El paraíso aburrido

En el verano de sus quince años mi hermana conoció a una chica de la que se hizo muy amiga. A mi madre no le gustaba nada la tal amiga, de nombre Guadalupe, decía que le parecía una mala compañía. Lo que no sabía mi madre es que mi hermana también lo era, así que se neutralizaban la una a la otra. Porque para que una compañía sea mala de verdad tiene que encontrar a un ser inocente al que torcer y ese no era el caso de ninguna de las dos.

A mí lo que más me gustaba de Lupe era que vivía en una urbanización con piscina, con dos piscinas, una infantil y otra muy grande, olímpica, decía ella. Alrededor de esas tres piscinas había amplias laderas de césped con sus sombrillas de colores clavadas, unos cuantos sauces llorones y una especie de chiringuito donde se podían comprar refrescos, helados y bolsas de patatas fritas.

Estaba deseando que me invitaran porque nosotros no teníamos piscina y solo íbamos de vez en cuando a una municipal. Pero, más que por bañarme, lo deseaba porque en esa urbanización podría haber gente de mi edad. La casa de mis abuelos, antes llena, empezaba a vaciarse, solo quedábamos los más pequeños pero todos habían entrado ya en la adolescencia. Solo yo me había quedado, muy a mi pesar, al otro lado de la frontera.

Lupe era alta y con la cara alargada, un poco de caballo. El pelo lo tenía largo y rizado y siempre se estaba enroscando o estirando un mechón entre los dedos. Venía en una vespino roja a buscar a mi hermana y desparecían las dos cuesta abajo en dirección a la piscina olímpica o hacia otras direcciones desconocidas donde se encontraban con más amigos de Lupe, todos ellos presuntas malas compañías.

Quería ir con ellas pero mi hermana me tenía amenazada de muerte si me acercaba demasiado. Hasta que un día Lupe, que generalmente no me hablaba, me invitó a ir a su piscina. La invitación escondía una trampa porque Guadalupe tenía un hermana pequeña, de unos seis años, a la que tenía que cuidar algunas mañanas. El plan oculto era que yo hiciera de canguro mientras ellas se dedicaban a sus cosas, esas cosas misteriosas que yo estaba deseando averiguar.

Primero fuimos a su casa, nos abrió un señor, su padre, muy parecido a ella pero con la cara todavía más alargada y además cojo. Las dos  se encerraron en el cuarto de Lupe y echaron el pestillo. Yo me quedé sentada en un banco que había en la entrada, junto al señor caballo y  la hermana pequeña, María. De vez en cuando el padre se levantaba, iba hasta la puerta del cuarto y con mucha paciencia les pedía que abrieran. Como no le hacían caso, ni siquiera le contestaban, volvía al banco de la entrada y mientras daba vueltas con la punta del bastón en el suelo, como si fuera una cucharilla dentro de una taza, pronunciaba la siguiente frase “incierto se presenta el reinado de Witiza”. Cada vez que decía eso, la niña María le pegaba una patada.

Pues sí que empezaba bien la mañana de piscina y malas compañías. La operación de ir hasta la puerta, llamar, pedir que abrieran, volver al banco, frase y patada se repitió unas cuantas veces, igual que si estuviéramos los tres en una pesadilla. Para entretenerme me dediqué a mirar los bastones del paragüero, el señor caballo tenía una colección de lo más variada, cada uno de ellos con un mango diferente. Después de lo que me pareció muchísimo rato, salieron las dos del cuarto entre odiosas risitas y nos fuimos a las piscinas.

Vosotras ahí, me dijeron señalando la piscina de los niños. Pero antes de dejarnos instaladas, Lupe se acercó a mí y me dijo, ¿a qué te crees muy guapa? La verdad era que no me creía guapa, así que le dije que no. Falsa, me contestó ella, odio la falsa modestia. Observé que en bikini no tenía buen tipo, las piernas le formaban una equis y no era muy armónica, su parte superior no coordinaba con la inferior. Yo estoy muy orgullosa de mi cuerpo, me gusta mucho mi cuerpo, eso que lo sepas, me dijo después como si me hubiera adivinado el pensamiento. Bueno, pues ya lo sabía, ¿y por qué me decía esas cosas?, toda la mañana me quedé pensando en sus palabras sin llegar a ninguna conclusión.

