Mes: junio 2017

Catana o bizcocho

Me apetecía mucho ver a Sara y hablar con ella. De todo el grupo de amigas que éramos, un grupo que ya se ha dispersado y deshecho, ella siempre fue la más acogedora, la que ayudaba a todas las demás, la que se ofrecía a hacer favores y los hacía y además sin darse importancia.

En los grupos se suelen poner etiquetas, no es que esté bien ponerlas porque una persona es algo muy complejo pero se hace casi de forma inconsciente. En este también teníamos la nuestra, más o menos definida y ella, Sara, llevaba la etiqueta de “buena”. Es que lo era, la mejor de todas, y no sólo con nosotras, sus amigas de entonces. Era entrañable y solícita con toda la gente de su alrededor, un alrededor bastante amplio.

Mientras pasaba por los sitios que frecuentábamos antes, en especial un bar donde muchas mañanas tomábamos café, me acordé de que Sara solía llevar unos bolsos muy grandes y también recordé lo cansado que resultaba a veces ir con ella por la calle, además de porque andaba muy lentamente  porque se iba encontrando con muchos conocidos del barrio que la paraban para contarle sus problemas y como es enfermera también le pedían ayuda práctica, como que tomara la tensión o que pusiera una vacuna. Ella siempre decía que sí y escuchaba abriendo mucho los ojos. Ojos atentos como pocos he visto.

A mí me parecían unos plastas la mayoría  y me aburría de oír relatar  pesadeces pero me fijaba en ellos para regalarle personajes a otra de las del grupo, que hacía dibujos satíricos y siempre estaba buscando con qué alimentarlos.  Un día, en uno de esos cafés nos dibujó a todas en una servilleta, a cada una con nuestro rasgo peculiar destacado, a Sara con su bolso enorme del que sobresalía un bizcocho también enorme y muchos niños colgándole de los brazos,  como un árbol lleno de frutos.

Porque Sara hacía unos bizcochos riquísimos y los regalaba. Era una especie de madre universal y no le importaba llevarse al parque o al cine o a su casa a todos los niños, no solo a los suyos, y cuando a última hora íbamos a recogerlos no había estrangulado a ninguno ni tenía cara de querer suicidarse, al contrario, parecía feliz y decía que habían sido buenísimos aunque le hubieran tirado la bomba atómica en el pasillo, de lo cual eran muy capaces.

Llamé por el telefonillo y esperé abajo, junto a un edificio muy feo, gris, que pertenece al Metro pero que tiene delante dos árboles especialmente bonitos o a lo mejor son árboles normales pero es el contraste del gris feo de la fachada con sus ramas verdes lo que aumenta su belleza. Sara estaba más o menos como siempre pero mucho más delgada y con su bolso gigantesco colgado del hombro.

Vamos, dijo sin más, y echó a andar a toda velocidad. Corre, corre, nos da tiempo a cruzar. Cruzamos en rojo corriendo entre los coches y solo cuando ya llegamos al bar me preguntó, “¿y qué tal?” Pero en vez de escuchar con ojos atentos, como yo esperaba y deseaba porque no es fácil encontrar unos ojos así, se puso a contarme su qué tal, que era como son casi todos los quetales una vez que se ha pasado una frontera de edad, con partes buenas, partes normales la mayoría y alguna que otra desgracia para que pidas a gritos la vuelta a la normalidad de la que tanto te estabas quejando.

En realidad eso daba lo mismo, no era lo que me estaba contando lo que me sorprendió si no la indignación con la que lo contaba. Ver y escuchar a Sara tan indignada sí que no me lo esperaba, como tampoco me esperaba que a cada momento dijera esta frase, “qué ganas me están entrando de sacar la catana….” ¡la catana!, a ver si era eso lo que llevaba en ese bolso tan grande y déjate de bizcochos.

Ya me estaba dando hasta un poco de miedo, así que la escuché con ojos especialmente atentos, copiando lo que recordaba de los suyos y me ofrecí a ayudar en lo que necesitara aunque sabía que no necesitaba nada excepto hablar y amenazar con ensartar a unos cuantos en la catana.

