Mes: marzo 2017

El jefe

Vimos salir a Lucía del despacho del jefe sonándose los mocos con un pañuelo de papel. No era extraño puesto que Lucía utilizaba mucho esos pañuelos, tenía alergia al polvo y precisamente su función en la empresa era quitarlo. No la conocíamos apenas porque cuando ella terminaba su trabajo empezaba el nuestro. Solo coincidíamos durante un instante, el tiempo justo para comprobar que se sonaba los mocos con pañuelos arrugados de papel y que nos cambiaba las cosas de sitio y eso era un incordio porque luego no las encontrábamos y perdíamos tiempo. Y más tiempo que perdíamos quejándonos de ella, de que nos moviera las carpetas y los papeles y le diera la vuelta a los cables y luego hubiera que volver a ajustarlos para que funcionaran los ordenadores. De cualquier cosa que se estropeara a primera hora de la mañana le echábamos la culpa a Lucía.

Nos miró al salir y señaló con la cabeza el temido despacho de Wohlleben y luego se puso a llorar y salió llorando por la puerta, refrotándose los ojos con el pañuelo hecho un gurruño.  Wohlleben la había despedido, seguro, y lo habíamos provocado los demás por estar siempre echándole la culpa de todo lo que se estropeaba o no encontrábamos o no funcionaba a primera hora de la mañana o incluso a media mañana y hasta por la tarde. Ahora nos sentíamos mal y nuestro odio por Wohll, la persona más inhumana y cruel que habíamos conocido jamás, subía como espuma sucia.

El jefe se asomó a la puerta y con su voz cascajosa, de fumador, llamó a Gustavo, el de administración, un señor con el pelo blanco que estaba a punto de jubilarse y se pasaba el día hablando de lo que haría en cuanto se jubilara. Y lo primero que haría sería irse a vivir a una ciudad sin Corte Inglés, esa era su meta y en ella tenía puestas todas sus esperanzas. Gustavo no salió llorando del despacho pero se llevó la mano al cuello, hizo el gesto de rebanárselo y luego señaló la puerta. Otro más despedido.

Sin embargo, no recogió sus cosas ni se movió de su sitio, se sentó en su mesa y mientras tecleaba movía la cabeza de un lado a otro y decía esa frase tan tópica de “no somos nada”. También dijo, “como no me dé prisa me quedo sin probar lo que es vivir  sin Corte Inglés”. Te toca a ti, Paula, le comunicó a la de los archivos, la gorda cotilla a la que encantaban las noticias sensacionalistas, los rumores y los malos rollos entre compañeros.

Como de todo eso había en abundancia se lo pasaba muy bien mientras archivaba y comía caramelos que tenía en un bote. De vez en cuando se paseaba con el bote por las mesas ofreciendo caramelos y así, de paso, difundía informaciones, preferiblemente falsas, husmeaba y recababa datos. Cuando encontraba algo lo suficientemente escandaloso movía la mano derecha en el aire a modo de abanico, para que comprendiéramos la magnitud del seísmo en la escala de Ritcher.

Del despacho de Wohlleben salió abanicándose mucho  y así estuvo un buen rato pero no le prestamos atención porque estábamos más pendientes de quién sería el siguiente en entrar. Le tocó a María Ángeles, la secretaria a la que gustaba esconder paquetes y entregarlos solo cuando el destinatario llevaba ya unos días preguntando por ellos, diciendo qué raro,  o buscándolos por las mesas o culpando de su pérdida a Lucía, la del polvo. María Ángeles entró llorando, directamente y por si acaso. Cuando salió estaba muy blanca, se apoyó en la columna de la bajante, por dentro se oía ruido de agua cayendo, dijo bajito: se muere, se muere. Volvió a su mesa, sacó de debajo varios paquetes no entregados, los repartió cabizbaja.

