Día: 22 de marzo de 2017

Trenzas Negras en el autobús

Trenzas Negras va explicándole el arcoíris al techo del autobús.

El techo, un tío estirado, ni contesta.

Lo intenta con su madre, sentada al lado: ¿pero de qué cosa rara hablas, hija?, cállate un poco y estate quieta, mareas,  dice sin levantar la cabeza del teléfono.

Trenzas Negras prueba con la ventanilla, le enumera todos los colores del arco para que se los aprenda igual que ella. Al acercar la cara a su piel transparente comprueba que en la calle están todos esos colores, dispersos. Naranja, verde, rojo, amarillo, azul, morado y, de repente, ¡rosa! Se agarra la cara entre las manos y luego golpea el cristal, a ver si así espabila y comparte su felicidad.

Hay ventanillas muy antipáticas y frías, como esta. Cierto que ha vibrado un poco pero más bien de molestia  que de emoción.

Además de colores ve gente pasar, algunos llevan perros. Perros, muchos perros azuzando su deseo de compañía.

Quiero un perro, quiero muchos perros, le confiesa al taciturno techo.

Y gatos. Gatos verdes, azules, naranjas, amarillos, ¡gatos morados! Tendrán una cama, dormirán juntos.

La idea es tan buena que le da otro manotazo a la ventanilla. A la muy apática, le resbala.

¡Qué soledad! Compungida, baja la cabeza, la diadema se le cae hasta las cejas. Ahí, al fondo, flotan suspendidas sus amistosas zapatillas, siempre dispuestas a correr y saltar. A ellas sí parece gustarles la idea de una cama llena de perros y gatos multicolores porque se balancean con mucho entusiasmo adelante y atrás, adelante y atrás hasta que chocan con un pantalón viejo y enfadado, gris.

Gris es un color que no está en el arcoíris pero sí en algunas tardes , esas en las que Trenzas Negras no tiene con quién hablar.

 

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