Y a la vuelta mientras corríamos otra vez por las calles como si algún monstruo furioso nos persiguiera, el del paso del tiempo, pudiera ser y en ese caso ya podíamos dejar de correr, y otra vez cruzábamos en rojo, dijo algo que todavía me sorprendió más,  “si lo llego a saber me hago a los veinte una ligadura de trompas, menudo timo todo” ¿Cómo podía decir eso la madre universal, la mujer árbol de los niños frutos? pues lo dijo.

Y yo que pensaba que la gente cambia poco y que el que es de una manera lo sigue siendo toda su vida, salvo pequeñas alteraciones poco importantes…. Unos días después me encontré por la calle a la de los dibujos satíricos y le dije lo mucho que se había pasado de moda su dibujo aquel de la servilleta, en especial en lo que a Sara se refería.

Ah, bueno, dijo ella fumando, lanzándome el humo a la cara y luego espantándolo con la mano para que se desviara de camino,  pero eso no es tan raro y no creo que se haya transformado, en realidad. Lo más seguro es que siempre haya sido así, solo que no lo sabía.

No sé si me convence esa explicación pero a lo mejor tiene razón y hay partes nuestras más verdaderas que las que mostramos y ni siquiera las conocemos. Están ahí, escondidas por nuestros fondos y en cualquier momento emergen y cambiamos los bizcochos por catanas, o al revés, de guerreros sanguinarios pasamos a amorosos reposteros.

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Tienda japonesa

Algunas noches, en  sueños, se presentan dos amigas y me regañan. No las sueño a la vez, si viene una no viene la otra pero las dos tienen el mismo comportamiento recriminador. En lo real no son así, al contrario, me aceptan con mis imperfecciones, pero en el sueño quieren que cambie, que enderece aspectos de mi vida que ellas consideran torcidos. Esas amigas son en realidad el plasta de mi subconsciente disfrazado que aprovecha la noche para hablar, ya que de día está amordazado.

Las amigas toca narices ya llevaban varios sueños sin aparecer, tal vez porque en el último, contrariando mi natural pacífico que a lo mejor no lo es tanto,  pegué a una de ellas. Aunque, como suele suceder en lo onírico, mis golpes no le afectaban y seguía hablando y recriminando mientras yo me esforzaba en atizar sin resultados.

Los que sí volvieron hace dos noches fueron los reproches, se habían colado en los comentarios del blog. Un anónimo muy entrometido comentaba en varias entradas diciéndome lo mismo que me dicen mis amigas. Claro, como que era él otra vez pero con distinto traje.

Y ya que andaba por aquí dentro,  opinaba que debía  callarme ya, que era muy pesada y no tenía ninguna gracia y  me aconsejaba que no dijera más mentiras pero mucho menos verdades. Lo mandé al spam, que es como mandar a la mierda a lo virtual, pero desde allí seguía dando gritos junto con un portugués muy insistente que me augura “moito sucesso ” si pincho en su página.

Pero hoy ya he empezado a preocuparme cuando el que se ha presentado en mis sueños a enfurecerse ha sido el dependiente de una tienda. Es una tienda de cerámica japonesa en la que nunca he entrado pero paso por delante cada mañana y siempre  me paro un momento ante el escaparate porque me gusta mucho lo que exhibe.

Son objetos de delicadeza oriental,  con flores pintadas y formas extrañas pero sencillas a la vez. Como no tengo intención de comprar solo miro desde fuera, no me quiero parecer a mi abuela cuya diversión era entrar en las tiendas, sabiendo de antemano que no  iba a llevarse nada, a marear a los dependientes.

Detrás de un mostrador de madera y con un árbol de origamis colgado sobre la cabeza está el dueño, un señor al que nunca he mareado. Le acompaña un perrito de lanas que se pasea por ahí, mira la calle o duerme.

Pues esos dos son los que han venido esta noche. El perro ladraba con esa furia típica de los perros pequeños que no son conscientes de su tamaño o que suplen su escasa envergadura ladrando muy fuerte. El vendedor, con la cara enrojecida de ira y unos zapatos con alzas porque él también era muy pequeño de tamaño, a juego con su perro, me gritaba, en un japonés que en el sueño entendía perfectamente, que ya estaba bien de merodear por su negocio y que iba a cubrir el escaparate con una tela negra para que no pudiera mirar más. Yo lloraba como si el que me taparan la visión de las tazas, platos y vasos japoneses  fuera la pérdida más dura de mi vida.

