Día: 8 febrero, 2017

Admirable Benito

Antes de que a mis  hermanos medianos les empezara a apasionar el fútbol y se hicieran niños pelota-adheridos, el mayor de los dos, Jorge, tuvo otro amor en su vida: los trenes. También le gustaban los coches, se sabía todas las marcas y modelos como una especie de niño prodigio de la automoción, pero, sobre todo, los trenes.Como era bastante pesado y de ideas fijas, en cuanto se levantaba y para que no diera la murga,  se lo llevaba nuestro abuelo a la estación y allí se pasaban  toda la mañana y toda la tarde viendo pasar trenes. Solo paraban para comer y echarse una breve siesta. Ya se había hecho tan rutinaria, pautada y obligatoria la visita a la estación que mi abuelo lo llamaba ir a la oficina.

De todos los trenes que circulaban por esas vías, sus preferidos eran los mercancías, por largos y por ruidosos, y dentro de esos mercancías los que llevaban coches en fila colocados en dos pisos. Con esos entraba en una especie de trance  al comprobar que existía en el mundo un ser mágico compuesto por la combinación de sus dos elementos más queridos. Allí, en esa estación con un paso a nivel de rayas rojas y negras , fue donde mi hermano conoció a alguien para él muy sabio, la persona más inteligente  y valiosa de todas las que había tratado en su breve vida: Benito, el tonto del pueblo.

En realidad había dos que ostentaban esa categoría pero Benito era el más popular con diferencia. El otro, al que llamaban “el Profidén” porque enseñaba mucho los dientes en una sonrisa eterna que más bien era una mueca,  le disputaba el puesto,  pero nunca consiguió arrebatárselo porque no tenía su carisma ni su don de gentes. Y no es que Benito fuera especialmente simpático, su humor era muy cambiante y lo mismo estaba alegre y comunicativo que se volvía taciturno y reservado, pero tenía algo atrayente que hacía que  todos lo quisieran y le consintieran como al más mimado de los niños.

Mientras Benito fue joven se dedicó a vagar por los  bares recolectando propinas y aperitivos y charlando y bromeando con unos y otros, siempre con la presencia incordiosa del Profidén que trataba de hacerle la competencia.Pero una vez que maduró, quiso tener una posición social que no fuera la de mero pedigüeño y así, de paso, quitarse de encima a la incómoda sombra del de la mueca.

Una temporada fue policía, llevaba en el bolsillo una cartera con una placa de identificación que le habían regalado y patrullaba por los mismos bares de antes impidiendo el acceso a las máquinas tragaperras de los que le caían mal o poniendo fin al juego cuando él lo consideraba oportuno. Más de uno se llevó un puñetazo por no acatar sus órdenes.Especialmente celebrado fue el que le atizó al hijo de un ministro que estaba allí de veraneo.

Pero el oficio que ejerció durante más tiempo y en el que se instaló definitivamente fue el de jefe de estación. Con su gorra roja, su palo bandera y un silbato, Benito iba y venía organizando el tráfico ferroviario. Como era muy concienzudo, se había aprendido de memoria el horario de los trenes. Así se ganó la admiración incondicional de mi hermano que por lo menos durante todo un verano estuvo convencido de que se hallaba ante una mente prodigiosa.

Benito, que rápidamente se percató de que tenía un seguidor, se quedaba de pie junto al banco en el que pasaban el día mi hermano y mi abuelo y les iba anunciando con seriedad de gran profesional el tren que tocaba a continuación. No fallaba nunca. Como ya se había dado cuenta de que el más deseado por Jorge era el de coches, se lo avanzaba con mucha antelación y le iba señalando el paso del tiempo en el reloj de la estación,preparándole así para el gran advenimiento.

Cuando por fin hacía su entrada “el magnífico” mi hermano se quedaba paralizado por la emoción mientras Benito, como si fuera el creador de semejante maravilla,  se paseaba andén arriba y abajo agitando el palo bandera, la gorra roja destellando triunfal y poderosa.