está el volver siempre al mismo lugar? Te lo digo para que tampoco te ensañes tanto con él dándole esos trapazos fustigadores y justicieros, es batalla perdida, te lo dice una experta en el sector de lo polvoriento.

¿A que las paredes de mi quiosco lanzan destellos? Estos fulgores y estas centellas tienen que verse desde muy lejos. Pues ya está, lustroso como él solo, ahora me voy a poner sombra de ojos purpurina para que también destellen y a esperar. Anda, ven, que te pinto a ti también, la cuestión es que se nos vea desde lejos y  bien luminosas, no me gustaría que nuestros vecinos de Trappist-1 se llevaran una primera mala impresión y luego vayan diciendo por las galaxias que las terrícolas somos unos cardos borriqueros.

Pues casi que la prefería en su versión maruja que en la de demente alucinada. Otra vez le ha vuelto a dar con el advenimiento extraterrestre pero parece ser que se ha cambiado de sistema planetario.

Estoy emocionadísima con los ocho exo planetas recién descubiertos alrededor de la estrella Trapist-1 y ya no quiero saber nada de los de Alfa Centauri, son unos estirados o a lo mejor es que ni son, tampoco hay que ser malpensada porque no me hayan contestado a mis cartas,   pero estos nuevos…allí tenemos que tener vecinos, la Nasa y yo estamos casi seguras.

¿Te imaginas su terruño? Dado que su sol emite luz infrarroja,  las plantas probablemente sean negras, rojas o azules y los planetas están tan cerca entre sí que desde cada uno se ven los demás, ¡qué vistas espectaculares! A mi es que la luna ya me aburre, qué quieres que te diga, es bonita, sí, pero cansina. Y la hierba verde y las hojas verdes pues lo mismo, necesito novedades.

Pero Esme, ¿de verdad te crees que, caso de que existan, te van a ver desde una distancia de 40 años luz? No es por romperte las ilusiones pero, hija, no sé qué manía te ha dado con todo lo de fuera. Si quieres contemplar maravillas vamos a ver un rato los almendros y los cerezos que los tenemos aquí al lado y sin salir del parque, viajar es muy cansado, si tú siempre lo dices. No quisiste ir a la India y ahora te quieres ir a Trappist, no hay quién te entienda, maja.

Es que es lunes y tenía que limpiar mi empresa, al ser yo todos los empleados en uno me toca desempeñar todas las funciones, desde la más baja a la más alta y, claro, si no me motivo un poco  empiezo ya la semana deprimida y luego me cuesta mucho remontar. Pero nada, ya que me has fastidiado mi delirio, cierro el quiosco un rato y vamos a ver la repetición de la jugada almendril.

Para mí que hoy no tenía muchas ganas de trabajar porque ha echado el cierre a toda velocidad. Pero de delirar sí que tenía ganas porque una vez en el lugar señalado y pese a eso de las repeticiones, le ha dado un segundo arrebato místico floral y ha dicho que era tan precioso que lo iba a pintar o mejor  a escribir o mejor  las dos cosas a la vez y que qué hermosura, que a ella ya es lo único que le importa en esta vida, la belleza y nada más, y que seguro que los de Trappist no tienen nada parecido y que se fastidien esos enanos infrarrojos y que se queda con lo de aquí.

Primero lo exo, luego lo endo… yo no he visto a nadie que cambie tan rápidamente de opinión ni que se exalte con tanta facilidad. Si acaso la vieran los trapistas o trapenses con un telescopio de gran potencia, lo más seguro es que salieran corriendo en dirección contraria. Tanto trance, tanta iluminación y tanta purpurina tiene que dar mucho miedo si es la primera vez que te enfrentas a ello.

 

 

 

 

Cielo de agosto

Desde la casa sin tejado mirábamos al cielo.

Al otro lado se extendía el campo amarillo.

Salíamos a correr con los brazos abiertos.

Veloces lagartijas recorrían los muros,

libélulas suspendidas en el aire,

mariposas borrachas de sol,

un rumor de hierbas secas,

tu mano

y el cielo libre de aquel agosto.

 

El reino encantado

Se me asemeja muchas mañanas la casa de la Patricia a un reino encantado.Cuanto más me aburro más semejanzas le encuentro con uno de esos reinos. Lo veo  todo tan bonito, tan largo el pasillo, tan amplias y bien amuebladas las estancias y tan altos los techados que a cada momento estoy esperando encontrarme a algún duende agazapado en un recodo. Por ahora no lo he visto,  no son los duendes seres muy encontradizos, pero estoy casi segura de que alguno se habrá mudado del bosque a este barrio,  a poco listo que sea. Están los bosques muy húmedos y llenos de alimañas. Al Toni le gustan pero es que el Toni es muy de hábitats agrestes.