Entró el siguiente. Uno tras otro fuimos entrando por orden jerárquico. Hasta para anunciar su muerte era Wohlleben estricto y organizado. Se nos fue la mañana en entrar, poner cara de circunstancias, eso y no otra cosa eran las circunstancias, comentarlo en corrillos, hacernos gestos por encima de las pantallas. Nos costaba asimilarlo, ¿cómo era posible que el jefe temido, el que tantas veces había estrangulado nuestra felicidad, dueño de nuestras horas y nuestros días,  se estuviera muriendo? Ahora entendíamos esa delgadez, esa mala cara, ese amargo rictus.

Tuvo un ataque de tos dentro del despacho, una tos horrible, pre agónica nos pareció. Alguien dijo que podía tener el detalle de marcharse a su casa, que cualquier otro saldría a dar un paseo por el parque puesto que era primavera y el día espléndido y que no comprendía cómo si solo le quedaba un mes de vida decidía malgastarlo en esa asquerosa oficina, encerrado.

El jefe segundo, conocido como Juanito, y al que nadie hacía caso, se paseó por el pasillo sacando barriga. Mirella, la auténtica jefa en la sombra, la que tecleaba silabeando y se parapetaba para espiarnos a todos tras una montaña de papeles, dijo con risa sardónica, “que te crees tú eso, Juanito”.

El jefe se estaba muriendo y a todos nos dio por pensar en que si Wollheben podía morirse, y sí que podía, cualquiera podíamos morirnos también, la muerte era de todos, ni a la jefatura  respetaba. A todos nos dio por pensar en nuestra propia mortalidad, pero  había otras cuestiones más urgentes, más vitales ,  como la de si  en esa  re colocación que vendría después, con un nuevo jefe, alguno quedaría fuera de la empresa y qué sería de los actuales favoritos y cómo todo ese mundo que hasta ahora parecía inamovible se empezaba a hundir para dar paso a otro nuevo en el que había que tomar posiciones.

Wollheben salió del despacho,  le colgaba el traje y hasta la misma corbata parecía lánguida y mustia. No nos miró al salir, nunca lo hacía, cerró de un portazo, como era su costumbre, lo vimos entrar en el bar de enfrente. ¡Joder, joder, joder!, dijo Miguel, al que el jefe había echado la bronca por trabajar con auriculares. Se los puso. El Dépor ha ganado la liga, anunció.

 

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El fotón del Toni

Mira que es difícil hablar con el Toni, requiere  de muchas habilidades, circunloquios y vacíos, sobre todo vacíos. Le quería yo plantear si vamos a ir a algún sitio en estas vacaciones que se aproximan ,pero antes de mandarle el mensaje tengo que elaborarlo muy bien. No puedo decir en la frase la palabra planes ni la palabra viaje ni puede que el verbo hacer, no sea que se me altere. Bueno, pues con estas limitaciones me he lanzado en el desayuno. Digo, Toni, majo, ¿algo en Semana Santa?

Ya empezamos con los líos, te veo venir, ¿no me estarás proponiendo a tu sibilina manera un espantoso viaje?

Hombre, pues no lo llames viaje, llámalo traslación espacial. Podríamos trasladarnos espacialmente a algún lugar que no conozcamos y así enriquecemos nuestras vidas con nuevas experiencias, culturas y paisajes.

Si hay que pisar un aberrante aeropuerto, meterse en la máquina de las claustrofobias y vagar de acá para allá en compañía de odiosas muchedumbres que se fotografían hasta la sombra, la respuesta es no.  Y si se trata de otro medio de transporte me parece que tampoco.  Vuelve a planteármelo cuando exista la tele transportación, entonces me lo pensaré. No te creas que queda tanto, ya ha sido posible con un fotón y creo que también con un grupo de átomos. Teniendo en cuenta que estamos hechos de partículas ya nos va quedando menos para poder movernos sin movernos. Aunque tampoco sé si querría, no te hagas ilusiones.

