Día: 12 febrero, 2017

La playa de Alicia

Alicia, nuestra vecina y amiga que era hija única, tenía una casa en la playa. De la casa de la playa nos hablaba mucho su madre, su  intención era llevarnos unos días a mi hermana y a mí para que su hija no se aburriera pero  quería que apareciera antes nuestro deseo que su invitación ¿Sabéis que desde la cama de mi dormitorio veo el mar?, nos decía.Y extendía el brazo haciendo un movimiento de oleaje para tentarnos. Abras la ventana que abras,  hummmm, un olor a sal inunda las pituitarias. Y por la noche,¡ cómo se duerme!, al nivel del mar parece que la cama te absorba.

A mí eso de que se durmiera bien no me parecía interesante. Tampoco lo del olor salino inundando las pituitarias me emocionaba lo más mínimo, entre otras cosas porque no tenía ni idea de qué eran las pituitarias, sonaba a plantas rojas que crecían en las ventanas, justo las que abría para que se inundaran. Pero de una manera indirecta sí que consiguió despertar muestro deseo de ir a esa casa idílica rodeada de azul y sobre todo a la playa de Alicia, como ella la llamaba. Para confirmar que era tan maravillosa como su madre aseguraba le preguntábamos a nuestra amiga que solo nos contestaba con escuetos: sí, está bien, es muy larga. Solo vamos por la mañana, todos los días me compran helado.

Playa larga, helados a diario, suficiente con eso. Ya queríamos ir más que ninguna otra cosa en el mundo. Cuando nos invitó estábamos convencidas del todo y mi madre más, feliz de perdernos de vista unos días. Sin embargo,  en el coche me entró una inesperada angustia al dejar atrás mi casa, pensé que jamás regresaría  ni volvería a ver a mi familia,  tenía mucha facilidad para situarme mentalmente en dramas terribles, casi siempre relacionados con la orfandad.

Los malos pensamientos me los disipó la madre de Alicia, que viajaba delante con su perro cocker en brazos, con sus demostraciones cantoras. Ya veréis cómo canta Currito, venga, Currito, canta. Y entonces cantaba ella con una voz muy aguda y el perro ladraba excitadísimo dándole la réplica.Así se pasaron buena parte del viaje hasta la playa de Alicia que resultó estar en Castellón y no ser solo suya, como yo me había imaginado.

Tampoco la casa se ajustaba a mi fantasía, ni estaba llena de pituitarias rojas en cada ventana ni el mar entraba por la puerta; era un apartamento pequeño, sin flores y con muchas latas de atún dentro de los armarios. Desde el cuarto de los padres de Alicia sí se veía a lo lejos algo de mar detrás de otros edificios,  pero desde el nuestro lo que se veía era la parte trasera de un supermercado con sus camiones descargando alimentos. Qué pintoresco, ¿verdad?, nos dijo la señora cantora y Currito ladró corroborándolo.

Pese a la ligera decepción, estábamos contentas, la playa tenía mucha arena blanca para jugar, era larguísima  y, más que nada, estaba el mar donde nunca se podía ser infeliz. Pero tenía razón Alicia, sólo nos llevaban por las mañanas. Por las tardes, después de tenernos encerradas en el cuarto de las vistas pintorescas para que durmiéramos la siesta, lo que jamás hicimos, hacíamos supuestas excursiones. En realidad no nos bajábamos del coche, recorríamos pueblo tras pueblo hasta que nos hacíamos pis y parábamos en alguna gasolinera intermedia. La madre de Alicia se reservaba el canto para las distancias largas pero tenía otra costumbre molesta: ir leyendo en voz alta todos los carteles que veía.

Pescadería Vicente, Horno de Pan Ballester, Modas Jumar, Casa Mata, Peluquería María Luisa y así hasta que entrábamos en la carretera donde no había carteles y no le quedaba más remedio que dejar de leer. El padre, un señor enorme con los ojos verdes y unas cejas muy pobladas, no decía nada, solo conducía y sonreía, parecía muy feliz y relajado. A mí en esas excursiones por los pueblos de Castellón me brotaba de nuevo la angustia del principio. Quería volver a mi casa, añoraba todo, hasta lo que no me gustaba, pero no me atrevía a decirlo para no parecer una boba. Se suponía que nos lo estábamos pasando bien y nos compraban una bola de helado cada día después de cenar ensalada de atún o bocadillo de atún o tortilla con atún.

Por las noches, la cama que me había tocado y que no debía de estar al nivel del mar como las demás,  no me absorbía, más bien parecía que yo le caía mal y quería expulsarme,  en mi mente insomne seguía  viendo la larga cinta gris de la carretera. Ahí me di cuenta de que era una  pésima viajera,  que me adaptaba muy mal a las novedades y a los cambios de escenario y que aborrecía  el atún en lata pero también que al acercarme al mar se me olvidaban los males.

Porque cada mañana  me poseía una felicidad casi tan grande y enloquecida como la de Currito, que  se tiraba en marcha por la ventanilla del coche en cuanto lo veía asomar y tras correr ladrando y llorando por la arena, se lanzaba sobre él como un amante desesperado.