Observo de reojo a la Patricia con su cabellera rubia, no pelo como el mío y el vuestro, cayendo en cascada sobre las teclas y sus largas manos pulsándolas con elegancia sin par y veo talmente a un hada de nuestros días de ahora mismo. No sé lo que escribe porque en cuanto me aproximo minimiza recelosa, pero estoy segura de que por sus letras se pasean  unicornios, gigantes, ninfas, sirenas y demás tropa fantástica.

Como las hadas son seres tan sumamente despistados y están a sus varitas, a sus estrellas y a sus creatividades  no se ha dado cuenta de que su hijo el Jacobín ha caído preso de un encantamiento y anda enamorado de una princesa que vive enfrente, la  Jimena del sexto exterior izquierda. Tan es así que el niño, hechizado perdido, se ha asomado peligrosamente a la ventana para llamar a su amada.

Cuando esta se ha aparecido en  la suya, la larga trenza colgando muros abajo, el niño le ha gritado esto: Jimenaaaa, tú eres, tú eres….se lo ha pensado un poco y luego ha dicho muy nervioso:¡ una pinza! Es lo que tenía más cerca de su área de visión, hay que entenderlo. La princesa Jimena, que parece ser comprensiva, se ha reído y el chiquillo, envalentonado por la risa, ha seguido durante un buen rato asociándola con los más diversos objetos “tú eres, tú eres… una pared, una ventana, un pantalón” y ya, perfeccionando la técnica, “¡ una nube, una flor!”. Después se ha metido  corriendo en casa dando saltos y alaridos.

Su hada madre, ignorante de estos sucedidos ha abandonado por un breve instante su recinto de las maravillas para transmutarse con mucha magia en mujer hosca y tiránica y mandarnos pitando al colegio.  Por el camino, he intentado explicarle  al Jacobín que  princesa Jimena no le conviene mucho porque ya tiene veinte años  y que más bien debería colocar su arrebato pasional en  la princesa Casilda, la del tercero derecha, de cinco años recién cumplidos.

Hay amores imposibles, Jacobín, solo nos traen sufrimientos, yo me enamoré de un ogro gruñón que lo único que quiere es volverse al bosque de donde procede, es mejor que te centres y te olvides y…

Me ha rugido con fiereza. Está hechizadísimo el pobre.

El Universo proveerá (o eso dicen)

Resulta que esta mañana limpiando, es un decir, la estantería de la auto-ayuda de la Patricia, -tiene un estante dedicado a ese sector camuflado entre la literatura de verdad- ha caído en mis zarpas un libro azul que no me he podido resistir a abrir. Es que en el título  anunciaba que dentro estaba el secreto de la vida en tan solo cuatro pasos. Ya sé que los títulos son al libro lo que el anzuelo a los peces, pero mira que si por una vez se ajusta a la verdad y voy y no me entero…

En sus páginas, dibujo de mandala por aquí y por allí, cosa de adornar un poco el mensaje, decía con una letras muy grandes que el primer paso es descubrir nuestro don y que el segundo es lanzarlo  al Universo como el que manda un globo sonda y que ya se verá. Lo que se verá es que el Universo te va a devolver todo lo bueno que tú le has dado y no se hable más. Anda, pues qué bien, me he saltado  el tercero y el cuarto porque seguramente mareaban el mismo concepto para rellenar páginas,  he movido un poco el polvo de un lado para otro para que no se aburra siempre en el mismo sitio y me he marchado a toda prisa a contárselo a la Esme.

Esme, maja, estamos yendo por mal camino y por eso se nos tuercen tanto los planes. Lo primero de todo es que busquemos nuestro don.

No me hables de ningún dron. Qué mal me caen los drones, ¿a ti no?, me suelta ella.

Es que todavía no he tenido el gusto de conocer a ninguno, así que no lo sé, pero he dicho don, no dron.

