Día: 2 febrero, 2017

Lucrecia descalza

Mi abuela Martina tenía una amiga en la casa de enfrente, Lucrecia,  que pasaba un rato todas las mañanas a sentarse con ella en el patio. Su aspecto físico me daba un poco de miedo. Llevaba las gafas con los cristales más gordos que he visto jamás y por detrás aparecían unos ojos agrandados monstruosamente que flotaban en su cara como si, espantados,  se le hubieran salido de las cuencas. Lucrecia  llevaba puesto un delantal de cuadros negros y blancos encima de la ropa y caminaba arrastrando unas zapatillas de tenis enormes pisadas por el talón.

No sé si a mi abuela le gustaba mucho o poco que se presentara su amiga cada mañana, no parecía ni alegrarse especialmente ni molestarse tampoco, formaba parte de sus rutinas de entonces. En cuanto la veía aparecer sacaba dos sillas al patio y las ocupaban en paralelo.No hablaban apenas, casi todo el tiempo estaban en silencio y solo lo rompían para intercambiar las mismas tres frases todos los días.

Con “qué vida esta” abría Lucrecia, a lo que mi abuela no respondía nada, solo movía la cabeza asintiendo. Otra vez un silencio largo en el que se miraban los pies o nos miraban jugar o miraban la ropa moviéndose en la cuerda o el vuelo de una mariposa.

“Apañadas estamos”, decía de repente mi abuela  y Lucrecia se sobresaltaba un poco, lo mismo ni se acordaba de que tenía a su amiga sentada al lado, para reaccionar se daba una palmada en el muslo con unas manos a las que la artrosis había vuelto garras y las dos se reían un rato de la supuesta comicidad de que estuvieran tan apañadas. Después volvían a su silencio  y a sus suspiros. Cuando ya les parecía que llevaban suficiente tiempo juntas,  Lucrecia cerraba la reunión con  la tercera frase, “cuántas cosas raras hemos visto ya” y mi abuela contestaba, “y las que nos quedarán por ver si es que vivimos”. La amiga  se levantaba y sin decir ni adiós ni hasta mañana se iba arrastrando sus enormes zapatillas de tenis pisadas.

Algunas veces las imitábamos sentándonos nosotras también en las sillas y pronunciando sus frases. Un día que estábamos diciendo la de las cosas raras que habíamos visto y que todavía tendríamos que ver y  riéndonos como las dos tontainas que éramos, mi abuela se acercó y nos aclaró un poco el misterio de esa frase con un relato abreviado del que yo hubiera querido muchos más detalles.

“Lucrecia tuvo que huir de su pueblo, al otro lado del monte, en plena noche. Llevaba  un niño de pecho en los brazos y otro pequeño de la mano, no les dio tiempo ni a ponerse los zapatos, bajaron descalzos toda esa ladera, campo a través, a lo lejos se veían llamas muy altas, el resplandor del fuego, gritos, disparos, ella llevaba los pies llenos de sangre, se le destrozaron tanto que ya no puede calzarse, era la guerra”.

Ya no volvimos a reírnos de Lucrecia y aunque le preguntamos mucho a mi abuela por esa guerra y tratamos de que nos contara  qué más cosas habían visto, deseando mucho dramatismo, ella se ponía muy digna, abría el abanico espanta-niñas y le daba tales batidas furiosas al aire que  tuvimos que ir en busca de otras fuentes de información.