Lo que me faltaba, el Toni se me ha vuelto cuántico. Cualquier excusa es buena para no salir de su zona de confort: sofá, monte y zonas aledañas. Qué aledaño es, no le atrae nada lo remoto. Me recuerda al hamster del Jacobín que cuando lo sacamos de la jaula para limpiarla se asusta y, en  vez de explorar el pasillo, se queda dando vueltas obsesivas a su morada.

En el caso del hamster tiene su lógica porque la única vez que se aventuró topó con los instintos maternales-caníbales de la Morganina y casi perece a base de abrazos y chupetones. Que yo sepa el Toni no ha pasado por ninguna experiencia similar aunque él dice que sí, que tiene varias anécdotas de las que te dejan de por vida con estrés post traumático . Y que no me las cuenta porque es reservado para sus cosas y porque no hay nada que destruya más a una pareja que la falta de secretos y zonas en sombra.

Anda, Toni, no te hagas el misterioso que me conozco ya tus sombras como si las hubiera parido, le he dicho porque es la pura verdad, es un ser bastante rutinario y previsible, por mucho que no quiera contarme esas anécdotas suyas que me da a mí que no existen más que en su imaginación. Creo que le ha molestado mi observación porque se ha levantado de la mesa alegando prisas por entrar a trabajar pero luego se ha quedado un buen rato mirando por la ventana, no se a qué. Yo también me he asomado luego por si hubiera allí delante algún fenómeno digno de observar pero no he visto nada, esa es la verdad.

Total, que me tendré que quedar yo también en las zonas aledañas o bien irme de viaje con otro acompañante o sola.  En este último caso podría llevarme un fotón del Toni, caso de que tenga de eso, para que me haga compañía, si es que se aviene a que se lo teletransporte.  Seguro que un fotón  suelto tiene mejor conformar y no se pasa el viaje quejándose de todo y protestando del mundo y sus habitantes como le pasa a su masa atómica completa.

 

 

 

 

Trenzas Negras en el autobús

Trenzas Negras va explicándole el arcoíris al techo del autobús.

El techo, un tío estirado, ni contesta.

Lo intenta con su madre, sentada al lado: ¿pero de qué cosa rara hablas, hija?, cállate un poco y estate quieta, mareas,  dice sin levantar la cabeza del teléfono.

Trenzas Negras prueba con la ventanilla, le enumera todos los colores del arco para que se los aprenda igual que ella. Al acercar la cara a su piel transparente comprueba que en la calle están todos esos colores, dispersos. Naranja, verde, rojo, amarillo, azul, morado y, de repente, ¡rosa! Se agarra la cara entre las manos y luego golpea el cristal, a ver si así espabila y comparte su felicidad.

Hay ventanillas muy antipáticas y frías, como esta. Cierto que ha vibrado un poco pero más bien de molestia  que de emoción.

Además de colores ve gente pasar, algunos llevan perros. Perros, muchos perros azuzando su deseo de compañía.

Quiero un perro, quiero muchos perros, le confiesa al taciturno techo.

Y gatos. Gatos verdes, azules, naranjas, amarillos, ¡gatos morados! Tendrán una cama, dormirán juntos.

La idea es tan buena que le da otro manotazo a la ventanilla. A la muy apática, le resbala.

¡Qué soledad! Compungida, baja la cabeza, la diadema se le cae hasta las cejas. Ahí, al fondo, flotan suspendidas sus amistosas zapatillas, siempre dispuestas a correr y saltar. A ellas sí parece gustarles la idea de una cama llena de perros y gatos multicolores porque se balancean con mucho entusiasmo adelante y atrás, adelante y atrás hasta que chocan con un pantalón viejo y enfadado, gris.

Gris es un color que no está en el arcoíris pero sí en algunas tardes , esas en las que Trenzas Negras no tiene con quién hablar.