Y con mal me quedo corta, los aborrezco, sigue ella muy obsesiva-compulsiva.Ya existe el primer dron taxi y en el momento en que existe un primer algo de lo que sea, los siguientes van detrás.Esto va a ser como con los teléfonos móviles, cosa más rara y extravagante eran y ahora, mira, todo quisqui los porta. Pues ya verás los cielos como se nos van a poner de taxi drones , ni mirar las nubes va a poder una, peor que la plaga de la langosta. Y por si fuera poco, un dron va a vigilar la valla de Melilla, lo que nos faltaba, el dron represor, ¿cómo se te queda el cuerpo?

Que digo, Esme, que tenemos que encontrar nuestro don en la vida y luego regalarlo y que por ser tan generosas el Universo nos recompensará con creces.

¿Tu estás segura de que el amoniaco que tiene tu jefa en casa no es psicotrópico? Porque, hija, estás diciendo una cantidad de cosas raras que pa qué y yo estaba tan tranquila pintando pájaros con una mano , escribiendo una obra de teatro de premio con la otra y pensando a la vez en el peligro dron. Y voy a seguir a lo mío que tengo mucho tajo.

Ya, Esme, pero es que si fuera verdad, estaríamos haciéndolo mal. No tenemos que emprender nada ni esforzarnos ni luchar, solo regalar. A mí es que todo lo que sea sin esfuerzo me atrae bastante.

No sé chica, yo siempre he sido partidaria de lucrarme pero si quieres lo intentamos. Dices que hay que lanzar los dones, pues venga, los lanzo: toma dibujo de pajaritos cantores,  toma dramaturgia,  toma novela, toma diseños con grafeno,  allá que te van todas mis creaciones, Universo, te las regalo sin esperar nada a cambio. Ya está y ahora, ¿cuánto dices que tarda en responder y en mandarnos lo que por ley universal nos corresponde?

Eso no es lo importante, Esme, la cuestión es dar, no recibir.

Me cae mal el Universo, peor casi que los drones.  Ya me estás dando ahora mismo lo que me merezco o me devuelves¡ pero ya! todo lo que te he dado, timador, y a mi amiga lo mismo. Y rapidito, guapo que no tengo toda la mañana, se pone toda farruca mirando al cielo, sin drones, por el momento.

Por ahí vamos mal, a no ser que las amenazas estuvieran en los pasos tres y cuatro, como no me los he leído…

 

 

 

 

 

Un Dios B

Cuando nos cambiamos de barrio también cambiamos de letra de puerta, siempre habíamos vivido en la puerta B y ahora vivíamos en una A, lo cual nos colocaba en una mejor posición alfabética. La B la ocupaban los Boswell, una familia formada por un padre inglés, una madre española  y tres hijos.

La hija tenía una edad intermedia entre la de mi hermana y la mía y enseguida empezamos a salir las tres, para fastidio de mi hermana que intentaba a cada momento darme esquinazo.  En ese nuevo barrio no existía calle para jugar, había simplemente calle, tiendas de todo tipo a cada lado, lo que mi madre llamaba con gran ilusión ” mucho comercio”,  bares, paradas de autobús, dos bocas de metro y un pequeño parque de columpios con cuatro árboles raquíticos. Ya éramos mayores para ir a los columpios así que caminábamos arriba y abajo de la calle larga, hablando a gritos para poder oírnos entre el ruido del tráfico, con Katya Boswell en medio.

En esos paseos por la calle larga y comercial, muchas tardes nos encontrábamos con el señor Boswell cuya habilidad para andar y leer a la vez sin chocar, tropezar ni resultar atropellado me admiraba. También era capaz de vernos sin levantar la vista del libro, tal vez le avisaba la propia lectura de que nos acercábamos, lo cerraba dejando un dedo dentro y nos saludaba a su manera.

Casi todas sus frases empezaban así, “en Ingalatera…” y a continuación decía algo que hacían allí pero no aquí o, al revés, algo que hacíamos aquí y  que allí, en esa Ingalatera suya, era impensable. Por ejemplo, comprar el pan, costumbre que le parecía de lo más extravagante y que le producía muchísima risa. Después de reírse un rato de que la gente saliera a la calle con el único objetivo de comprar el pan, seguía su camino leyendo y andando, leyendo y andando.

 

Con Katya empezamos a introducir temas de conversación que a nosotras nos parecían muy profundos. Nos gustaba ser profundas y un poco atormentadas. Hablábamos mucho de la muerte, tal vez porque se acababa de morir nuestra abuela Mila y habíamos visto cómo la se la llevaban dentro de una funda azul con una cremallera. Esa escena nos había impactado pero al mismo tiempo nos sentíamos importantes por haberla presenciado y poderlo contar.

