Tía Marta

Para llegar a casa de la tía Marta hay que cruzar una zona de casas bajas que parece un pueblo dentro de la ciudad. Son casas con enredaderas por los muros y dentro de esas enredaderas: pájaros. Ahora en primavera huele a lilas y a jazmín. Quisiera que la casa de la tía Marta estuviera ahí, que fuera una de esas, la verde, por ejemplo. Con esa ventana redonda como un ojo encantado. Pero no, tengo que seguir hacia arriba, abandonar ese pequeño oasis urbano, cruzar una calle ancha con muchos coches y ahí sí, ahí ya vive la tía Marta, justo encima del Ahorra Más.

Es la más vieja de toda la familia, casi noventa años. Algunas tardes suena el teléfono y su voz lenta pregunta, ¿me has llamado? Porque ha sonado y cuando he ido a contestar se ha cortado y me he dicho, ¿no le pasará algo?, ¿te pasa algo, estás bien? Se lo inventa,  casi nunca la llamo, esa es la verdad, se me olvida. Pero algunas veces sí lo hago y en cuanto llevo un rato de conversación ya me estoy arrepintiendo porque  todo lo cuenta en tiempo real.

“Esta mañana me estaba vistiendo: primero una manga y luego la otra. Me abroché los botones de la camisa y  me asomé a la ventana, hacía bueno, me pareció. Abrí para comprobarlo, resulta que había obras en la calle, están haciendo muchas obras, será que hay dinero. Cerré la ventana y fui despacio, porque tengo miedo a caerme, a preparar el desayuno. Me gusta desayunar una naranja y té. También una tostada. Me hice el zumo de naranja y me lo bebí. Despues…”

Después se comió la tostada, eso está claro. Ay,  ¿por qué se me habrá ocurrido llamarla? siento deseos de suicidarme, nunca podré salir de su narración detallada. Y lo mismo pienso cuando voy llegando a su casa, cuando subo en el ascensor, cuando toco el timbre, cuando oigo sus pasos lentos, cuando me hace sentarme frente a  ella en una silla y cruza las manos sobre la falda y dice, “ya estoy mejorcita”. Y no sé de qué está mejorcita pero pongo cara de que sí lo sé y de que me alegro mucho de su recuperación.

Pobre tía Marta, no soy buena persona. Estoy deseando largarme y echar a correr. Ella también quiere largarse, a ver tiendas. Le encanta mirar escaparates, de lo que sea, da igual, el caso es que haya objetos detrás de un cristal, objetos que puedan desearse. Le hace feliz situarse frente al cristal e ir señalando y diciendo en alto lo que ve y si lo compraría. También le gusta que haya cosas feas, para decir, “qué zapatillas más espantosas o qué colcha más horrorosa, no la querría ni regalada”. Creo que le gusta más el no querer que el querer.

Tardamos mucho en salir a la calle porque algunos ratos cree que soy una niña y me ofrece diversiones ajustadas a mi edad ficticia, ¿quieres ver la colección de conchas marinas?, me dice volcando sobre la mesa un bote lleno de conchas. Tiene muchas, de todas las formas, tamaños y colores. Y yo tengo que ir mirándolas una a una y ella me las va explicando. También me enseña a Pepito, su muñeco de la infancia, lo tiene puesto en la cabecera de su cama encima de un almohadón, va vestido con una chaqueta de punto que ella le hizo. Pepito me da grima pero le digo que es muy guapo y gracioso. Ella dice que me lo dará cuando se muera. Qué bien.

Cuando salimos a la calle estoy más cansada que si me hubiera recorrido toda la ciudad de punta a punta. Vemos todos los escaparates del camino, analizamos su contenido uno por uno, llegamos hasta un bar con terraza, nos sentamos. La tía Marta se bebe un vino y cuando ya se lo ha terminado me cuenta que a los siete años se enamoró de un cura. Fue a confesarse con ese mismo cura y le dijo: le amo, padre Villar. Me hubiera gustado saber la continuación de la historia pero o no se acuerda o no le interesa contármelo.

Cuando me despido, ya  en su casa, me dice que hay un rato por la tarde en el que tiene miedo, justo antes del concurso de  Pasa Palabra, ¿tú también lo ves, verdad? Se extraña mucho de que no lo vea, de que exista alguien en el mundo que no vea Pasa Palabra.

Vuelvo otra vez atravesando el barrio de casas bajas con árboles, enredaderas y pájaros y pensando en que yo también seré, si vivo, una vieja pesada que se pondrá un manga y luego la otra, un poco loca, con miedo justo a las ocho y media.

 

 

 

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37 comentarios en “Tía Marta

  1. Jajajaja. Me recuerda a mi madre, y eso que mi madre aún no es vieja, pero detallista para contar las cosas… me pone negra. Me paso todo el día diciéndole: Abrevia! Estas mujeres no entienden eso de hablar cuando hay algo que decir…
    Enamorarse de un cura a los siete años ya es el no va más, jajaja.
    Pobre mujer, pero yo tampoco iría mucho a verla.
    Besos, chulapa.

      1. Pero qué dices, ahora es cuando no voy a la playa, está petado de madrileños, jajajajaja 😛
        Qué descanses tú también. Igual cuando pasen las fiestas voy un finde a los madriles, ya veremos.
        Besos.

  2. Parecía tía Marta una discípula aventajada del nouveau roman…
    Todos, con los años, vamos dejando atrás las prisas y perdiendo los nervios, ganamos tranquilidad -o torpeza-, aunque sea a cambio de tener, a última hora de la tarde, miedo, un miedo verdadero e intangible.
    Magnífico y ginzburgeano relato.

