Día: 17 mayo, 2017

Costumbre

En la boda de Álvaro y Gabriela, una señora se comió un plátano de la decoración frutal del centro de la sala. Alguien la vio escurrirse por el pasillo con el plátano en la mano y pegarle tres mordiscos en un rincón antes de entrar al baño donde seguramente tiró la cáscara. Normal, teníamos hambre. Pasaron unas bandejas con jamón que interceptaba el hermano del novio en la entrada,él ya debía de saber que luego no había nada más, y otras con canapés que no llegaban nunca hasta el final, donde estábamos nosotros.

Pero no nos movimos porque pensamos que luego nos darían la cena. Para eso, para cenar, estaban puestas las mesas con sus manteles, platos, cubiertos y unas velas floridas en el centro aunque pasaba el tiempo y nadie se sentaba. Solo cuando se sentaron los primeros, unos señores mayores que ya no aguantaban más de pie, los seguimos los demás.

Álvaro andaba muy nervioso de un lado para otro, vimos que hablaba algo con su hermano y entonces el interceptador del jamón nos pidió que no nos sentáramos, que las mesas no estaban para sentarse, ¿pues para qué estaban entonces? Demasiado tarde, ya nos habíamos sentado todos, la del plátano también, masticando todavía.

Supongo que por hacer algo entre plato vacío y plato vacío, la novia empezó a circular por las mesas para besarnos a todos y hacerse una foto con cada grupo. Sin ánimo de ofender,no estaba nada favorecida, parecía un huevo duro con ese moño hacia arriba y tan blanca toda ella, pero los que se sentaron con nosotros , que seguramente eran muy amigos, no hacían más que decir,” ay, qué guapa está Gaby, está guapísima, impresionante”.

Sí, sí, que te lo has creído. Claro, nosotros no dijimos nada. Bueno, Carlos sí dijo, dijo lo mismo que llevaba diciendo todo el viaje en coche,” mira que casarse ahora que nadie se casa y encima tan lejos”. Y noté que eso no les había hecho gracia a los amigos, sobre todo a los que formaban una pareja de esas desiguales, ella muy pequeña y él muy grande, bien porque estuvieran muy a favor del matrimonio o porque nuestro lejos fuera su cerca. Yo que sé, nos caímos mal. Y con la otra pareja de la mesa, que eran todo lo contrario, tan iguales que parecían hermanos, lo mismo, no había conexión y nos mirábamos con desconfianza.

Al cabo de un rato de hablar de tonterías como que qué calor está haciendo y esto va a ser el cambio climático y qué raro está el tiempo y no me extraña con todo lo que le hacemos al planeta Tierra, lo típico, vamos, un camarero dejó caer sobre la mesa, a modo de dádiva, un plato con unas cuñas de queso y unos picos de pan. Voló en un momento y el pan también. Y otra vez a pasar hambre y a buscar temas de conversación.

En la mesa de la del plátano se lo estaban pasando muy bien, o eso parecía por los gritos y las risas ¡Vivan los novios!, gritaron muy oportunos ya que se trataba de una boda y, a continuación, “¡que se besen, que se besen! y ya cogiendo impulso, ¡que se morren, que se morren!”

Mucho han tardado los de Cuenca, son impresentables, dijo la mujer de la pareja desigual. Se hacía la fina pero cuando trajeron el plato con las seis gambas bien que se tiró encima con muy pocos modales.

Y Carlos, otra vez, como si siguiéramos dentro del coche por esas carreteras con girasoles a los lados, los dos solos, “¿pero para qué se casa la gente? Contraer matrimonio, pero si el mismo verbo contraer lo dice, lo mismo se contrae una enfermedad que una costumbre, o las dos a la vez, eso significa contraer”. Y yo, cállate, Carlos que estás metiendo la pata. Y él, pues no me da la gana, digo lo que pienso. Tiene una manía con decir lo que piensa… si lo que se piensa es justo lo que no conviene decir, será tonto. El grande que iba con la fina y que además tenía bastante cara de simio, nos miró con un odio que hasta miedo me estaba dando.

Por salir del terreno pantanoso en el que habíamos caído, volví al clima, “y cada día llueve menos, qué terrible la sequía, nos vamos a acabar matando por el agua”. Por el agua y por las gambas, soltó Carlos mirando a la fina que chupaba una cabeza o más bien la succionaba con fruición. Pero no le oyeron, menos mal, porque justo en ese momento volvieron los de Cuenca a sus gritos tribales o rituales o lo que fuera aquello. Y para remate, uno de ellos se levantó de la mesa y dio una voltereta en el aire mientras los otros le aplaudían.

Pero qué horror, no me lo puedo creer, de verdad que nunca he visto nada igual, dijo la fina depositando la cabeza reseca en una esquina del plato como si le diera asco a posteriori. La pareja de iguales como hermanos se empezó a reír pero por lo bajo, eran muy discretos ellos y no se pronunciaban en ningún sentido. Se oyó un trueno y al rato otro.

Por fin se animaron los novios tacaños a partir la tarta. El de las volteretas dio dos seguidas para celebrar que por fin se iba a llevar algo a la boca. No nos gusta el dulce a ninguno de los dos pero nos la comimos y hasta nos supo buena. Otro trueno y muy fuerte pero de agua, nada. Era una tormenta eléctrica, seca, qué cosa más triste, avara ella también. Como el cielo que estaba todo grisáceo y pesado.

Me hubiera gustado quedarme a bailar un rato, ya que estábamos,es lo más divertido de una boda, pero Carlos se quería ir, siempre se quiere ir de todas partes en cuanto llega, empieza a mover la pierna y a hacerme gestos señalándose el reloj. En el coche, con los girasoles a los lados otra vez, pensé que aunque no estábamos casados también habíamos contraído algo. Una costumbre, la de estar juntos. Se lo dije para picarle pero otra costumbre que ha contraído, esta solo él, es la de pasar de lo que le digo, como si no lo oyera. Puso una música que antes nos gustaba a los dos pero que ahora a mí ya no me gusta. Él se cree que sí.