Día: 4 julio, 2017

El paraíso aburrido

En el verano de sus quince años mi hermana conoció a una chica de la que se hizo muy amiga. A mi madre no le gustaba nada la tal amiga, de nombre Guadalupe, decía que le parecía una mala compañía. Lo que no sabía mi madre es que mi hermana también lo era, así que se neutralizaban la una a la otra. Porque para que una compañía sea mala de verdad tiene que encontrar a un ser inocente al que torcer y ese no era el caso de ninguna de las dos.

A mí lo que más me gustaba de Lupe era que vivía en una urbanización con piscina, con dos piscinas, una infantil y otra muy grande, olímpica, decía ella. Alrededor de esas tres piscinas había amplias laderas de césped con sus sombrillas de colores clavadas, unos cuantos sauces llorones y una especie de chiringuito donde se podían comprar refrescos, helados y bolsas de patatas fritas.

Estaba deseando que me invitaran porque nosotros no teníamos piscina y solo íbamos de vez en cuando a una municipal. Pero, más que por bañarme, lo deseaba porque en esa urbanización podría haber gente de mi edad. La casa de mis abuelos, antes llena, empezaba a vaciarse, solo quedábamos los más pequeños pero todos habían entrado ya en la adolescencia. Solo yo me había quedado, muy a mi pesar, al otro lado de la frontera.

Lupe era alta y con la cara alargada, un poco de caballo. El pelo lo tenía largo y rizado y siempre se estaba enroscando o estirando un mechón entre los dedos. Venía en una vespino roja a buscar a mi hermana y desparecían las dos cuesta abajo en dirección a la piscina olímpica o hacia otras direcciones desconocidas donde se encontraban con más amigos de Lupe, todos ellos presuntas malas compañías.

Quería ir con ellas pero mi hermana me tenía amenazada de muerte si me acercaba demasiado. Hasta que un día Lupe, que generalmente no me hablaba, me invitó a ir a su piscina. La invitación escondía una trampa porque Guadalupe tenía un hermana pequeña, de unos seis años, a la que tenía que cuidar algunas mañanas. El plan oculto era que yo hiciera de canguro mientras ellas se dedicaban a sus cosas, esas cosas misteriosas que yo estaba deseando averiguar.

Primero fuimos a su casa, nos abrió un señor, su padre, muy parecido a ella pero con la cara todavía más alargada y además cojo. Las dos  se encerraron en el cuarto de Lupe y echaron el pestillo. Yo me quedé sentada en un banco que había en la entrada, junto al señor caballo y  la hermana pequeña, María. De vez en cuando el padre se levantaba, iba hasta la puerta del cuarto y con mucha paciencia les pedía que abrieran. Como no le hacían caso, ni siquiera le contestaban, volvía al banco de la entrada y mientras daba vueltas con la punta del bastón en el suelo, como si fuera una cucharilla dentro de una taza, pronunciaba la siguiente frase “incierto se presenta el reinado de Witiza”. Cada vez que decía eso, la niña María le pegaba una patada.

Pues sí que empezaba bien la mañana de piscina y malas compañías. La operación de ir hasta la puerta, llamar, pedir que abrieran, volver al banco, frase y patada se repitió unas cuantas veces, igual que si estuviéramos los tres en una pesadilla. Para entretenerme me dediqué a mirar los bastones del paragüero, el señor caballo tenía una colección de lo más variada, cada uno de ellos con un mango diferente. Después de lo que me pareció muchísimo rato, salieron las dos del cuarto entre odiosas risitas y nos fuimos a las piscinas.

Vosotras ahí, me dijeron señalando la piscina de los niños. Pero antes de dejarnos instaladas, Lupe se acercó a mí y me dijo, ¿a qué te crees muy guapa? La verdad era que no me creía guapa, así que le dije que no. Falsa, me contestó ella, odio la falsa modestia. Observé que en bikini no tenía buen tipo, las piernas le formaban una equis y no era muy armónica, su parte superior no coordinaba con la inferior. Yo estoy muy orgullosa de mi cuerpo, me gusta mucho mi cuerpo, eso que lo sepas, me dijo después como si me hubiera adivinado el pensamiento. Bueno, pues ya lo sabía, ¿y por qué me decía esas cosas?, toda la mañana me quedé pensando en sus palabras sin llegar a ninguna conclusión.

Me aburría con la niña en la piscina infantil con un agua caliente que debía de estar llena de pises. Ellas se habían puesto a hablar y a reírse con los socorristas y al cabo de un rato, sin bañarse siquiera, se largaron. Por detrás del seto vi alejarse a la vespino roja y por ese mismo seto, en dirección opuesta, brotó al rato la figura alargada y renga del padre. Se acercó cojeando hasta donde estábamos y me preguntó por ellas dos.

No supe decirle dónde habían ido ni si pensaban volver, tenían la costumbre de desparecer durante el día entero sin previo aviso, alguna vez no habían vuelto hasta por la noche y mi madre iba y venía por la casa abriendo y cerrando ventanas, que era lo que hacía cuando estaba nerviosa, y diciendo dónde estará, dónde estará, espero que no hayan tenido un accidente, cuándo vuelva se va a enterar, si no viene a comer tiene que avisar y con este calor, todo el día por ahí, no me gusta esa chica.

Por la cara que puso al preguntarme dónde habían ido, como si en parte fuera culpa mía su desaparición, supe que estaba pensando que mi hermana era la mala compañía y no su Lupe. La niña María le salpicó alegremente los pantalones con el agua de pis. Incierto se le presentaba el verano al señor caballo por culpa de esas dos.

Y mientras subía la cuesta a pleno sol pensaba que incierto pero sobre todo aburrido se me presentaba a mí. Deseaba tener yo también alguna mala compañía que me viniera a buscar en moto y me sacara de la casa del monte, tan perdida y solitaria, mi antiguo paraíso terrenal lleno de hortensias multicolores. Me puse a dar vueltas con la bici alrededor del castaño, el pensamiento mágico me había abandonado y ya no me salía viajar con la imaginación. Solo estaba dando vueltas, levantando polvo.