Día: 19 abril, 2017

Territorio neutral

 

El tramo que más me gusta del día es de la mañana, el de las primeras horas de la mañana para ser más preciso. Ese en el que me subo a la bicicleta y pedaleo atravesando el barrio hasta casi el final. Cuando salgo están los porteros barriendo su trozo de acera, fregándola, sube olor a jabón, a lejía y la luz se cuela por entre las ramas y me da en la cara.

Ahí ya me empiezo a sentir bien, ya estoy entrando en territorio neutral y mucho más neutral se vuelve al empezar la cuesta. Pedaleo con más fuerza, me canso, dejo de pensar y hasta de ser, si se puede decir así. Dejo mi nombre, todo lo que me ocurre o más bien lo que no me ocurre y solo soy un cuerpo que pedalea, que se esfuerza, un corazón que bombea sangre, una sangre que asciende y desciende. Ese, el de la cuesta arriba, es mi tramo preferido del día.

En el semáforo se me estropea algo porque me paro y al pararme voy poco a poco recobrando mi identidad, justo lo que no quiero recobrar. En ese semáforo coincido bastantes días con las mismas personas. Con la morena guapa en zapatillas de correr y culo inmune a la fuerza de la gravedad, con el joven pijo que lleva el pantalón un poco corto para que le asomen unos calcetines de lunares por debajo, debe de ser muy importante para él mostrar al mundo sus lunares, un signo de distinción, seguramente. Y con el viejo extraño de las dos chaquetas. Algunos días están los tres, cuatro conmigo, somos la familia del semáforo de las ocho y media. La familia cuyos miembros no saben nada los unos de los otros. Ideal.

Pedaleo un poco más. Este barrio al que me tuve que mudar es más feo que el otro y está más lejos pero tiene pequeñas zonas engañosas en las que parece un lugar bonito. Un poco como mis días, que tienen pequeños tramos o franjas en los que asoma la felicidad. Por una de esas zonas paso antes de llegar al bar. Hay un árbol de copa grande que no he conseguido identificar, un muro al que le han crecido hierbas y ahora también flores silvestres. Se puede decir que ahí alcanzo el máximo contento del día.

En el bar ya empieza a decaer un poco. La camarera de las ojeras me llama Gonzalo aunque ese no sea mi nombre, lo debió de entender mal  y nunca la he sacado de su error, me da lo mismo y sé que a ella también. Me pone un cortado y me lo bebo mirando por la ventana. Enfrente hay un parque,  poco a poco va llegando el grupo de chicos desocupados con sus perros peligrosos. En este barrio hay muchos chicos desocupados y tener perros peligrosos y pasearlos con cara de amenaza está de moda. El que no tiene nada se consuela teniendo un perro peligroso y poniendo cara de amenaza, pienso.

Hoy ha venido Mari, la conozco de muchos días aunque jamás haya hablado con ella, ni ganas. Mari es una pesada, no se resigna al fracaso y además lo cuenta. Se lo cuenta a la camarera de las ojeras que no tiene la culpa de nada y que también tendrá el suyo. Le cuenta que ella estudiaba pero que se casó muy joven y zas, dice zas y da un palmetazo en el mostrador. Ahora soy la esclava de todos. Mari lleva el pelo de tres colores, el oscuro original, el blanco reciente y el de un tinte rojizo que se echa por encima con menos frecuencia de la que debería.

Me pregunto si Mari no tendrá en su día algún territorio neutral, si no dispondrá de un tramo  en el que deje de ser Mari la pelo tricolor esclava de su familia. Todos deberíamos poder escapar de nosotros al menos un rato diario. Me bebo el café y vuelvo cuesta abajo. El mundo se me escapa por los lados, lo voy dejando atrás, atrás, atrás y eso me gusta mucho, me gusta muchísimo esa fuga lateral y hacia atrás de todo lo que me rodea. O mía hacia adelante, según se mire.

Pero el mundo no va a dejar que yo me escape, solo tiene la deferencia de dejármelo creer y ya es bastante, se lo agradezco. Ya estoy de vuelta,  me paro, empujo la bici hasta el ascensor, ahí está el mundo, la parcela del mismo que me corresponde,  bien puesta en su sitio, sólida, dura y antipática y yo en el centro, con mi nombre y las famosas circunstancias y los rotos y vacíos que habría que coser o llenar pero que ya sé, casi con toda seguridad, que se quedarán como están.  Subo a casa, enciendo el ordenador y me pongo a buscar con desgana. Por la ventana entra olor a cebolla frita, alguien canta la salve rociera. Y puede que eso sea todo.

 

 

 

 

 

 

 

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