Día: 27 junio, 2017

Tienda japonesa

Algunas noches, en  sueños, se presentan dos amigas y me regañan. No las sueño a la vez, si viene una no viene la otra pero las dos tienen el mismo comportamiento recriminador. En lo real no son así, al contrario, me aceptan con mis imperfecciones, pero en el sueño quieren que cambie, que enderece aspectos de mi vida que ellas consideran torcidos. Esas amigas son en realidad el plasta de mi subconsciente disfrazado que aprovecha la noche para hablar, ya que de día está amordazado.

Las amigas toca narices ya llevaban varios sueños sin aparecer, tal vez porque en el último, contrariando mi natural pacífico que a lo mejor no lo es tanto,  pegué a una de ellas. Aunque, como suele suceder en lo onírico, mis golpes no le afectaban y seguía hablando y recriminando mientras yo me esforzaba en atizar sin resultados.

Los que sí volvieron hace dos noches fueron los reproches, se habían colado en los comentarios del blog. Un anónimo muy entrometido comentaba en varias entradas diciéndome lo mismo que me dicen mis amigas. Claro, como que era él otra vez pero con distinto traje.

Y ya que andaba por aquí dentro,  opinaba que debía  callarme ya, que era muy pesada y no tenía ninguna gracia y  me aconsejaba que no dijera más mentiras pero mucho menos verdades. Lo mandé al spam, que es como mandar a la mierda a lo virtual, pero desde allí seguía dando gritos junto con un portugués muy insistente que me augura “moito sucesso ” si pincho en su página.

Pero hoy ya he empezado a preocuparme cuando el que se ha presentado en mis sueños a enfurecerse ha sido el dependiente de una tienda. Es una tienda de cerámica japonesa en la que nunca he entrado pero paso por delante cada mañana y siempre  me paro un momento ante el escaparate porque me gusta mucho lo que exhibe.

Son objetos de delicadeza oriental,  con flores pintadas y formas extrañas pero sencillas a la vez. Como no tengo intención de comprar solo miro desde fuera, no me quiero parecer a mi abuela cuya diversión era entrar en las tiendas, sabiendo de antemano que no  iba a llevarse nada, a marear a los dependientes.

Detrás de un mostrador de madera y con un árbol de origamis colgado sobre la cabeza está el dueño, un señor al que nunca he mareado. Le acompaña un perrito de lanas que se pasea por ahí, mira la calle o duerme.

Pues esos dos son los que han venido esta noche. El perro ladraba con esa furia típica de los perros pequeños que no son conscientes de su tamaño o que suplen su escasa envergadura ladrando muy fuerte. El vendedor, con la cara enrojecida de ira y unos zapatos con alzas porque él también era muy pequeño de tamaño, a juego con su perro, me gritaba, en un japonés que en el sueño entendía perfectamente, que ya estaba bien de merodear por su negocio y que iba a cubrir el escaparate con una tela negra para que no pudiera mirar más. Yo lloraba como si el que me taparan la visión de las tazas, platos y vasos japoneses  fuera la pérdida más dura de mi vida.

Y desde mi diván gratuito, esto es todo por hoy. Ya sé que los sueños ajenos son muy poco interesantes, como casi todo lo ajeno, en realidad. Pero tenía que llevarle la contraria a ese idiota criticón de mi subconsciente, ¿que me calle, que no escriba más, que no cuente intimidades, que no mire más las tazas japonesas? Pues ahora verás, en la tienda ya he mirado un buen rato esta mañana y ahora esto, con sueño y todo.