Día: 2 mayo, 2017

Inspira, pero no expires

La directora del gabinete, no sé qué significa exactamente la palabra pero aquello se llamaba así, me iba enseñando muy amablemente todo el lugar. Esta es la sala de juntas, aquí está mi despacho, luego entraremos, esto es otro despacho, la sala de espera que ya conoces…¡y tanto!, llevaba tres cuartos de hora en ella, pasando las hojas de revistas de viajes exóticos y decoración de mansiones mientras recitaba por dentro lo que iba a decir, cada vez más nerviosa. Por aquí tenemos un cuarto con un microondas para comer algo cuando no hay tiempo de salir, los aseos, otro despacho, este da a la calle, mira que arbolado.

Muy bonito todo, para entrar a vivir, solo que yo no veía nada, únicamente me fijé en que ella era gorda y eso, por alguna razón misteriosa, me tranquilizaba. Llevaba una blusa suelta que se ondulaba con sus movimientos y sonreía mucho pero la sonrisa no me calmaba porque la utilizaba voluntariamente para calmar, no de forma espontánea. No, la sonrisa me incomodaba. Después de mostrarme todo aquello, tampoco sé muy bien para qué, tal vez para que comprobara lo serios que eran y lo bien equipados que estaban y así confiara, me llevó hasta su despacho, se sentó tras la mesa y yo enfrente, al otro lado. Adelante, dijo extendiendo una mano como si me abriera una puerta fantasma. Dime qué te ocurre.

Entré por su puerta abierta en el aire y empecé a explicarle lo de esa sensación de ahogo, a medida que se lo explicaba me iba arrepintiendo más y más de haber ido, pero, al mismo tiempo, tenía la esperanza de que allí supieran arreglarlo, no quería vivir ahogándome a cada momento o creyéndome que me iba a ahogar. Porque ya me lo habían dicho otros profesionales de los falsos ahogos: te parece que te vas a ahogar, pero no te vas a ahogar, te parece que te estás muriendo, pero no te estás muriendo, te parece que todo se mueve y que te caes, pero ni se mueve ni te caes. Todo eran pareceres míos, ¿y cómo se quitaban esos pareceres? Eso era lo que quería saber para arrancármelos de un tirón como si me estuviera haciendo la cera espiritual.

Aquí no hay soluciones mágicas, dijo ella toqueteando una cajita con clips de colores. Pues mal empezábamos, precisamente eso era lo que yo quería, una solución y cuanto más mágica, mejor. Esto requiere un esfuerzo por tu parte, trabajo y colaboración, aquí mandamos deberes y tienes que hacerlos, ser constante.

La constancia, eso no me sonaba bien. Igual que cuando te venden cremas y te dicen, “tienes que ser constante” porque saben de antemano que las cremas no hacen nada y que te vas a cansar de embadurnarte y entonces le achacarán a tu inconstancia la falta de resultados. Pero dije que sí y también sonreí porque me sentía incómoda y juzgada y me quería hacer perdonar la neurosis.

Ella lo notó, notó que yo me sentía incómoda y juzgada y supongo que por eso me dijo que mis ahogos eran muy normales y frecuentes, que no era más que ansiedad, y que si yo supiera la de patologías que veía ella a diario…y juntó los dedos de la mano como expresando que a montones. Gente que parece de lo más normal, profesionales prestigiosos, no te lo creerías, con responsabilidades importantes, banqueros, abogados y luego…dan miedo.

No me pareció muy profesional que criticara a otros aunque fuera en abstracto, yo también estaba en el grupo de los patológicos aunque esperaba que no en la categoría de los que daban miedo. De todas formas me consolé pensando que ella no iba a ser la encargada de ayudarme, solo hacía las presentaciones y el reparto. Buscó en el ordenador a la persona adecuada mientras yo miraba las cosas que tenía sobre la mesa y las fotos y cuadros de las paredes intentando distraerme porque notaba que se acercaba un ahogo y no quería ponerme a morir delante de ella. Qué vergüenza, morirse en pleno estado de salud.

Daniel, dijo de repente, te voy a poner con Daniel. Te va a gustar, ya lo verás, es un encanto y avisó por teléfono al tal Daniel. Enseguida, como si ya lo tuvieran previsto, entró un chico joven y bastante guapo aunque con la misma sonrisa de comercial que ella. La debían de ensayar varias veces cada mañana antes de abrir el gabinete de las patologías. Lo seguí por los pasillos controlando mi muerte inminente hasta el despacho arbolado.

No me enteré apenas de lo que me explicaba porque cuando uno se está ahogando y encima pretende disimularlo, lo único que quiere es que le entre el aire como sea y no está para discursos pero sí percibí que tenía acento andaluz y que dijo algo así como “irse de farra”, expresión que me pareció graciosa pero incoherente. Solo al final, en la fase de ponerme los deberes, conseguí poner un poco de atención por si estuviera ahí la salvación. Me explicó una técnica de respiración que consistía en respirar hondo en tres tiempos y soltar el aire respirado en seis, pero cuando me iba a detallar el siguiente deber, que yo esperaba que fuera mejor porque eso de la respiración ya lo había probado y no me funcionaba demasiado, sonó mi móvil. Uno de mis hijos estaba en urgencias con un hombro fuera de su sitio.

Por aquella época a todo le daba por salirse de su sitio, no solo a los hombros. En el taxi, muy aplicada, fui inspirando en tres y expirando en seis mientras el taxista intentaba matar ciclistas y pegaba bocinazos a todo vehículo que no fuera el suyo.

¿Por qué has tardado tanto?, me dijo mi hijo sentado en una sala abarrotada, con el brazo levantado como si quisiera salir a la pizarra y cara de estar conteniendo las lágrimas.

He venido corriendo, es que me estaban enseñando a no morirme.

No te hagas la graciosa, no puedo bajar el brazo, seguro que me lo he roto y se me queda mal para siempre, vamos a perder la liga porque ya hay dos lesionados y tres conmigo, estoy de exámenes y es el brazo derecho, suspendo todas, fijo. Y repito.

Otro que va a tener que ir al gabinete,pensé ahogándome. Uno, dos, tres, inspiro. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis, espiro. Mucho cuidado con no confundirse en una sola letra porque espirar y expirar se parecen peligrosamente.