Día: 7 junio, 2017

Tilo, campo vacío y estrellas

Por el caminó recordé que en el jardín tenían un tilo y eso me puso contenta. En junio florecen los tilos y me imaginé que habrían puesto la mesa justo debajo y que podría estar oliendo las flores del tilo y así, aunque me aburriera de la conversación, cosa que me ocurre muy a menudo, no me importaría porque estaría oliendo y también mirando el campo vacío que hay delante de la casa. Uno de esos campos pelados donde iban a construir pero se paró la obra o más bien ni siquiera empezó y ahora no es ni campo ni nada. Un camino que hace eses lo atraviesa y a veces se ve gente con perros o una persona sola y nada más.

Me gusta esa especie de desolación y de vacío de esos campos que no son campos aunque prefiera el campo de verdad. También recordé que no hacía mucho había estado en esa misma casa en una fiesta por la noche y que había salido de la casa muchas veces, con la excusa de que el gato me daba alergia, a mirar la luna que estaba colocada sobre ese falso campo, iluminándolo, y que había sido la imagen más bonita que había visto en mucho tiempo. También vi estrellas esa noche, las estrellas no están casi nunca a mi alcance y mientras dentro hablaban de esos temas de conversación que me dan un tremendo sueño, yo estaba fuera mirando la luna y las estrellas y sintiéndome muy feliz, mucho.

Y como uno tiende a pensar cosas que no son pensé, en es mismo momento, que si tuviera una casa como esa, con un jardín pequeño, dos árboles,uno de ellos un tilo que floreciera en junio, un campo raro y vacío delante y la posibilidad de ver las estrellas por la noche, sería siempre feliz, tanto como en ese momento y nunca tendría esos ataques de melancolía y negrura que tengo a veces y que me dan miedo, no tanto por lo que son, como por la posibilidad de que algún día me estanque en ellos y no pueda volver a mi natural forma de ser.

Justo estaba pensando eso, que si pudiera salir todas las noches un rato al silencio y a las estrellas, siempre sería feliz, cuando llegué a la casa del tilo y tuve que dejar de pensar para ponerme a saludar. La mesa estaba puesta debajo del tilo, tal como había imaginado por el camino y olía muy bien a las flores recién nacidas. En esa casa viven un gato asmático que siempre está tosiendo y se ahoga y además es ciego. Y un perro enorme, un mastín, que impone con su sola presencia si no lo conoces. El mastín es muy cobarde y se asusta de todo, cualquier ruido fuerte le hace llorar de miedo, pero el gato ciego y asmático es muy valiente y muchas veces, pese a sus limitaciones, se escapa para salir de expedición.

Precisamente el gato se había escapado hacía dos días y como todavía no había regresado, cosa rara porque normalmente no desaparece por mucho tiempo, sus dueños estaban muy preocupados y hablaban todo el tiempo del pobre gato que probablemente ya estaba muerto, aplastado por algún coche.
Se veía que de verdad sufrían por su gato perdido. También hablaron de uno de sus hijos, que lo estaba pasando mal en el colegio y ellos no sabían qué hacer ni cómo ayudarle, lo cual era muy angustioso.

En plena narración del acoso escolar del niño tiraron un petardo por algún sitio cercano y el perro enorme se metió llorando y aullando debajo de la mesa y debido a su tamaño y corpulencia la mesa se movió, se cayeron dos copas de vino y mancharon el mantel, que era blanco, y noté una cara de cierta infelicidad, por no decir de cabreo absoluto, en la anfitriona y dueña de la casa de mis sueños.

Me dio por pensar que para ser feliz de verdad habría que llevarse el tilo con sus flores aromáticas y las estrellas de por la noche y la luna a un lugar donde no se pierdan los gatos ni existan hijos con problemas ni nos duela nunca nada ni nos quedemos sin trabajo y el trabajo que tengamos nos guste siempre, no nos aburran nunca las conversaciones de los otros, no nos hagamos viejos y a los manteles blancos no les caigan encima copas de vino tinto y si les caen que las lave otro.

De todas maneras, sigo creyendo, aunque con menos seguridad que antes, que me sería más fácil no caer en la melancolía si tuviera cerca un árbol, un campo vacío y raro delante y unas cuantas estrellas para por las noches.

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