 

Doctorado honorífico (o algo así)

Iba yo muy contenta esta mañana dirección parques y jardines mirando las bellezas de la primavera y pensando qué nos deparará la nueva estación, si algo nuevo como corresponde a tanto esplendor o más o menos lo mismo de siempre pero con flores por las esquinas, lo cual siempre es de agradecer.

El Toni dice que  mi  facilidad para el contento es de hacérmelo mirar y que él ya lleva tiempo intentando descubrir qué clase de tara genética relacionada con la simpleza portan mis carnes serranas, pero que no termina de averiguarlo. Yo creo que el tarado es él pero, claro, cada uno lo ve desde su hemisferio, por así decirlo.

La Esme también lo ve todo desde el suyo, que no tiene porque ser ninguno de los anteriormente citados y ya me estoy haciendo un lío. El caso es que estaba esta mañana la mujer en uno de sus días exultantes, esos que anteceden a los de hundida en la miseria,  ya me voy sabiendo manejar en su mundo de altibajos.

Mira, Eva, se me pone, están floreciendo los árboles del amor, ¿ves que profusión de flores moradas maravillosas? Tenemos que celebrarlo de alguna manera, no vamos a dejar que se nos escape otra primavera de las manos y lleguemos al verano, si es que llegamos, con calores y la  misma cara de idiotas.

Bueno, venga, pues sácate unas cervecitas y una bolsa de patatas fritas y nos sentamos al sol tan ricamente. Pero no era eso, ella quería algo más aparatoso y segunda vez en la mañana que me llaman simple. Va a ser que lo soy si desde todos los hemisferios se me contempla de la misma manera.

Me refería a algo mejor, nos vamos a homenajear y a condecorar porque si no lo hacemos nosotras… ¿qué prefieres, la cruz de Alfonso X el Sabio o un doctorado honoris causa? Mejor el doctorado que es más largo. Prepárate que empieza el acto solemne. Ponte aquí a mi lado que vamos a ir en comitiva hasta el banco de enfrente, que se venga también la Morganina para hacer bulto. Mira, nos sigue un gato, es que ayer le di de comer. Mejor, él que sea del consejo de gobierno y la niña del consejo de dirección. Ya estamos todos, nos tienes que visualizar vestidas con indumentaria académica.

Oye, yo le he seguido la corriente por si al final se estiraba con las bebidas y las patatas. Hemos ido hasta el banco y allí ha dicho señalando a sendos pájaros ¿oyes como nos canta el Orfeón? Y ahora voy a  proceder a leer el acta del acuerdo por el que nos nombramos doctoras honoris causa por la Universidad de la vida misma. Hago como que te pongo el birrete y tú haces como que me lo pones a mí, también te doy el anillo de la sabiduría y el libro de la ciencia, toma, se me pone dándome nada.

Qué emocionante, Esmeralda, he exclamado para disimular. Espera, guapa, me dice, que ahora viene lo mejor, el gaudeamus igitur, verás que bonito, atiende que vas a llorar y todo, “nuestra vida es corta, en breve se acaba, viene la muerte cruelmente, no respeta a nadie, ¿dónde están los que antes que nosotros pasaron por el mundo?, tras la alegre juventud y la incómoda vejez nos recibirá la tierra ¡ Viva Eva, viva Esme !” Pero corea los vítores, tía sosa.

Ya está, somos doctoras honoris causa y eso no nos lo puede quitar nadie. La vida sí pero el doctorado honoris causa que me acabo de sacar de la manga, no.

Mira qué bien, y ahora el aperitivo.

De aperitivos nada,  que es muy pronto, si acaso un helado a la Morganina para que se vaya iniciando en la comida basura, que ya va teniendo una edad. Pero para que veas lo generosa que soy, te voy a imponer también la cruz de Alfonso X el Sabio,  ale, toma.

