Lucrecia descalza

Mi abuela Martina tenía una amiga en la casa de enfrente, Lucrecia,  que pasaba un rato todas las mañanas a sentarse con ella en el patio. Su aspecto físico me daba un poco de miedo. Llevaba las gafas con los cristales más gordos que he visto jamás y por detrás aparecían unos ojos agrandados monstruosamente que flotaban en su cara como si, espantados,  se le hubieran salido de las cuencas. Lucrecia  llevaba puesto un delantal de cuadros negros y blancos encima de la ropa y caminaba arrastrando unas zapatillas de tenis enormes pisadas por el talón.

No sé si a mi abuela le gustaba mucho o poco que se presentara su amiga cada mañana, no parecía ni alegrarse especialmente ni molestarse tampoco, formaba parte de sus rutinas de entonces. En cuanto la veía aparecer sacaba dos sillas al patio y las ocupaban en paralelo.No hablaban apenas, casi todo el tiempo estaban en silencio y solo lo rompían para intercambiar las mismas tres frases todos los días.

Con “qué vida esta” abría Lucrecia, a lo que mi abuela no respondía nada, solo movía la cabeza asintiendo. Otra vez un silencio largo en el que se miraban los pies o nos miraban jugar o miraban la ropa moviéndose en la cuerda o el vuelo de una mariposa.

“Apañadas estamos”, decía de repente mi abuela  y Lucrecia se sobresaltaba un poco, lo mismo ni se acordaba de que tenía a su amiga sentada al lado, para reaccionar se daba una palmada en el muslo con unas manos a las que la artrosis había vuelto garras y las dos se reían un rato de la supuesta comicidad de que estuvieran tan apañadas. Después volvían a su silencio  y a sus suspiros. Cuando ya les parecía que llevaban suficiente tiempo juntas,  Lucrecia cerraba la reunión con  la tercera frase, “cuántas cosas raras hemos visto ya” y mi abuela contestaba, “y las que nos quedarán por ver si es que vivimos”. La amiga  se levantaba y sin decir ni adiós ni hasta mañana se iba arrastrando sus enormes zapatillas de tenis pisadas.

Algunas veces las imitábamos sentándonos nosotras también en las sillas y pronunciando sus frases. Un día que estábamos diciendo la de las cosas raras que habíamos visto y que todavía tendríamos que ver y  riéndonos como las dos tontainas que éramos, mi abuela se acercó y nos aclaró un poco el misterio de esa frase con un relato abreviado del que yo hubiera querido muchos más detalles.

“Lucrecia tuvo que huir de su pueblo, al otro lado del monte, en plena noche. Llevaba  un niño de pecho en los brazos y otro pequeño de la mano, no les dio tiempo ni a ponerse los zapatos, bajaron descalzos toda esa ladera, campo a través, a lo lejos se veían llamas muy altas, el resplandor del fuego, gritos, disparos, ella llevaba los pies llenos de sangre, se le destrozaron tanto que ya no puede calzarse, era la guerra”.

Ya no volvimos a reírnos de Lucrecia y aunque le preguntamos mucho a mi abuela por esa guerra y tratamos de que nos contara  qué más cosas habían visto, deseando mucho dramatismo, ella se ponía muy digna, abría el abanico espanta-niñas y le daba tales batidas furiosas al aire que  tuvimos que ir en busca de otras fuentes de información.

 

 

 

 

54 comentarios en “Lucrecia descalza

  1. Tenia yo un profesor con esas mismas gafas y ojos, con decirte que una vez atropello a una vaca y no se entero (la atropello de refilón, claro) y fue la comidilla del insti durante un tiempo junto con el romance, pretendidamente oculto, que tenían el profesor de filosofía y la profesora de ciencias sociales.

    Ya sabes, yo a mi bola como siempre… Lucrecia se apellidaba Borgia?

  2. Muy bueno lo de la conversación lacónica con las tres frases más que contadas y rehechas. Yo creo que eso es muy común entre la gente mayor, igual me equivoco. Pero aún me ha hecho más gracia el hecho de que las imitárais, creí que la abuela os había pillado de marrón y se había enojado, bronca incluida.

  3. Me da sensación..o me equivoco, no lo sé .Hablando de la guerra civil en España hablan más de las vÍctimas de la parte izquierda, de los rojos y esta mal visto mencionar las victimas de la parte derecha de los franquistas. ¿ No? Pero en cualquier guerra todos son víctimas. Una buena entrada , me has inspirado, publicaré también un texto de mis recuerdos infantiles. Un beso.

    1. Mi opinión no es esa pero no quería ni quiero debatir aquí ese tema. Si te fijas, en ningún momento he mencionado quién entró en el pueblo de Lucrecia ni a qué parte pertenecían ellas, aunque lo sé perfectamente.
      Besos, Tatiana.

