Admirable Benito

Antes de que a mis  hermanos medianos les empezara a apasionar el fútbol y se hicieran niños pelota-adheridos, el mayor de los dos, Jorge, tuvo otro amor en su vida: los trenes. También le gustaban los coches, se sabía todas las marcas y modelos como una especie de niño prodigio de la automoción, pero, sobre todo, los trenes.Como era bastante pesado y de ideas fijas, en cuanto se levantaba y para que no diera la murga,  se lo llevaba nuestro abuelo a la estación y allí se pasaban  toda la mañana y toda la tarde viendo pasar trenes. Solo paraban para comer y echarse una breve siesta. Ya se había hecho tan rutinaria, pautada y obligatoria la visita a la estación que mi abuelo lo llamaba ir a la oficina.

De todos los trenes que circulaban por esas vías, sus preferidos eran los mercancías, por largos y por ruidosos, y dentro de esos mercancías los que llevaban coches en fila colocados en dos pisos. Con esos entraba en una especie de trance  al comprobar que existía en el mundo un ser mágico compuesto por la combinación de sus dos elementos más queridos. Allí, en esa estación con un paso a nivel de rayas rojas y negras , fue donde mi hermano conoció a alguien para él muy sabio, la persona más inteligente  y valiosa de todas las que había tratado en su breve vida: Benito, el tonto del pueblo.

En realidad había dos que ostentaban esa categoría pero Benito era el más popular con diferencia. El otro, al que llamaban «el Profidén» porque enseñaba mucho los dientes en una sonrisa eterna que más bien era una mueca,  le disputaba el puesto,  pero nunca consiguió arrebatárselo porque no tenía su carisma ni su don de gentes. Y no es que Benito fuera especialmente simpático, su humor era muy cambiante y lo mismo estaba alegre y comunicativo que se volvía taciturno y reservado, pero tenía algo atrayente que hacía que  todos lo quisieran y le consintieran como al más mimado de los niños.

Mientras Benito fue joven se dedicó a vagar por los  bares recolectando propinas y aperitivos y charlando y bromeando con unos y otros, siempre con la presencia incordiosa del Profidén que trataba de hacerle la competencia.Pero una vez que maduró, quiso tener una posición social que no fuera la de mero pedigüeño y así, de paso, quitarse de encima a la incómoda sombra del de la mueca.

Una temporada fue policía, llevaba en el bolsillo una cartera con una placa de identificación que le habían regalado y patrullaba por los mismos bares de antes impidiendo el acceso a las máquinas tragaperras de los que le caían mal o poniendo fin al juego cuando él lo consideraba oportuno. Más de uno se llevó un puñetazo por no acatar sus órdenes.Especialmente celebrado fue el que le atizó al hijo de un ministro que estaba allí de veraneo.

Pero el oficio que ejerció durante más tiempo y en el que se instaló definitivamente fue el de jefe de estación. Con su gorra roja, su palo bandera y un silbato, Benito iba y venía organizando el tráfico ferroviario. Como era muy concienzudo, se había aprendido de memoria el horario de los trenes. Así se ganó la admiración incondicional de mi hermano que por lo menos durante todo un verano estuvo convencido de que se hallaba ante una mente prodigiosa.

Benito, que rápidamente se percató de que tenía un seguidor, se quedaba de pie junto al banco en el que pasaban el día mi hermano y mi abuelo y les iba anunciando con seriedad de gran profesional el tren que tocaba a continuación. No fallaba nunca. Como ya se había dado cuenta de que el más deseado por Jorge era el de coches, se lo avanzaba con mucha antelación y le iba señalando el paso del tiempo en el reloj de la estación,preparándole así para el gran advenimiento.

Cuando por fin hacía su entrada «el magnífico» mi hermano se quedaba paralizado por la emoción mientras Benito, como si fuera el creador de semejante maravilla,  se paseaba andén arriba y abajo agitando el palo bandera, la gorra roja destellando triunfal y poderosa.

 

 

46 comentarios en “Admirable Benito

  1. ¡Cuánta ternura contiene este relato!.

    Me gustan los niños que juegan y fantasean con trenes al tiempo que sueñan con ser maquinistas, forman parte de un mundo que está desapareciendo y yo añoro.