  3. Tengo una amiga de 95 años, es mi vecina . Me recita los poemas de Bécquer y yo ni siquiera algun verso de cuatro lineas. Es una aficionada por cine, recuerda todos los nombres de los actores antiguos y de los contemporaneos también. Siempre se me queja que le falta tiempo y que el tiempo pasa volando. Tiene la memoria y razóń increibles.. ¡ Ojala ! …que llegue yo a sus años en lo general y con sus facultades mentales en particular. Le adoro. Salud para tu tía Marta y paciencia para ti, Todos seamos así.

  4. Me temo que todos, con suerte, viviremos algo parecido en el futuro.
    En el mejor de los casos.
    En los tiempos que corren la gente mayor ha sido apartada.
    En un par de generaciones han pasado de ser tenidos en cuenta y valorados a molestar.
    Es así de crudo y de cierto… y yo no soy mejor que nadie, si fuera mi tía seguro que apenas iría a verla, o sea no doy lecciones de nada.
    Bueno, esto es lo que hay…

    Besos.

    1. Yo creo que sí irías, igual que voy yo pero seguramente menos de lo que a ella le gustaría.
      Pero sí, tienes razón, es una sociedad cruel con los viejos. No sé el motivo, supongo que porque nos recuerdan nuestra propia decadencia o algo que no queremos ver.
      Bueno, ahora me siento mal.
      Besos

  5. Podíamos escribir un tratado sobre la soledad en la tercera edad. Nuestra sociedad adolece de humanidad. Los viejos los hacinamos en los asilos, los niños en las guarderías y los perros en las camas, eso que en mi casa siempre hubo perros. Rendimos culto al cuerpo y a la juventud al tiempo que nos vamos haciendo viejos. Hablamos continuamente de ecología y no asumimos nuestra naturaleza.

    Me encantó tu relato.

    Un beso.

  6. Mi hermana M no es tan mayor, pero en el arte del relato minucioso, exasperante, competiría con tía Marta. La anécdota no es el tema, pero no se puede llegar directamente a la vejez, a la soledad, al miedo, sin pasar antes por la anécdota. Por la vida. Un saludo, Paloma.

    1. Es que eso es más bien un rasgo de la personalidad y se puede dar a cualquier edad.
      Me ha gustado tu comentario sobre la anécdota. De ellas se compone la vida, es verdad.
      Otro saludo para ti, Eladio.

  7. Hola Palomita, ando trabajando mucho .Me han dan un protagonico que nunca hice y estudio mucho y el tiempo no para..
    Sigo siendo tu admiradora fiel
    Me encanta tu voz
    Que bien lo haces solcito!
    Tu tia argentina

  8. Quién sabe qué manías tendremos nosotros cuando lleguemos a esa edad…si ya tenemos alguna ahora…
    Entonces nos sabrá a gloria que nos visite un sobrino y nos haga un rato de compañía.Ese sobrino-a al que ahora llevamos a la playa o a merendar…
    Yo tengo una tía (solo tengo una) que ayer en cuanto llegué me trajo una tarta que me había hecho.Espero que cuando se ponga muy viejecita y pesada poderle dar alguna alegría.
    Somos muy egoístas con los mayores.
    Yo también.

    Buen texto,y mira si invita a la reflexión…

    Besos.

  9. A mí me impacienta mucho también que una persona me cuente las cosas con tantos pormenores, pero si es mayor aguanto bastante, me desconecto y pienso en cualquier otra cosa 😀 😀 😀 😀 Lo que me parece de verdad raro es que, al leer, sí aguanto páginas y páginas de detalles superficiales. ¿Cómo sino leer y disfrutar de los autores del XIX? 😀 😀 😀 😀 ¿Será que cuando el tiempo te sobra te fijas más en los detalles y disfrutas explicándolos?
    Nunca decepcionan tus historias. Algún día tienen que contarme con todo detalle cómo consigues escribir bien de cualquier tema. ¡Qué buena eres con las palabras! 🙂

    1. No te creas que yo no aguanto y disimulo muy bien. Pero por dentro me estoy impacientando, no lo puedo remediar…
      ¿Con todo detalle, dices?
      Pues a ver, todo comenzó….como en “Las chicas de oro”, no sé si te acuerdas de esa serie, “Sicilia 1932”, si no te acuerdas o nunca la has visto no sabrás de qué te hablo, perdón.
      Más besos y muchísimas gracias por tus palabras que tanto me animan.

  10. Bueno . Con 90 años , mientras haya salud para poder salir a la calle y enterarse de Pasalpalabra la cosa no está tan mal.

    Besos.

  11. Es tan cruel la vejez que a veces ( como hoy ) uno disfruta doblemente en la abstracción de esos oasis de belleza de la que subimos hacia arriba.
    Benditos párrafos como pueblos, dentro la ciudad de la vida.

    Un saludo.

    1. Hola, Juncal.
      Cierto que la vejez es cruel y más que la hacemos con nuestra indiferencia.
      “Párrafos como pueblos”, me ha gustado eso 🙂
      Muchas gracias por la lectura y el comentario.

  12. Qué bien expuesto el conflicto, y qué honesto. Y no siempre aparece con personas mayores. En ocasiones me he topado con él estando con niños entrañables, incluso con los propios hijos, con compañeros de trabajo, con desconocidos, con amigos…

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