  4. Me recuerdan un poco a esos matrimonios ancianos que están juntos sentados en un banco y no se hablan. No porque estén enfadados sino porque han llegado a un grado de complicidad tal que ya no necesitan decirse nada. La risa con golpes de refajo es lo mejor. Sobre todo si sigues siendo capaz de reír pese a haber visto tanto. Besotes!!!

  5. Pues uno de los recuerdos de mi infancia que más vívidos tengo es el de la Señora Benita. Era la madre de una tía mía. El guay era mi tío, el hermano de mi padre. Mi tía, era, eso la mujer de mi querido tío Alberto.
    Íbamos mucho a verla. A la Señora Benita.No se porqué la verdad. Vivía con una hija soltera de las de antes. Una solterona. La Señora Benita que así le llamábamos estaba siempre sentada en la misma butaca. Oronda ella. Espectacular podríamos decir. Nunca la vi andar y me preguntaba si dormiría en ese trono que tenía que estar toalmente adaptado a su enorme cuerpo. Vestía como mandaban los cánones de la época de luto riguroso. El pelo cano recogido en un moño impecable. Su casa olía a rancio. A casa de vieja. Cuando nos veía nos apretujaba contra sus enormes pechos y nos besaba sonoramente. Y nos pinchaba. Recuerdo su risa. Una risa plena. Sincera, que dejaba ver una boca desdentada. Lo mejor de las visitas a casa de la Señora Benita y su hija solterona eran los vasitos de moscatel que nos servía a mi hermana y a mi y en el que untábamos bizcochos. Así he salido yo. Dándole al pimple desde pequeño.
    No se porqué pero la historia de la amiga de tú abuela Martina me ha traido al recuerdo a la Señora Benita. Parece que la tengo delante. Es un recuerdo que no me ha abandonado. Incluso me parece oler el olor de su casa. Olor a vieja.

    Un saludo.

    1. Genial tu relato de Benita, con olores y sabores incluidos.
      Se te da muy bien describir, en pocas palabras has conseguido que viera a Benita, me pinchara su beso y la oliera, aunque eso último no me ha gustado mucho.

      1. Jajajaja. la verdad que mientras lo escribía pensaba que podía usarlo como una entrada en el blog. Solo que no tengo una canción para unirla a ese recuerdo.
        Gracias por el piropo. Me lo dices tú que me parece que tienes una manera genial de transmitir.
        Fijate, lo mismo estamos desperdiciando nuestro talento jajajaja

        Saludos y buen finde

  6. Es que uno no sabe todo lo que las personas han vivido antes de llegar a los días de hoy.

    Llegué acá porque te vi en el blog de alter y me pasé a ver que tal y me gustó, voy a seguir leyendo más posts con tu permiso

    SAludos!!!

  7. Qué pocas palabras se necesitan para entenderse entre dos amigas cuando la desgracia ondea sobre sus cabezas.

    Mi familia fue represaliada en la guerra civil. El lenguaje hermético era una constante en las conversaciones de mi padre y mi abuela con sus amigos, los cambios en el tema de conversación cuando se acercaba alguien desconocido o de ideología contraria eran dignos de encomio. Vi muchas veces lágrimas asomando a los ojos de mi abuela y a ésta reponiéndose con toda la dignidad del mundo. No perdono a los que pasearon a mi abuelo y saquearon la casa de mi abuela varias veces.

    Magnífico tu relato, me parece digno de alabanza el modo en que resuelves tus maravillosas historias.

    1. Gracias por compartir tu historia.
      Durante muchos años no se pudo hablar y ese silencio, ese aguantar calladamente tiene que haber sido horrible.
      Un beso grande, Ilduara.

  8. Sólo necesitaban verse y constatar que seguían allí, pese a los años. Los silencios repasaban los recuerdos wue tenían muy presentes aún queriendo olvidarlos…
    Maravilloso retrato
    Besos

  9. Las heroas del silencio….Yo también conocí a una Lucrecia que se llamaba Domitila con gafas de realidad aumentada que vestía siempre de luto y que dormía al lado de nuestra cama en el pueblo…..terrorífico.Saludos y me ha gustado mucho ese título que sin duda resume una vida.

  10. Dicen que los mejores amigos, los que de verdad se conocen, no tienen que hablar mucho para comprenderse completamente 🙂
    Para mí La Guerra, así en mayúsculas, también fue un misterio del que los mayores hablaban de pasada.
    Añoraba leerte 🙂

  11. Muchas veces decimos frases para que las acaben otros y otras veces acabamos las frases que los demás nos dan como pie. Es un modo de decir que estamos de acuerdo o, implícitamente, de mostrar que hemos vivido o pasado por lo mismo.
    Pero, en las guerras, sólo cada cual sabe por lo que pasó y muchos jamás lo contarán. Ni lo contaron.

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