Y desde mi diván gratuito, esto es todo por hoy. Ya sé que los sueños ajenos son muy poco interesantes, como casi todo lo ajeno, en realidad. Pero tenía que llevarle la contraria a ese idiota criticón de mi subconsciente, ¿que me calle, que no escriba más, que no cuente intimidades, que no mire más las tazas japonesas? Pues ahora verás, en la tienda ya he mirado un buen rato esta mañana y ahora esto, con sueño y todo.

 

 

Liberamos móviles

A falta de ríos o mares, los niños chapotean en la fuente de la plaza de Tirso de Molina soñando con olas y peces.

Los negros de mirada inquieta hacen bola con sus tenderetes y corren, corren a hundirse en la boca del metro.

Por detrás de las acacias florecidas aparecen dos cansados policías,
con desgana se pasean entre los grupos de borrachos,
rodean la estatua de Tirso donde alguien ha escrito, “Mójate”.

Un 26 surca una noche que de tan ardiente parece irreal.

Huele a vómito y a flores.

Liberamos móviles, dice el cartel luminoso.

Algo es algo.

Normal para la época del año

Los personajes también pasamos calor, no os creáis, sobre todo los personajes de un blog en tiempo real o en “streaming”, por meter una palabreja de actualidad y fingir que soy moderna. Que hace calor fuera, pues el mismo o más en nuestras vidas ficticias. Eso es así, no os penséis que la que nos inventó nos va a instalar un clima favorable ni mucho menos aire acondicionado. A mí me ha dejado un ventilador en el quiosco con el que pretende que me apañe y mejor no la critico mucho que me endosa un botijo por todo consuelo en la siguiente entrada. Lo mismo que ella sufre nos hace sufrir a nosotros. Para eso nos tiene, para fastidiarnos y sentirse acompañada.

Bueno, pues que sepáis que estas temperaturas de las que habréis oído decir como unas mil veces por segundo, que no son normales para esta época del año o que no corresponden a lo que es habitual para esta época del año, sí lo son y sí corresponden. Lo normal en esta época del año y a partir de ahora en todas las épocas del año es que impere lo anormal o que lo que considerado anormal hasta ahora sea lo habitual. No os asustéis demasiado o sí, asustaros bastante e id preparando vuestras vidas para la anormalidad, eso será lo normal.

Por ahí por vuestro mundo circula un ser que debería ser de ficción, pero que resulta que es real y poderoso. Dice que no cree en el cambio climático, que eso es una tontería que se han inventado los chinos para fastidiar. Lo normal tratándose de un anormal. También empieza a ser muy normal que los que gobiernan y llevan las riendas del mundo, pobre mundo, parezcan sacados de una historia creada por un demente y que sean entre chistosos y diabólicos. Todo lo que os parece extraño terminará por pareceros normal para la época del año. Lo siento, no son buenas noticias.

Y lo dejo ya que me estoy mareando con el calor de pega. Adiós,  seres humanos, no me da envidia vuestra realidad. Claro que como la mía es un reflejo de la vuestra tampoco me puedo hacer mucho la chula, con lo que a mí me gusta.

Os saluda atentamente un personaje ya un poco pasado de rosca llamado Esmeralda. Lo normal para esta época del año.

Absurdos y posmodernos

Fuimos al teatro a ver una obra del género del absurdo. En mi vida había oído a tanta gente toser a la vez y durante tanto tiempo en un teatro y puede que en ninguna otra parte, ni siquiera en un centro de salud en temporada gripal. Tanto tosían, se ahogaban, carraspeaban y hacían todo tipo de ruidos con la garganta asociados al toser y sus derivados que pensé si no sería parte de la obra.

