Día: 15 de marzo de 2017

El Mundo

Las clases de literatura en mi primer colegio consistían  en aprenderse al detalle las biografías de los escritores. Eso era lo esencial. Dónde habían nacido y en qué fecha, cómo se llamaban sus padres y a qué se dedicaban, con quién se habían casado, los hijos que habían tenido y la profesión que habían desempeñado, enfermedades padecidas por ellos y sus familiares y fecha y lugar de la muerte. Fin. Luego también había que saberse unos cuantos títulos de los libros que habían escrito, ya que se habían tomado esa molestia, y  de qué trataba cada uno, eso ya más por encima. Alguna que otra vez nos mandaban algo para que leyéramos en casa, preferentemente en castellano antiguo.

Me resultaba curioso que los escritores no nacieran como el resto de la gente , ellos «venían a nacer» que es mucho mejor que nacer a secas. Y las ciudades, que se debían oler que estaba viniendo a nacer un escritor,  los miraban atentamente mientras eso sucedía. Por ejemplo, a Unamuno lo vio nacer Bilbao y a Lope de Vega, Madrid. Así nos lo preguntaba nuestra profesora: a ver,¿ quien lo sabe?, ¿qué ciudad vio nacer a Luis de Góngora? Silencio al otro lado de la tarima ¡Córdoba!, pero si os lo dije ayer, y ¿cómo se llamaba la madre de Lope de Vega? Lo del nombre de las madres le gustaba mucho que nos lo supiéramos y tiene su lógica, sin ellas no hubieran venido a nacer tantos escritores. La de Lope se llamaba Francisca, a todo esto. Escritoras, misteriosamente, casi no venían a nacer.

¿Quién se sabe los nombres de los nueve hijos de Unamuno? Solo nos acordábamos de Raimundín porque se había muerto  y era una historia muy triste  ¡Burras!, lo dimos la semana pasada y no se os queda. No se nos quedaba casi nada porque estudiarse tantos datos biográficos era muy aburrido y todo lo que es aburrido al cerebro le resbala. Tiene preferencia por almacenar lo  extraño, lo que le sorprende o impacta de alguna manera. Y le encantan las tonterías.

La prueba es que lo que sí nos aprendimos  muy bien y por mucho tiempo, algunas ya para toda la vida, fue esta frase: yulen nitrosca palera. No significaba nada, aparecía en el libro como ejemplo de lo que es un fonema y cómo es necesario engarzarlo de forma adecuada con sus  congéneres para que cobre sentido. Los fonemas de yulen nitrosca palera estaban mal engarzados y por eso no querían decir nada. Aunque para nosotras sí significó, fue nuestra frase mítico absurda durante unos cuantos cursos.

Cuando me cambiaron de colegio ya no se la pude decir a nadie y me quede con ella vagando desamparada por mi cerebro en total soledad pero, a cambio, conocí al Mundo, un profesor de literatura que nos leía fragmentos de  los libros  que a él le gustaban, fuera de programa. Le habían puesto de mote el Mundo porque utilizaba mucho esa expresión. Casi todos los libros de los que nos hablaba o que nos leía eran un mundo de algo, «de fantasía, de dolor, de amor, de desesperación o de lo que fuera pero siempre un mundo de algo. Cuando lo decía levantaba los brazos y trazaba un círculo colocándose el mundo por encima de la cabeza. Una cabeza redonda y calva también con pinta de mundo.

Nos leyó muchos relatos de Cortázar, me acuerdo solo de dos: el del hombre que vomitaba conejitos y el que se quedó encerrado dentro de su jersey. Y hasta se atrevió con algún poema de amor de Pedro Salinas. En uno de ellos el poeta se lamentaba de que su amada estaba dormida y el sueño la mantenía alejada de él, en un lugar inalcanzable.

Pues que la despierte, dijo Mondelo, el de la cara con granos, haciendo una pompa de chicle. Todos estábamos pensando lo mismo y por supuesto nos reímos. El Mundo no se enfadó, solo sacó un pañuelo para secarse la frente, le debía de dar sudor nuestra falta de sensibilidad, y trató de explicarnos lo que había querido decir Salinas. Creo que en ese momento no lo entendimos ninguno, seguramente porque aún no teníamos experiencia en amantes ni despiertos ni dormidos. Pero ahí se quedó la imagen y la idea,  almacenada en el extraño mundo de los  datos cerebrales junto a yulen nitrosca palera.