En una de esas conversaciones profundas y atormentadas, Katya nos dijo que en su casa no creían en Dios ni en que hubiera otra vida después de esta y luego añadió algo que me pareció muy misterioso y me dejó bastante desconcertada, “si acaso en un Dios B”. La de vueltas que le di al dios alternativo de los Boswell. Si no entendía al A y empezaba ya a desconfiar de él, mucho menos iba a comprender  al nuevo  de la letra de la puerta de enfrente.

Intenté hablar con mi hermana del tema pero se encogió de hombros y solo me contestó, “bah, déjame, pesada”, se hacía la chula con Katya pero en el fondo no tenía un interés verdadero en la vida de ultratumba ni en las religiones. No sé por qué pero a falta de más datos, a  ese Dios B siempre me lo imaginé con forma de mosca gorda y zumbona,  revoloteando por la casa de los Bowell mientras el padre lo espantaba con el libro y decía, ” esto no pasa en Ingalatera ”

 

 

Congelaciones y enamoramientos

Atiende a lo que me acaba de pasar, se me pone la Noe esta mañana camino del metro, me he visto en ese escaparate y no me he reconocido, digo, ¿quién ese pibonazo ? y era yo, alucino toda, ¿te ha pasado a ti eso alguna vez? Si es que estoy para que me criopreserven, ¿que no?

Que sí, Noe, estás muy guapa y muy jamelga. Es que cuando acaba una frase con “¿que no? tengo que contestar “que sí”, eso ya está estipulado así desde los tiempos remotos en los que nos conocimos, allá por el preescolar, y mucho cuidado con no seguir la norma no escrita porque se desconcierta.

Lo de la congelación lo vengo pensando desde hace tiempo, me dice propinándome un codazo ancestral de nuestro pueblo, por si acaso me había distraído con el entorno. Y la verdad es que sí que me había distraído, pierdo el hilo con mucha facilidad y los entornos son para mí fuente de dispersión a cada momento. Para que me centrara me ha agarrado del brazo hincándome bien los dedos en modo ancla. Este es el plan, me dice, que me congelen ya mismito porque mejor que ahora nunca voy a estar, como será un tratamiento muy caro he pensado en ofrecerme como conejita de Indias.

A ver, Noe, tu plan falla, para eso tendrías que morirte primero.

¿Pero no se puede una congelar  y los sábados salir a bailar? Claro, no,  será como los filetes de pollo que una vez que los descongelas ya no hay vuelta atrás y o te los comes o los tiras, se me fastidió el invento, joer. Bueno, da igual, paso, y escucha esta, que es buenísima, te-ma-zo, me dice incrustándome un auricular mientras ella se incrusta el otro; “hoy rompemos la carretera, ella camina y tiembla la acera, el que no baile se va pa fuera”Me está entrando una marchuqui…

No estaría mal congelarla a veces, no. Menos mal que se baja en Sol y yo sigo unas cuantas paradas más porque la canción, pese a no ser larga, daba vueltas a lo mismo una y otra vez. Que si sandungera, que si guerrera, que si bandolera y la matadora meneando la caderas, esa era la idea clave.

Con el reguetón danzando a su bola y sin permiso por mi cerebro he llegado a mi sede empresarial, que diría la Esme. Allí he hallado al Jacobín ya preparado para ir al colegio, la mochila de dinosaurio colgada de la espalda y el mismo bicho en la mano, qué monotemático es. En el ascensor hemos coincidido con la vecina de enfrente, una muchacha de unos veinte años con una trenza larga y rubia tal que una princesa de cuento.

El Jacobín, al verla entrar, se ha escondido el dinosaurio en la espalda y ha puesto cara de físico cuántico. La chica le ha preguntado muchas cosas, le ha alborotado el pelo y ha sido de lo más simpática con él, se ve que ya se conocen de otras veces y le hace gracia el chiquillo.

Cuando hemos salido a la calle y cada uno nos hemos ido por nuestro lado, el niño se ha dado la vuelta para mirar a la de la trenza una vez más, antes de que desapareciera por la esquina y ha dicho ensoñador y suspiroso “Jimena”. Acto seguido ha  sacado otra vez el dinosuario y se ha puesto a rugir a los viandantes como un poseso. Para mí que este tiene un enamoramiento típico de los cuatro años. Lo sé porque yo también me enamoré a esa edad de Alfredo el frutero, era rubio y llevaba pendiente.