Yo diría que lo que me ha puesto o impuesto es un pin de propaganda en el que pone “repuestos Paco”. Pero claro, como soy simple y carezco de fantasía…

 

El Mundo

Las clases de literatura en mi primer colegio consistían  en aprenderse al detalle las biografías de los escritores. Eso era lo esencial. Dónde habían nacido y en qué fecha, cómo se llamaban sus padres y a qué se dedicaban, con quién se habían casado, los hijos que habían tenido y la profesión que habían desempeñado, enfermedades padecidas por ellos y sus familiares y fecha y lugar de la muerte. Fin. Luego también había que saberse unos cuantos títulos de los libros que habían escrito, ya que se habían tomado esa molestia, y  de qué trataba cada uno, eso ya más por encima. Alguna que otra vez nos mandaban algo para que leyéramos en casa, preferentemente en castellano antiguo.

Me resultaba curioso que los escritores no nacieran como el resto de la gente , ellos “venían a nacer” que es mucho mejor que nacer a secas. Y las ciudades, que se debían oler que estaba viniendo a nacer un escritor,  los miraban atentamente mientras eso sucedía. Por ejemplo, a Unamuno lo vio nacer Bilbao y a Lope de Vega, Madrid. Así nos lo preguntaba nuestra profesora: a ver,¿ quien lo sabe?, ¿qué ciudad vio nacer a Luis de Góngora? Silencio al otro lado de la tarima ¡Córdoba!, pero si os lo dije ayer, y ¿cómo se llamaba la madre de Lope de Vega? Lo del nombre de las madres le gustaba mucho que nos lo supiéramos y tiene su lógica, sin ellas no hubieran venido a nacer tantos escritores. La de Lope se llamaba Francisca, a todo esto. Escritoras, misteriosamente, casi no venían a nacer.

¿Quién se sabe los nombres de los nueve hijos de Unamuno? Solo nos acordábamos de Raimundín porque se había muerto  y era una historia muy triste  ¡Burras!, lo dimos la semana pasada y no se os queda. No se nos quedaba casi nada porque estudiarse tantos datos biográficos era muy aburrido y todo lo que es aburrido al cerebro le resbala. Tiene preferencia por almacenar lo  extraño, lo que le sorprende o impacta de alguna manera. Y le encantan las tonterías.

La prueba es que lo que sí nos aprendimos  muy bien y por mucho tiempo, algunas ya para toda la vida, fue esta frase: yulen nitrosca palera. No significaba nada, aparecía en el libro como ejemplo de lo que es un fonema y cómo es necesario engarzarlo de forma adecuada con sus  congéneres para que cobre sentido. Los fonemas de yulen nitrosca palera estaban mal engarzados y por eso no querían decir nada. Aunque para nosotras sí significó, fue nuestra frase mítico absurda durante unos cuantos cursos.

Cuando me cambiaron de colegio ya no se la pude decir a nadie y me quede con ella vagando desamparada por mi cerebro en total soledad pero, a cambio, conocí al Mundo, un profesor de literatura que nos leía fragmentos de  los libros  que a él le gustaban, fuera de programa. Le habían puesto de mote el Mundo porque utilizaba mucho esa expresión. Casi todos los libros de los que nos hablaba o que nos leía eran un mundo de algo, “de fantasía, de dolor, de amor, de desesperación o de lo que fuera pero siempre un mundo de algo. Cuando lo decía levantaba los brazos y trazaba un círculo colocándose el mundo por encima de la cabeza. Una cabeza redonda y calva también con pinta de mundo.

Nos leyó muchos relatos de Cortázar, me acuerdo solo de dos: el del hombre que vomitaba conejitos y el que se quedó encerrado dentro de su jersey. Y hasta se atrevió con algún poema de amor de Pedro Salinas. En uno de ellos el poeta se lamentaba de que su amada estaba dormida y el sueño la mantenía alejada de él, en un lugar inalcanzable.