Pero no, porque eso corresponde más bien al teatro posmoderno,  también habíamos ido a ver una función de ese otro estilo hacía poco. En esa todos los personajes tenían unos traumas considerables y una desazón de vivir muy profunda y lo intentaban resolver quedándose en pelotas a la mínima oportunidad y enrollándose unos con otros y todos con todos, también a la mínima oportunidad o incluso sin oportunidad.

Si así lo resolvían o se quedaban como estaban pero con una alegría para el cuerpo o un disgusto, porque muy felices no se los veía, era un sexo muy torturado el que practicaban, un sexo a la deseperada, es algo que no te aclaraban. Lo tenías que deducir tú como espectador, si te quedaban ganas.

Muchas no te quedaban porque era una de esas obras, además de tirando a larga- todo ese dramón no se cuenta en un momento- en la que se pasaba bastante miedo. Desde el inicio sobrevolaba la posibilidad de que un actor en pelotas, rompiendo la cuarta pared, te viniera a buscar a tu asiento y te sacara al escenario para que tú también te desnudaras e hicieras tu catarsis, lo quisieras o no.

En esta otra miedo no pasamos y si la gente tosía mucho es porque tenía ganas de toser y lo hacían con mucha libertad, sin reprimirse. También comían caramelos envueltos en papeles muy crujientes con total libertad, incluso emitían, entre tos y tos y carraspeo y carraspeo, comentarios sobre los actores con toda la libertad del mundo, porque para eso vivimos en una democracia y tenemos nuestros derechos fundamentales.

Además que no se paga una entrada de teatro, con lo caro que cuesta, para estarse callado, con las piernas encogidas en un asiento incómodo y sin poder ni toser si te pica la garganta o decirle al de al lado, “qué fea es la del medio, ¿verdad?”, caso de que la que esté en el medio sea fea o te lo parezca.

Como era del género del absurdo, un personaje decía, “me gusta comer mandarinas a la hora de la siesta” y el otro le contestaba, “nuestro vecino el dentista no se ha lavado la cabeza”, es un ejemplo, no decían exactamente eso pero sí de forma aproximada. Los de las toses no paraban de reírse, de comer caramelos de papel crujiente para detener la tos, no lo lograban, se reían más, desencadenando con la risa nuevos ataques de tos y nuevas aperturas de caramelos.

Hay que reconocer que tenía bastante gracia ver a esas parejas del escenario, eran seis en total, conversando sin escucharse los unos a los otros. Lo más seguro es que los espectadores se vieran reflejados y por eso se reían y se ahogaban libremente. Porque quién no tiene o ha tenido o tendrá una pareja que no le hace ni caso. Quién no ha experimentado esos momentos de incomunicación.

A la salida caminamos en grupo por las calles. Había otros muchos grupos que hacían lo mismo que nosotros. Como es normal entre personas que se conocen y salen juntas, íbamos hablando pero sin hacernos demasiado caso, o un caso muy relativo, los unos a los otros. No es que estuviéramos haciendo teatro ni que nos hubiera influido la obra hasta ese extremo, es que somos así normalmente, solo que no nos habíamos dado cuenta de que somos así hasta que no lo hemos visto representado.

Por un momento, tuvimos un estremecimiento de terror al comprobar que éramos tan absurdos como los personajes de una tragicomedia. Pero a la segunda cerveza ya se nos había olvidado y seguimos con nuestras conversaciones acostumbradas y con nuestras vidas también acostumbradas.

Y al volver ya a casa tal vez sentimos una cierta desesperación y un cierto desaliento posmoderno porque habíamos imaginado la noche del sábado mucho más grandiosa, como otras noches lejanas y ya casi olvidadas, y solo había sido una noche normal y hasta un poco aburrida a tramos. Comprendimos que esas noches casi con toda seguridad no volverían jamás y eso era desesperante y desazonador. Pero nos contuvimos y pese a vivir en una sociedad libre y ser libres nosotros no nos quedamos en bolas en mitad de la calle tirándonos de los pelos y liándonos hasta con las estatuas.

Se puede vivir así, en el absurdo y rozando la posmodernidad sin que nadie te lo note y hasta sin notarlo tú mismo.

