Día: 9 mayo, 2017

Madame Charín

Al poco tiempo de quedarse viudo, exactamente dos semanas después, el tío Aurelio ya tenía otra mujer en casa, Rosario, de una edad más cercana a la de sus hijas que a la suya. Lo primero que hizo Rosario al entrar fue cambiar los muebles de sitio para borrar en lo posible el rastro de veinte años de la anterior. Como no había tanto espacio como para hacer reordenaciones coherentes, los muebles quedaron en posiciones absurdas, el sofá delante de la puerta, por lo que para entrar al salón había que rodearlo por un lateral metiendo mucho la tripa o saltar por encima, y la televisión en una esquina con la mesa delante, tapándolo.

Llenó la terraza de jaulas con canarios que estaban todo el día canta que canta, colocó geranios de colores en las ventanas y agrupó todas las fotos de la tía Juana, la primera mujer y para algunos la única verdadera porque con Rosario no se había casado, encima de una mesa auxiliar. Las adornó con un jarrón con flores de plástico y dos velas, una a cada lado, y cada vez que pasaba por delante decía, “que Dios te tenga en su gloria” y añadía más por lo bajo “que yo ya tengo la mía”.

Las otras tías, dos de ellas hermanas de la fallecida, decían que Aurelio había tenido escondida a Rosario en un armario. Era una forma de dar a entender que ya habían sido amantes mientras Juana vivía, pero a mí me gustaba imaginarme a la Chari, como la llamaban no con muy buena intención, abriendo las puertas del armario de una patada y saliendo al fin triunfal con sus pájaros posados por los hombros y en los brazos los tiestos floridos como si fuera la mismísima primavera.

Aurelio quería que su Rosario fuera bien aceptada en la familia y también respetada. Eso de que las otras mujeres, con los hombres no había problemas porque como era joven y guapa se los tenía ganados, la llamaran la Charito, con el la delante, no le gustaba nada. Un día, en una comida familiar, Aurelio se refirió a ella como Madame Rosario, nombre que fue reconvertido al instante con mucho cachondeo en Madame Charín y con él se quedó ya para siempre.

Para adaptarse a su pareja, Madame Charín se volvió vieja de mentira. Se peinaba con un moño en la nuca y se vestía con unas batas sueltas que le hacían parecer gorda aunque no lo estuviera. Cuando el tío Aurelio enfermó dejó el trabajo para dedicarse a cuidarlo. De vez en cuando, para despejarse, salía a su terraza acristalada a hablar con los canarios y a echarse las cartas del tarot. Si la tirada no le salía a su gusto lo achacaba a que era un juego tonto y supersticioso pero si sacaba cartas favorables movía la cabeza hacia los lados diciendo, “quién sabe, quién sabe, a veces esto acierta”.

Cuando pasaba por delante de la mesa con las fotos de Juana ya no decía “Dios te tenga en su gloria que yo ya tengo la mía”, se la quedaba mirando y lo sustituía por, “un poco de paciencia,que enseguida te lo mando”. Y al año, cansada de hacer de enfermera o tal vez obedeciendo los designios de alguna de sus tiradas de cartas, se lo mandó.