Pues que la despierte, dijo Mondelo, el de la cara con granos, haciendo una pompa de chicle. Todos estábamos pensando lo mismo y por supuesto nos reímos. El Mundo no se enfadó, solo sacó un pañuelo para secarse la frente, le debía de dar sudor nuestra falta de sensibilidad, y trató de explicarnos lo que había querido decir Salinas. Creo que en ese momento no lo entendimos ninguno, seguramente porque aún no teníamos experiencia en amantes ni despiertos ni dormidos. Pero ahí se quedó la imagen y la idea,  almacenada en el extraño mundo de los  datos cerebrales junto a yulen nitrosca palera.

 

Anda que…

Menudo fin de semana aburrido que he pasado por obra y gracia del Toni. He sido incapaz de motivarle para que accediera a hacer algún plan, el que fuera, y cuando le he llamado aburrido me ha contestado que la aburrida soy yo porque necesito que el exterior me distraiga pero que él, como no lo es, no necesita de ningún exterior atontador y que no diga nunca más la abominable frase “hacer o tener planes” porque la sola palabra planes ya le altera y si va antecedida de hacer o tener, todavía más.

Digo, hijo, Toni, pues aunque no lo hagas por mí, hazlo por la pobre pared que nos contempla desde hace siete horas, es un derecho fundamental de toda pared el librarse de vez en cuando de los seres a los que encierra. Que si me pasa algo raro, se me pone y que solo saldría de casa si el enemigo entrara en ella. Creo que se refería a la Noe que se está iniciando en el mundo del ukelele pero, por desgracia para mí, la Noe sí tenía planes, pobre ser aburrido, y no le hemos visto el pelo.

Este mismo rollo, con ligeras variaciones, se lo he colocado a la Esme. Porque para eso están las amigas y los blogs. Tú hablas y si por casualidad el otro te escucha/lee hasta el final y sin distraerse demasiado,  es que has tenido un día de suerte.  Si además te concede una respuesta y esa respuesta tiene que ver, aproximadamente, tampoco hay que pedir milagros, con lo que tú le estabas contando puede decirse que eres un mimado por los dioses. Me parece que hoy estaban ocupados mimando a otro, normal, con todos los que somos, porque esto es lo que me ha contestado la Esme: anda que…

Anda que…¿qué?, ¿Anda que no es pesado el Toni, anda que no soy pesada yo, anda que me comprendes porque a ti te ha pasado lo mismo?, en fin, que me aclares lo que has querido decir. Que no ha querido decir nada, solo anda que… porque es una expresión que le gusta,que pega con todo y  que es de lo más versátil, porque casi todo lo que oye o ve  a diario le parece susceptible de anda que

¿Jugamos al anda que…?, me salta a continuación. Es muy fácil, tú elige un tema al azar y verás como hables de lo que hables se puede contestar anda que…y encaja a la perfección. Prueba, venga.

Para probar he dicho que hoy hacía muy malo, un día de viento horroroso y que con estos cambios de temperatura tan bruscos nos vamos a poner todos malos.

Anda que…menudo topicazo, ¿no te me habrás vuelto meteoróloga infiltrada? O peor, ¿no te me habrás vuelto presentadora de algún informativo? Mejor elige otro tema un poco más entretenido.

Pues mira, Esme, no, no voy a elegir ninguno más porque si ya sé lo que me vas a contestar y diga lo que diga a ti te da lo mismo porque tú solo quieres jugar al andaqueísmo, mejor me callo y mejor me voy. Además hace mucho viento y se está muy mal hoy en el parque, si se cae algún árbol de golpe que se te caiga solo a ti. Adiós.

