Día: 11 abril, 2017

Tía Marta

Para llegar a casa de la tía Marta hay que cruzar una zona de casas bajas que parece un pueblo dentro de la ciudad. Son casas con enredaderas por los muros y dentro de esas enredaderas: pájaros. Ahora en primavera huele a lilas y a jazmín. Quisiera que la casa de la tía Marta estuviera ahí, que fuera una de esas, la verde, por ejemplo. Con esa ventana redonda como un ojo encantado. Pero no, tengo que seguir hacia arriba, abandonar ese pequeño oasis urbano, cruzar una calle ancha con muchos coches y ahí sí, ahí ya vive la tía Marta, justo encima del Ahorra Más.

Es la más vieja de toda la familia, casi noventa años. Algunas tardes suena el teléfono y su voz lenta pregunta, ¿me has llamado? Porque ha sonado y cuando he ido a contestar se ha cortado y me he dicho, ¿no le pasará algo?, ¿te pasa algo, estás bien? Se lo inventa,  casi nunca la llamo, esa es la verdad, se me olvida. Pero algunas veces sí lo hago y en cuanto llevo un rato de conversación ya me estoy arrepintiendo porque  todo lo cuenta en tiempo real.

“Esta mañana me estaba vistiendo: primero una manga y luego la otra. Me abroché los botones de la camisa y  me asomé a la ventana, hacía bueno, me pareció. Abrí para comprobarlo, resulta que había obras en la calle, están haciendo muchas obras, será que hay dinero. Cerré la ventana y fui despacio, porque tengo miedo a caerme, a preparar el desayuno. Me gusta desayunar una naranja y té. También una tostada. Me hice el zumo de naranja y me lo bebí. Despues…”

Después se comió la tostada, eso está claro. Ay,  ¿por qué se me habrá ocurrido llamarla? siento deseos de suicidarme, nunca podré salir de su narración detallada. Y lo mismo pienso cuando voy llegando a su casa, cuando subo en el ascensor, cuando toco el timbre, cuando oigo sus pasos lentos, cuando me hace sentarme frente a  ella en una silla y cruza las manos sobre la falda y dice, “ya estoy mejorcita”. Y no sé de qué está mejorcita pero pongo cara de que sí lo sé y de que me alegro mucho de su recuperación.

Pobre tía Marta, no soy buena persona. Estoy deseando largarme y echar a correr. Ella también quiere largarse, a ver tiendas. Le encanta mirar escaparates, de lo que sea, da igual, el caso es que haya objetos detrás de un cristal, objetos que puedan desearse. Le hace feliz situarse frente al cristal e ir señalando y diciendo en alto lo que ve y si lo compraría. También le gusta que haya cosas feas, para decir, “qué zapatillas más espantosas o qué colcha más horrorosa, no la querría ni regalada”. Creo que le gusta más el no querer que el querer.

Tardamos mucho en salir a la calle porque algunos ratos cree que soy una niña y me ofrece diversiones ajustadas a mi edad ficticia, ¿quieres ver la colección de conchas marinas?, me dice volcando sobre la mesa un bote lleno de conchas. Tiene muchas, de todas las formas, tamaños y colores. Y yo tengo que ir mirándolas una a una y ella me las va explicando. También me enseña a Pepito, su muñeco de la infancia, lo tiene puesto en la cabecera de su cama encima de un almohadón, va vestido con una chaqueta de punto que ella le hizo. Pepito me da grima pero le digo que es muy guapo y gracioso. Ella dice que me lo dará cuando se muera. Qué bien.

Cuando salimos a la calle estoy más cansada que si me hubiera recorrido toda la ciudad de punta a punta. Vemos todos los escaparates del camino, analizamos su contenido uno por uno, llegamos hasta un bar con terraza, nos sentamos. La tía Marta se bebe un vino y cuando ya se lo ha terminado me cuenta que a los siete años se enamoró de un cura. Fue a confesarse con ese mismo cura y le dijo: le amo, padre Villar. Me hubiera gustado saber la continuación de la historia pero o no se acuerda o no le interesa contármelo.

Cuando me despido, ya  en su casa, me dice que hay un rato por la tarde en el que tiene miedo, justo antes del concurso de  Pasa Palabra, ¿tú también lo ves, verdad? Se extraña mucho de que no lo vea, de que exista alguien en el mundo que no vea Pasa Palabra.

Vuelvo otra vez atravesando el barrio de casas bajas con árboles, enredaderas y pájaros y pensando en que yo también seré, si vivo, una vieja pesada que se pondrá un manga y luego la otra, un poco loca, con miedo justo a las ocho y media.