Día: 13 junio, 2017

Absurdos y posmodernos

Fuimos al teatro a ver una obra del género del absurdo. En mi vida había oído a tanta gente toser a la vez y durante tanto tiempo en un teatro y puede que en ninguna otra parte, ni siquiera en un centro de salud en temporada gripal. Tanto tosían, se ahogaban, carraspeaban y hacían todo tipo de ruidos con la garganta asociados al toser y sus derivados que pensé si no sería parte de la obra.

Pero no, porque eso corresponde más bien al teatro posmoderno,  también habíamos ido a ver una función de ese otro estilo hacía poco. En esa todos los personajes tenían unos traumas considerables y una desazón de vivir muy profunda y lo intentaban resolver quedándose en pelotas a la mínima oportunidad y enrollándose unos con otros y todos con todos, también a la mínima oportunidad o incluso sin oportunidad.

Si así lo resolvían o se quedaban como estaban pero con una alegría para el cuerpo o un disgusto, porque muy felices no se los veía, era un sexo muy torturado el que practicaban, un sexo a la deseperada, es algo que no te aclaraban. Lo tenías que deducir tú como espectador, si te quedaban ganas.

Muchas no te quedaban porque era una de esas obras, además de tirando a larga- todo ese dramón no se cuenta en un momento- en la que se pasaba bastante miedo. Desde el inicio sobrevolaba la posibilidad de que un actor en pelotas, rompiendo la cuarta pared, te viniera a buscar a tu asiento y te sacara al escenario para que tú también te desnudaras e hicieras tu catarsis, lo quisieras o no.

En esta otra miedo no pasamos y si la gente tosía mucho es porque tenía ganas de toser y lo hacían con mucha libertad, sin reprimirse. También comían caramelos envueltos en papeles muy crujientes con total libertad, incluso emitían, entre tos y tos y carraspeo y carraspeo, comentarios sobre los actores con toda la libertad del mundo, porque para eso vivimos en una democracia y tenemos nuestros derechos fundamentales.

Además que no se paga una entrada de teatro, con lo caro que cuesta, para estarse callado, con las piernas encogidas en un asiento incómodo y sin poder ni toser si te pica la garganta o decirle al de al lado, “qué fea es la del medio, ¿verdad?”, caso de que la que esté en el medio sea fea o te lo parezca.

Como era del género del absurdo, un personaje decía, “me gusta comer mandarinas a la hora de la siesta” y el otro le contestaba, “nuestro vecino el dentista no se ha lavado la cabeza”, es un ejemplo, no decían exactamente eso pero sí de forma aproximada. Los de las toses no paraban de reírse, de comer caramelos de papel crujiente para detener la tos, no lo lograban, se reían más, desencadenando con la risa nuevos ataques de tos y nuevas aperturas de caramelos.

Hay que reconocer que tenía bastante gracia ver a esas parejas del escenario, eran seis en total, conversando sin escucharse los unos a los otros. Lo más seguro es que los espectadores se vieran reflejados y por eso se reían y se ahogaban libremente. Porque quién no tiene o ha tenido o tendrá una pareja que no le hace ni caso. Quién no ha experimentado esos momentos de incomunicación.

A la salida caminamos en grupo por las calles. Había otros muchos grupos que hacían lo mismo que nosotros. Como es normal entre personas que se conocen y salen juntas, íbamos hablando pero sin hacernos demasiado caso, o un caso muy relativo, los unos a los otros. No es que estuviéramos haciendo teatro ni que nos hubiera influido la obra hasta ese extremo, es que somos así normalmente, solo que no nos habíamos dado cuenta de que somos así hasta que no lo hemos visto representado.

Por un momento, tuvimos un estremecimiento de terror al comprobar que éramos tan absurdos como los personajes de una tragicomedia. Pero a la segunda cerveza ya se nos había olvidado y seguimos con nuestras conversaciones acostumbradas y con nuestras vidas también acostumbradas.

Y al volver ya a casa tal vez sentimos una cierta desesperación y un cierto desaliento posmoderno porque habíamos imaginado la noche del sábado mucho más grandiosa, como otras noches lejanas y ya casi olvidadas, y solo había sido una noche normal y hasta un poco aburrida a tramos. Comprendimos que esas noches casi con toda seguridad no volverían jamás y eso era desesperante y desazonador. Pero nos contuvimos y pese a vivir en una sociedad libre y ser libres nosotros no nos quedamos en bolas en mitad de la calle tirándonos de los pelos y liándonos hasta con las estatuas.

Se puede vivir así, en el absurdo y rozando la posmodernidad sin que nadie te lo note y hasta sin notarlo tú mismo.