Día: 27 abril, 2017

Villar en la esquina

Esta mañana he visto a Villar en la esquina, cerca del parque, paseando al perro de su hermana. El perro estaba olisqueando una farola y él miraba hacia delante como si no llevara nada en la otra punta de la correa. Le daba la luz en la cara y la verdad es que visto así, de lejos pero tan iluminado, tiene una frente enorme. Nunca me había fijado antes, pero eso es porque cuando la gente está en movimiento delante de ti, cuando habla y tú también hablas, no la ves igual que cuando está parada y fuera de tu radio de acción. No digo que sea feo ni nada de eso. Solo me ha parecido otro, diferente al que veo cuando estamos en clase, en el patio o cuando voy a su casa.

Fue la hermana, la plasta esa, la que se empeñó en que quería un perrito, un perrito, un perrito por favor. Y daba saltos con los patines puestos mientras lo pedía delante de la cara del padre y el padre, que siempre parece un poco cansado, sobre todo en la zona de la barba y no sé por qué pero es en esa zona donde se le nota más que está cansado, para quitársela de encima y que le dejara en paz dijo venga, vale, os compro un perrito.

Villar se dio la media vuelta y por el pasillo iba diciendo que ni de coña , pero que ni muerto pensaba sacar al perro, que quedara claro, y nos metimos en su cuarto a ver películas. Quiso ponerme otra vez la Naranja Mecánica pero me negué. La hemos visto cien mil veces. Si le pides que te aconseje una película siempre es esa, a veces se lo pedimos solo para reírnos porque sabemos cuál será,pero cuando nos reímos no se mosquea, solo dice con esa cara tan seria que pone, “es la mejor película de toda la historia del cine”. Al final nos pusimos El club de la lucha que, según él, es muy filosófica.

Por eso cuando lo he visto esta mañana en la esquina con el perro he pensado, joder, qué mala suerte, Villar, ya te ha tocado sacar al perro y encima para llegar al parque tienes que pasar por el 54. Aquí vivía mi madre, nos dijo un día cuando pasábamos justo por ese portal y ahí quedó la cosa, se notó mucho que no le gustaba pasar. Y el portero, que estaba sacudiendo una escoba contra el tronco de un árbol le saludó, “qué pasa, chaval, no crezcas más”, y Villar levantó ese frontispicio suyo, que hasta hoy no me había fijado en lo que destaca, y ese fue todo su saludo.

A veces parece salido de otra época, siempre lo decimos, llama de usted a los padres, al mío le llamó de usted y le hizo una de sus preguntas extrañas, “usted ¿qué elegiría: salvar a mil personas o solo a una y que esa una fuera su hijo? Mi padre eligió salvarme a mí y Villar dijo “mil personas muertas” y lo repitió. Y en el viaje a Italia, en vez de beber con todos, se fumó un puro mirando por la ventana. Estaría pensando en una de sus películas, que sé yo en lo que piensa a veces cuando desaparece de repente sin despedirse como si le tuviéramos todos harto. Quiere ser director de cine pero, de momento, mírale ahí en la esquina con el perrito por culpa de la hermana. Me recuerda a un hamster su hermana, siempre con la boca llena, comiendo cosas y correteando.

Primero no he querido que se diera cuenta de que lo había visto para que no se avergonzara, por eso me he cambiado de acera y ahí es cuando me he fijado en él de lejos, iluminado, todo frente, mirando. Villar siempre lo mira todo, parece que ve algo que los demás no vemos por detrás de las cosas o escondido en ellas. Es listo, el tío. Y raro, muy raro. Pero al final no me he podido contener y desde lejos le he gritado: “Villaaaar”. Me ha saludado levantando la frente y ha hecho como si le fuera a dar una patada al perro, sin dársela.