Pero, ¿te has enfadado?, se me ha puesto a gritar con esos modales suyos tan arrabalerescos, qué picajosa eres, pero si tú no eras así, si siempre has tenido muy buen carácter y la que me enfadaba era yo, no querrás ahora quitarme mi papel. Si te hecho caso, estaba de broma, mujer, vuelve y hablamos, anda que… y para que veas que hay cosas peores que aburrirse el fin de semana, ¿quieres saber a quién me ha metido spotify en las listas semanales que te confecciona de acuerdo a tus supuestos gustos? ¡A Falete! Están finos los algoritmos, anda que…

 

 

 

Nuestra monja incorrupta

El colegio de mis hermanos era el bueno y ellos siempre se estaban chuleando. Tenían por delante un patio para jugar, otro patio por detrás para hacer deportes, un laboratorio en el que destripar ratones y mirar por un microscopio y hasta un salón de actos donde proyectaban una película los viernes, casi siempre de Tarzán.  También tenían, en el colmo de los lujos,  un padre fundador llamado Pedro Nolasco que se había dedicado a liberar cristianos cautivos por los moros. Les hablaban mucho, a diario, de ese padre fundador alabando sus virtudes y sus obras. Dentro del colegio podía verse una estatua de ese señor con una cadena rota entre las manos, señal de todos los cautivos que había liberado.

Nada que ver con el colegio de las chicas, el nuestro, que era el piso bajo de una casa. Hacíamos el recreo en la calle, corriendo entre señoras que iban a la compra y viejos que tomaban el sol. Por supuesto que no teníamos ni campos deportivos ni laboratorio ni cine ni madre ni padre que lo fundara y  del que nos hablaran a diario, así que no podíamos competir con ellos y teníamos que darles la razón en que sí, su colegio era mucho mejor que el nuestro. Hasta que apareció la monja incorrupta y nos salvó de tamaña humillación.

En realidad la monja no era nuestra, estaba enterrada en un convento  y, en vez de llevarnos de visita al Museo del Prado, las profesoras decidieron que sería mucho mejor para nuestra cultura y formación, sin punto de comparación,  ir a conocer a la beata Ana María de Jesús, copatrona de Madrid para más señas. Nos gustó bastante la idea,  nunca habíamos visto nada incorrupto, todo lo que conocíamos tendía a estropearse y mancharse, además perderíamos toda una larga mañana de clase, lo que siempre era de agradecer,  y lo más importante, por fin íbamos a tener algo que ellos no.

Por el camino, que hicimos en autocar, no pensábamos ni mucho ni nada en la monja, era un día de primavera y teníamos la sensación de que nos llevaban de excursión a algún lugar bonito. Pero cuando ya estábamos acercándonos a nuestro destino y para que nos centráramos un poco, nos relataron algunos sucesos de la vida de Ana María. Por ejemplo, que le habían buscado un novio para casarla pero ella se había cortado el pelo y desfigurado la boca para repelerlo y poder ser monja. Ahí ya empecé a sentir una ligera aprensión cercana al miedo sobre lo que nos íbamos a encontrar, pero como las otras se partían de risa, pues yo también.

Por suerte para mí y mis pesadillas,  a la monja no se le veía la cara, solo le asomaban por debajo de unos ropajes blancos y brillantes unos pies muy negros y unas manos cruzadas también de un color marrón aunque no tanto como los pies. O sea, que dentro de la incorrupción había matices y grados, posiblemente los pies al estar tanto tiempo en contacto con todo lo terrenal, se habían estropeado algo más.

Nos quedamos un rato quietas frente al ataúd, lamentando y agradeciendo a la vez que el rostro  estuviera tapado y después de que nos contaran que esa señora tumbada había hecho llover en Madrid después de un largo periodo de sequía,  se acabó la visita cultural o lo que fuera aquello. Nunca confesamos a mis hermanos que no le habíamos visto la cara y cuando presumían de instalaciones deportivas , de cine o de padre fundador, les sacábamos a relucir a nuestra monja incorrupta.

Más tarde nos cambiaron a todos a un colegio mixto para que tuviéramos las mismas oportunidades y, sobre todo, para que pudiéramos enamorarnos a nuestras anchas y no sólo en horario extra escolar.