Día: 2 de marzo de 2017

Qué me vas a contar

Los mejores amigos de mis hermanos eran otra pareja de hermanos, gemelos, muy morenos, con el pelo ensortijado y los ojos casi negros. Jugaban con ellos al fútbol pero sin que les gustara, solo porque eran amigos,  sus verdaderas pasiones eran las espadas y atrapar bichos en botes de cristal para luego destriparlos y torturarlos. Al fútbol jugaban despistados, pensando en otra cosa, y por eso se caían constantemente y una vez en el suelo se les olvidaba el partido y  se quedaban por ahí tirados, sobre la tierra, buscando bichos. También tenían el récord mundial del barrio de meterse goles en propia puerta. Cuando metían un gol de verdad lo celebraban entrechocando sus espadas ficticias. Hoy les hubieran acosado por las redes sociales pero entonces, como mucho, se llevaban algún puñetazo o algún insulto inmediato y volvían a integrarse sin mayores problemas.

La madre de los gemelos morenos era amiga de la nuestra y muchas tardes, mientras jugábamos en la calle,  se sentaban las dos en un banco a charlar y a pegarnos algún grito de vez en cuando para que pareciera que nos vigilaban con suma atención de madres. Una tarde que estábamos jugando al escondite utilicé el respaldo de su banco y sus espaldas para esconderme y, sin querer, escuché cómo la amiga le contaba a mi madre que se había quedado embarazada y que menudo disgusto tenía ¡Otro!, dijo exclamando con un tono de desolación tremendo. Qué me vas a contar, le contestó mi madre y las dos se quedaron calladas unidas en ese silencio cargado de desgracia.

El qué me vas a contar claramente tenía que ser yo puesto que era la última o a lo mejor la desgracia había empezado antes y mi hermana Almudena también entraba en el lote. Antes o después me tocaba de lleno, eso estaba más que claro y lo entendí al momento. No me habían traído al mundo voluntariamente. Tenía la sensación de que me querían bastante o no menos que a los otros, pero seguramente habían empezado a quererme más tarde, por costumbre, sobre todo.

Quise investigar un poco más sobre mis orígenes y subí a casa a preguntarle a mi abuela Mila. Estaba enfadada porque acababa de descubrir que le habíamos espachurrado  un pintalabios, era fanática de los cosméticos y la laca y bastante vengativa, así que su respuesta fue: no digas que te lo he dicho pero tú no eres su hija, te compraron a  los gitanos, ¿no ves que no te pareces a ninguno de tus hermanos?

Esa nueva y desconcertante información contradecía la anterior. Si era una «qué me vas a contar» no me podían haber comprado. Además mi abuela se había reído al decirlo, nadie que confiese semejante verdad lo hace riéndose. Lo de los gitanos era mentira y me fastidiaba porque por un momento me ilusionó poder diferenciarme del resto por mi procedencia zíngara y no por haber llegado la última y por accidente.

Volví a la calle arrastrando los pies, muy desencantada de la vida. El escondite se había terminado y también se había disuelto el partido de fútbol. Alrededor de los gemelos morenos  se acababa de formar un corro expectante. Habían atrapado una lagartija y tras extirparle el corazón habían metido en su lugar una piedra pequeña para comprobar si podía sobrevivir. No pudo.  Las dos madres, indiferentes al trasplante cardíaco y ya restablecidas de su desgracia, se reían de algo, el sol se ponía por el descampado, donde vivían los gitanos de verdad, y Macario, el portero cojo del bloque tres, acababa de sacar los cubos de basura y la manguera.

Uno  gritó, «la manga riega que aquí no llega». Empezaba  la diversión de cada tarde a última hora. Corrí entre todos los demás para que no me alcanzara el agua, seguramente no era la única accidental en ese grupo  y había unos cuantos  que habían caído en la vida de rebote.  En ese momento de felicidad me daba exactamente igual. Ya estaba dentro, en el lío.