Día: 17 febrero, 2017

Congelaciones y enamoramientos

Atiende a lo que me acaba de pasar, se me pone la Noe esta mañana camino del metro, me he visto en ese escaparate y no me he reconocido, digo, ¿quién ese pibonazo ? y era yo, alucino toda, ¿te ha pasado a ti eso alguna vez? Si es que estoy para que me criopreserven, ¿que no?

Que sí, Noe, estás muy guapa y muy jamelga. Es que cuando acaba una frase con “¿que no? tengo que contestar “que sí”, eso ya está estipulado así desde los tiempos remotos en los que nos conocimos, allá por el preescolar, y mucho cuidado con no seguir la norma no escrita porque se desconcierta.

Lo de la congelación lo vengo pensando desde hace tiempo, me dice propinándome un codazo ancestral de nuestro pueblo, por si acaso me había distraído con el entorno. Y la verdad es que sí que me había distraído, pierdo el hilo con mucha facilidad y los entornos son para mí fuente de dispersión a cada momento. Para que me centrara me ha agarrado del brazo hincándome bien los dedos en modo ancla. Este es el plan, me dice, que me congelen ya mismito porque mejor que ahora nunca voy a estar, como será un tratamiento muy caro he pensado en ofrecerme como conejita de Indias.

A ver, Noe, tu plan falla, para eso tendrías que morirte primero.

¿Pero no se puede una congelar  y los sábados salir a bailar? Claro, no,  será como los filetes de pollo que una vez que los descongelas ya no hay vuelta atrás y o te los comes o los tiras, se me fastidió el invento, joer. Bueno, da igual, paso, y escucha esta, que es buenísima, te-ma-zo, me dice incrustándome un auricular mientras ella se incrusta el otro; “hoy rompemos la carretera, ella camina y tiembla la acera, el que no baile se va pa fuera”Me está entrando una marchuqui…

No estaría mal congelarla a veces, no. Menos mal que se baja en Sol y yo sigo unas cuantas paradas más porque la canción, pese a no ser larga, daba vueltas a lo mismo una y otra vez. Que si sandungera, que si guerrera, que si bandolera y la matadora meneando la caderas, esa era la idea clave.

Con el reguetón danzando a su bola y sin permiso por mi cerebro he llegado a mi sede empresarial, que diría la Esme. Allí he hallado al Jacobín ya preparado para ir al colegio, la mochila de dinosaurio colgada de la espalda y el mismo bicho en la mano, qué monotemático es. En el ascensor hemos coincidido con la vecina de enfrente, una muchacha de unos veinte años con una trenza larga y rubia tal que una princesa de cuento.

El Jacobín, al verla entrar, se ha escondido el dinosaurio en la espalda y ha puesto cara de físico cuántico. La chica le ha preguntado muchas cosas, le ha alborotado el pelo y ha sido de lo más simpática con él, se ve que ya se conocen de otras veces y le hace gracia el chiquillo.

Cuando hemos salido a la calle y cada uno nos hemos ido por nuestro lado, el niño se ha dado la vuelta para mirar a la de la trenza una vez más, antes de que desapareciera por la esquina y ha dicho ensoñador y suspiroso “Jimena”. Acto seguido ha  sacado otra vez el dinosuario y se ha puesto a rugir a los viandantes como un poseso. Para mí que este tiene un enamoramiento típico de los cuatro años. Lo sé porque yo también me enamoré a esa edad de Alfredo el frutero, era rubio y llevaba pendiente.