Día: 30 de marzo de 2017

El jefe

Vimos salir a Lucía del despacho del jefe sonándose los mocos con un pañuelo de papel. No era extraño puesto que Lucía utilizaba mucho esos pañuelos, tenía alergia al polvo y precisamente su función en la empresa era quitarlo. No la conocíamos apenas porque cuando ella terminaba su trabajo empezaba el nuestro. Solo coincidíamos durante un instante, el tiempo justo para comprobar que se sonaba los mocos con pañuelos arrugados de papel y que nos cambiaba las cosas de sitio y eso era un incordio porque luego no las encontrábamos y perdíamos tiempo. Y más tiempo que perdíamos quejándonos de ella, de que nos moviera las carpetas y los papeles y le diera la vuelta a los cables y luego hubiera que volver a ajustarlos para que funcionaran los ordenadores. De cualquier cosa que se estropeara a primera hora de la mañana le echábamos la culpa a Lucía.

Nos miró al salir y señaló con la cabeza el temido despacho de Wohlleben y luego se puso a llorar y salió llorando por la puerta, refrotándose los ojos con el pañuelo hecho un gurruño.  Wohlleben la había despedido, seguro, y lo habíamos provocado los demás por estar siempre echándole la culpa de todo lo que se estropeaba o no encontrábamos o no funcionaba a primera hora de la mañana o incluso a media mañana y hasta por la tarde. Ahora nos sentíamos mal y nuestro odio por Wohll, la persona más inhumana y cruel que habíamos conocido jamás, subía como espuma sucia.

El jefe se asomó a la puerta y con su voz cascajosa, de fumador, llamó a Gustavo, el de administración, un señor con el pelo blanco que estaba a punto de jubilarse y se pasaba el día hablando de lo que haría en cuanto se jubilara. Y lo primero que haría sería irse a vivir a una ciudad sin Corte Inglés, esa era su meta y en ella tenía puestas todas sus esperanzas. Gustavo no salió llorando del despacho pero se llevó la mano al cuello, hizo el gesto de rebanárselo y luego señaló la puerta. Otro más despedido.

Sin embargo, no recogió sus cosas ni se movió de su sitio, se sentó en su mesa y mientras tecleaba movía la cabeza de un lado a otro y decía esa frase tan tópica de “no somos nada”. También dijo, “como no me dé prisa me quedo sin probar lo que es vivir  sin Corte Inglés”. Te toca a ti, Paula, le comunicó a la de los archivos, la gorda cotilla a la que encantaban las noticias sensacionalistas, los rumores y los malos rollos entre compañeros.

Como de todo eso había en abundancia se lo pasaba muy bien mientras archivaba y comía caramelos que tenía en un bote. De vez en cuando se paseaba con el bote por las mesas ofreciendo caramelos y así, de paso, difundía informaciones, preferiblemente falsas, husmeaba y recababa datos. Cuando encontraba algo lo suficientemente escandaloso movía la mano derecha en el aire a modo de abanico, para que comprendiéramos la magnitud del seísmo en la escala de Ritcher.

Del despacho de Wohlleben salió abanicándose mucho  y así estuvo un buen rato pero no le prestamos atención porque estábamos más pendientes de quién sería el siguiente en entrar. Le tocó a María Ángeles, la secretaria a la que gustaba esconder paquetes y entregarlos solo cuando el destinatario llevaba ya unos días preguntando por ellos, diciendo qué raro,  o buscándolos por las mesas o culpando de su pérdida a Lucía, la del polvo. María Ángeles entró llorando, directamente y por si acaso. Cuando salió estaba muy blanca, se apoyó en la columna de la bajante, por dentro se oía ruido de agua cayendo, dijo bajito: se muere, se muere. Volvió a su mesa, sacó de debajo varios paquetes no entregados, los repartió cabizbaja.

Entró el siguiente. Uno tras otro fuimos entrando por orden jerárquico. Hasta para anunciar su muerte era Wohlleben estricto y organizado. Se nos fue la mañana en entrar, poner cara de circunstancias, eso y no otra cosa eran las circunstancias, comentarlo en corrillos, hacernos gestos por encima de las pantallas. Nos costaba asimilarlo, ¿cómo era posible que el jefe temido, el que tantas veces había estrangulado nuestra felicidad, dueño de nuestras horas y nuestros días,  se estuviera muriendo? Ahora entendíamos esa delgadez, esa mala cara, ese amargo rictus.

Tuvo un ataque de tos dentro del despacho, una tos horrible, pre agónica nos pareció. Alguien dijo que podía tener el detalle de marcharse a su casa, que cualquier otro saldría a dar un paseo por el parque puesto que era primavera y el día espléndido y que no comprendía cómo si solo le quedaba un mes de vida decidía malgastarlo en esa asquerosa oficina, encerrado.

El jefe segundo, conocido como Juanito, y al que nadie hacía caso, se paseó por el pasillo sacando barriga. Mirella, la auténtica jefa en la sombra, la que tecleaba silabeando y se parapetaba para espiarnos a todos tras una montaña de papeles, dijo con risa sardónica, “que te crees tú eso, Juanito”.

El jefe se estaba muriendo y a todos nos dio por pensar en que si Wollheben podía morirse, y sí que podía, cualquiera podíamos morirnos también, la muerte era de todos, ni a la jefatura  respetaba. A todos nos dio por pensar en nuestra propia mortalidad, pero  había otras cuestiones más urgentes, más vitales ,  como la de si  en esa  re colocación que vendría después, con un nuevo jefe, alguno quedaría fuera de la empresa y qué sería de los actuales favoritos y cómo todo ese mundo que hasta ahora parecía inamovible se empezaba a hundir para dar paso a otro nuevo en el que había que tomar posiciones.

Wollheben salió del despacho,  le colgaba el traje y hasta la misma corbata parecía lánguida y mustia. No nos miró al salir, nunca lo hacía, cerró de un portazo, como era su costumbre, lo vimos entrar en el bar de enfrente. ¡Joder, joder, joder!, dijo Miguel, al que el jefe había echado la bronca por trabajar con auriculares. Se los puso. El Dépor ha ganado la liga, anunció.