    Una afición está por encima de la inteligencia, es una pasión irracional por algo; entiendo perfectamente la relación de amistad que establecen Benito y Jorge.

    Maravillosa historia.

    Un beso

    1. Es que Benito era muy entrañable y muy querido. Creo que tuvo una vida bastante afortunada.
      Sí, ellos dos se entendieron compartiendo la misma pasión.
      A mí me gustan mucho las estaciones de tren de los pueblos.
      Un beso grande, Ilduara.

  2. A un español le das una gorra y ya tiene mando en plaza… encima con un silbato, bufff menudo personaje.

    PD. Conocí a alguien como al Profiden, tenía siempre era una sonrisa permanente, pero era porque la dentadura postiza le quedaba grande.

  3. Yo soy muy amigo de los «tontos» y de los yonquis de mi pueblo. Siempre me voy de vinos con ellos y siempre aprendo algo nuevo con sus conversaciones. Sus historias y su manera de contarlas son sencillamente increíbles.

      1. ¿Gracias?, estoy avergonzado por lo poco que paso. Solo me dedico a mi, salvo alguna cosha. Gracias a ti, eso si.

  4. Lo mejor de los pueblos, los motes que se les pone a la gente como al profiden, sobre todo si guardaban cierta injundia.
    A mi también me encantaban los trenes. Una de las cosas que con más rabia guardo en mi interior es que siempre desee un tren electrico y aún lo estoy esperando. Por contra si que tuve un Scalextric.
    De mi abuelo también guardo recuerdos relacionados con los trenes. Te dejo esta entrada en el que hablo de mis recuerdos de infancia.

    https://mividaesunacancion.wordpress.com/2013/07/14/recuerdos-de-mi-infancia/

    1. Lo mejor y lo peor porque hay motes que no me hubiera gustado llevar, la verdad.
      En mi casa si hubo un tren eléctrico pero era un poco aburrido, como casi todos los juguetes que se mueven solos. Mejor el Scalextric.

      1. Todas las desilusiones de mi infancia me las has curado de golpe. Resulta que los trenes eran un rollo jajajajaja. Menudo peso me has quitado de encima. Se lo diré a mi psiquiatra 🙂

  5. Y tu hermano siguió con los trenes?
    Yo, este año me he puesto parte de un circuito de trenes para reyes….Era el juguete preferido de mi padre y nos supo trasmitir ese gusto por los trenes….Espero trasmitir ese legado a mi hija y de paso le regalé a ella el excalestric para jugar los dos….Lo bonito del juego es montar el circuito….

  6. 🙂 Este Benito no debía ser tan tonto si era capaz de poner orden en los bares y si, además, se sabía los trenes de memoria 🙂 Y, sobre todo, algo de magia tenía, a pesar de su humor cambiante, cuando era capaz de alimentar la ilusión con el reloj de la estación. Siempre, lo que se espera, parece más deseado; como ese tren cargado de coches.

      1. Ese detalle es fundamental 🙂 No solo es el acontecimiento, sino toda la expectación que hay a su alrededor lo que consigue que los momentos sean inolvidables.

  7. Creo que casi todos hemos conocido algún Benito. El que yo recuerdo, con amable nostalgia, era un excelente hortelano y un maestro desollando liebres. Solía cobrar sus servicios en botellines de cerveza pues del dinero sólo sabía que los billetes valían más que las monedas. Mi Benito no sabía contar. Nadie le enseño ni le llevaron a la escuela. Y, cuando alguien le reprendía por alguno de sus raros comportamientos, él respondía, burlón y educado, siempre con la misma frase:
    -Usted perdone. No lo haré más, Sr. Doctor.

    1. Me ha caído muy bien tu Benito particular. La frase final es muy buena, entrañable, aunque no sé si la decía con inocencia o con cierta retranca. Si era con inocencia me conmueve un poco.

  8. A veces surge una lección donde menos se la espera. Para alcanzar la felicidad completa, sólo se requiere un tonto con memoria, la admiración de un niño y un abuelo con paciencia. Que triste destino el del tonto del pueblo que además de portar el santo carga con el nombre. Un beso.
    Lo del profiden genial, como siempre.

      1. Huy sí no lo dudo. En distintos grados todos somos unos ignorantes, además algunos tienen la suerte de permanecer inocentes. Un beso.
        Mala leche tiene lo del Profidén.

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