Día: 5 febrero, 2017

Piedras

Un verano mis hermanos y mis primos decidieron montar una tienda para ganar dinero. Se les ocurrió que podíamos vender piedras, dado que era lo que teníamos más a mano. Las recolectábamos en la falda del monte, justo al lado de  un arroyo. Una de esas mañanas en las que estábamos haciéndonos con mercancía para el futuro negocio, escuché por primera vez la palabra “puta” y pregunté qué quería decir. Se quedaron callados mirándose entre ellos y uno de mis primos me puso en la mano una piedra plana, grande y lisa y me explicó:”puta es un tipo de piedra, esta, por ejemplo. Todas las que veas así son putas”. Me lo creí.

Seguimos recogiendo piedras, sobre todo grandes, planas y lisas porque el plan era pintarlas con acuarelas.  Lo tenían todo muy planificado, también el lugar donde íbamos a poner el negocio, al final de la calle, en el único sitio que no estaba en cuesta. La cuestión era que por allí no pasaba nadie: algún perro, un camión conducido por un gordo que vendía fruta una vez a la semana  y muy de vez en cuando un cartero en moto del que estaban un poco enamoradas mis primas y mis hermanas. Pero que no fuera una zona comercial no les pareció importante, a mí menos. Yo seguía todas sus iniciativas, a veces con entusiasmo y otras a la fuerza, porque no me quedaba más remedio que participar. Esa de la tienda me gustó en un principio.

Cuando ya tuvimos suficientes piedras pintadas las colocamos en el suelo,sobre un mantel, y nos sentamos en  unas rocas a esperar clientes. Más que tenderos, éramos manteros. Mirábamos con un poco de nerviosismo la cuesta por si por el fondo, abajo, veíamos la silueta de algún comprador. Nadie.Después de esperar bastante rato vimos subir muy despacio al vecino de la última casa, Avelino el tuerto, con su parche de pirata y su bolsa del pan. Dimos unos cuantos saltos tribales para llamar su atención pero él, que nunca nos saludaba porque le caíamos mal, no se apartó de su camino y se metió en su casa. Después de Avelino, otra vez la nada. Un conejo salió dando saltos  de un matorral.

Nos aburríamos todos pero ninguno lo quería reconocer y mucho menos desistir a la primera dificultad. El caso es que se fueron dispersando todos con las excusas más variadas y me dejaron de encargada de la tienda solitaria. Estaba deseando irme también,  el tenderete estaba colocado a pleno sol y la diversión de observar cómo las hormigas troceaban un escarabajo   y lo iban llevando por partes hacia su hormiguero ya empezaba a agotarse. Para fastidiarlas les iba poniendo  unos palitos por delante a modo de obstáculos, pero también eso terminó por aburrirme. Estaba ya a punto de abandonar cuando apareció por la cuesta una vespino roja y a lomos de la misma el cartero.

Se bajó de la moto, se paró delante del tenderete, miró las piedras como si de verdad le interesaran y me compró una pintada de rojo y verde que se guardó en la saca de las cartas. No entendía como ese hombre viejo de unos veinticinco años podía gustarles a mis hermanas y primas por muchos ojos azules que tuviera y por muy simpático que fuera, pero eso era otra cuestión. Lo importante es que había vendido una piedra, la primera y,  una vez roto el maleficio, aquello iba a ser el no parar de ventas.

Bajé corriendo la cuesta mirando un poco hacia atrás no fuera a presentarse otro comprador, una muchedumbre de compradores deseosos de tener piedras pintadas, entré en la casa muy sofocada y anuncié a gritos que había vendido una piedra. Mi madre, que estaba tendiendo la ropa dijo “qué bien” sujetando una pinza con la boca y en su estilo de poco interés. Para precisar un poco  y que me hiciera más caso, añadí, “era de las putas”. Me cayó un bofetón inmisericorde. Cuando me recuperé de la sorpresa escuché las risas de los otros.

En ese momento decidí que abandonaría a mi familia para siempre aunque todavía no sabía cómo. Volví al tenderete con la esperanza de ganar dinero para poderme marchar de esa casa odiosa cuanto antes. Otro conejo salió de debajo de una zarza, o a lo mejor era el mismo, las chicharras hacían ese ruido característico del verano, de repente se paraban, cogían fuerzas, volvían a tocar su áspero instrumental, descansaban,volvían,  las hormigas ya habían descuartizado por entero al escarabajo y ahora llevaban  trocitos de espiga, el camino se ondulaba y reverberaba bajo el sol.

La vida era verdaderamente asquerosa, horrible y sin esperanzas. Iba a llorar pero  apareció Negro Quinto, el perro de tío viejo y tía vieja, venía de una de sus parrandas por el monte y llevaba una oreja ensangrentada. Se sentó a mi lado, muy quieto, me puso la cabeza en las rodillas, como si me comprendiera.