Día: 18 febrero, 2017

Un Dios B

Cuando nos cambiamos de barrio también cambiamos de letra de puerta, siempre habíamos vivido en la puerta B y ahora vivíamos en una A, lo cual nos colocaba en una mejor posición alfabética. La B la ocupaban los Boswell, una familia formada por un padre inglés, una madre española  y tres hijos.

La hija tenía una edad intermedia entre la de mi hermana y la mía y enseguida empezamos a salir las tres, para fastidio de mi hermana que intentaba a cada momento darme esquinazo.  En ese nuevo barrio no existía calle para jugar, había simplemente calle, tiendas de todo tipo a cada lado, lo que mi madre llamaba con gran ilusión ” mucho comercio”,  bares, paradas de autobús, dos bocas de metro y un pequeño parque de columpios con cuatro árboles raquíticos. Ya éramos mayores para ir a los columpios así que caminábamos arriba y abajo de la calle larga, hablando a gritos para poder oírnos entre el ruido del tráfico, con Katya Boswell en medio.

En esos paseos por la calle larga y comercial, muchas tardes nos encontrábamos con el señor Boswell cuya habilidad para andar y leer a la vez sin chocar, tropezar ni resultar atropellado me admiraba. También era capaz de vernos sin levantar la vista del libro, tal vez le avisaba la propia lectura de que nos acercábamos, lo cerraba dejando un dedo dentro y nos saludaba a su manera.

Casi todas sus frases empezaban así, “en Ingalatera…” y a continuación decía algo que hacían allí pero no aquí o, al revés, algo que hacíamos aquí y  que allí, en esa Ingalatera suya, era impensable. Por ejemplo, comprar el pan, costumbre que le parecía de lo más extravagante y que le producía muchísima risa. Después de reírse un rato de que la gente saliera a la calle con el único objetivo de comprar el pan, seguía su camino leyendo y andando, leyendo y andando.

 

Con Katya empezamos a introducir temas de conversación que a nosotras nos parecían muy profundos. Nos gustaba ser profundas y un poco atormentadas. Hablábamos mucho de la muerte, tal vez porque se acababa de morir nuestra abuela Mila y habíamos visto cómo la se la llevaban dentro de una funda azul con una cremallera. Esa escena nos había impactado pero al mismo tiempo nos sentíamos importantes por haberla presenciado y poderlo contar.

En una de esas conversaciones profundas y atormentadas, Katya nos dijo que en su casa no creían en Dios ni en que hubiera otra vida después de esta y luego añadió algo que me pareció muy misterioso y me dejó bastante desconcertada, “si acaso en un Dios B”. La de vueltas que le di al dios alternativo de los Boswell. Si no entendía al A y empezaba ya a desconfiar de él, mucho menos iba a comprender  al nuevo  de la letra de la puerta de enfrente.

Intenté hablar con mi hermana del tema pero se encogió de hombros y solo me contestó, “bah, déjame, pesada”, se hacía la chula con Katya pero en el fondo no tenía un interés verdadero en la vida de ultratumba ni en las religiones. No sé por qué pero a falta de más datos, a  ese Dios B siempre me lo imaginé con forma de mosca gorda y zumbona,  revoloteando por la casa de los Bowell mientras el padre lo espantaba con el libro y decía, ” esto no pasa en Ingalatera ”