Tilo, campo vacío y estrellas

Por el caminó recordé que en el jardín tenían un tilo y eso me puso contenta. En junio florecen los tilos y me imaginé que habrían puesto la mesa justo debajo y que podría estar oliendo las flores del tilo y así, aunque me aburriera de la conversación, cosa que me ocurre muy a menudo, no me importaría porque estaría oliendo y también mirando el campo vacío que hay delante de la casa. Uno de esos campos pelados donde iban a construir pero se paró la obra o más bien ni siquiera empezó y ahora no es ni campo ni nada. Un camino que hace eses lo atraviesa y a veces se ve gente con perros o una persona sola y nada más.

Me gusta esa especie de desolación y de vacío de esos campos que no son campos aunque prefiera el campo de verdad. También recordé que no hacía mucho había estado en esa misma casa en una fiesta por la noche y que había salido de la casa muchas veces, con la excusa de que el gato me daba alergia, a mirar la luna que estaba colocada sobre ese falso campo, iluminándolo, y que había sido la imagen más bonita que había visto en mucho tiempo. También vi estrellas esa noche, las estrellas no están casi nunca a mi alcance y mientras dentro hablaban de esos temas de conversación que me dan un tremendo sueño, yo estaba fuera mirando la luna y las estrellas y sintiéndome muy feliz, mucho.

Y como uno tiende a pensar cosas que no son pensé, en es mismo momento, que si tuviera una casa como esa, con un jardín pequeño, dos árboles,uno de ellos un tilo que floreciera en junio, un campo raro y vacío delante y la posibilidad de ver las estrellas por la noche, sería siempre feliz, tanto como en ese momento y nunca tendría esos ataques de melancolía y negrura que tengo a veces y que me dan miedo, no tanto por lo que son, como por la posibilidad de que algún día me estanque en ellos y no pueda volver a mi natural forma de ser.

Justo estaba pensando eso, que si pudiera salir todas las noches un rato al silencio y a las estrellas, siempre sería feliz, cuando llegué a la casa del tilo y tuve que dejar de pensar para ponerme a saludar. La mesa estaba puesta debajo del tilo, tal como había imaginado por el camino y olía muy bien a las flores recién nacidas. En esa casa viven un gato asmático que siempre está tosiendo y se ahoga y además es ciego. Y un perro enorme, un mastín, que impone con su sola presencia si no lo conoces. El mastín es muy cobarde y se asusta de todo, cualquier ruido fuerte le hace llorar de miedo, pero el gato ciego y asmático es muy valiente y muchas veces, pese a sus limitaciones, se escapa para salir de expedición.

Precisamente el gato se había escapado hacía dos días y como todavía no había regresado, cosa rara porque normalmente no desaparece por mucho tiempo, sus dueños estaban muy preocupados y hablaban todo el tiempo del pobre gato que probablemente ya estaba muerto, aplastado por algún coche.
Se veía que de verdad sufrían por su gato perdido. También hablaron de uno de sus hijos, que lo estaba pasando mal en el colegio y ellos no sabían qué hacer ni cómo ayudarle, lo cual era muy angustioso.

En plena narración del acoso escolar del niño tiraron un petardo por algún sitio cercano y el perro enorme se metió llorando y aullando debajo de la mesa y debido a su tamaño y corpulencia la mesa se movió, se cayeron dos copas de vino y mancharon el mantel, que era blanco, y noté una cara de cierta infelicidad, por no decir de cabreo absoluto, en la anfitriona y dueña de la casa de mis sueños.

Me dio por pensar que para ser feliz de verdad habría que llevarse el tilo con sus flores aromáticas y las estrellas de por la noche y la luna a un lugar donde no se pierdan los gatos ni existan hijos con problemas ni nos duela nunca nada ni nos quedemos sin trabajo y el trabajo que tengamos nos guste siempre, no nos aburran nunca las conversaciones de los otros, no nos hagamos viejos y a los manteles blancos no les caigan encima copas de vino tinto y si les caen que las lave otro.

De todas maneras, sigo creyendo, aunque con menos seguridad que antes, que me sería más fácil no caer en la melancolía si tuviera cerca un árbol, un campo vacío y raro delante y unas cuantas estrellas para por las noches.