Me aburría con la niña en la piscina infantil con un agua caliente que debía de estar llena de pises. Ellas se habían puesto a hablar y a reírse con los socorristas y al cabo de un rato, sin bañarse siquiera, se largaron. Por detrás del seto vi alejarse a la vespino roja y por ese mismo seto, en dirección opuesta, brotó al rato la figura alargada y renga del padre. Se acercó cojeando hasta donde estábamos y me preguntó por ellas dos.

No supe decirle dónde habían ido ni si pensaban volver, tenían la costumbre de desparecer durante el día entero sin previo aviso, alguna vez no habían vuelto hasta por la noche y mi madre iba y venía por la casa abriendo y cerrando ventanas, que era lo que hacía cuando estaba nerviosa, y diciendo dónde estará, dónde estará, espero que no hayan tenido un accidente, cuándo vuelva se va a enterar, si no viene a comer tiene que avisar y con este calor, todo el día por ahí, no me gusta esa chica.

Por la cara que puso al preguntarme dónde habían ido, como si en parte fuera culpa mía su desaparición, supe que estaba pensando que mi hermana era la mala compañía y no su Lupe. La niña María le salpicó alegremente los pantalones con el agua de pis. Incierto se le presentaba el verano al señor caballo por culpa de esas dos.

Y mientras subía la cuesta a pleno sol pensaba que incierto pero sobre todo aburrido se me presentaba a mí. Deseaba tener yo también alguna mala compañía que me viniera a buscar en moto y me sacara de la casa del monte, tan perdida y solitaria, mi antiguo paraíso terrenal lleno de hortensias multicolores. Me puse a dar vueltas con la bici alrededor del castaño, el pensamiento mágico me había abandonado y ya no me salía viajar con la imaginación. Solo estaba dando vueltas, levantando polvo.

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37 comentarios en “El paraíso aburrido

  1. Sin embargo, esos paraísos aburridos son ahora para los que te leemos un deleite. La idea del paraíso y la de la felicidad, quizás porque en el fondo vienen a ser lo mismo, convergen en ese punto, cuando los hemos dejado atrás es cuando los echamos de menos. Un abrazo, Paloma

    1. Gracias, Eladio.
      Ahora tener una casa así, lejos del mundanal ruido y donde poder aburrirme creo que me encantaría pero con doce o trece años quería otra cosa. Y así siempre y así siempre…
      Besos

  2. Son esos paraisos perdidos los que, sin saber, forman nuestra impronta y son la materia prima de la que estamos construidos. Creo que fue Shakespeare (creo que en Sueño de una noche de verano) estas hecha de la misma materia que están hechos los sueños. No sé si me he expresado bien, pero creo que si lo intento explicar más lo lio.
    Besos Paloma.

    1. Te he entendido, creo. Estamos hechos de lo que fuimos, de lo que tuvimos, de lo que hemos perdido, de lo que soñamos…
      pero claro, Shakespeare lo dijo más bonito y mejor.
      Besos, Manuel.

  3. Qué maja Lupe,llamándote falsa y endosándote a su hermana pequeña en la piscina de los pises…grrrrr
    Bueno,el pensamiento mágico te volvió reforzado,a la vista está.
    ; )

    Besos.

  4. Yo tuve fama de ser mala influencia para algunas de mis amigas y eso que ya ves tú… Nunca he sido demasiado rebelde que se diga pero en comparación con ellas yo era una loca total. Jajajaja.
    Ahora me has dejado con la intriga de dónde se se habrían ido…

    Besotes!!!

    1. Pero si tú eres más buena que el pan, diga lo que diga Forlán.
      Claro que se puede ser buena y estar un poco loca, eso también.
      Búscalas en Facebook o similar.
      Besos!

  5. Gracias por este paseo a través del corazón que llegaba a la adolescencia. Gracias por hacerme saber que no estaba sola.
    Un beso.

    1. Esa edad intermedia entre la infancia y la adolescencia la recuerdo muy aburrida.
      Y la adolescencia una locura total. No sé si querría volver ahí, de todas formas como no se puede no es problema.
      En el fondo todos nos parecemos bastante.
      Besos, Marta.
      Gracias a ti.

  6. Excelente relato.

    Esas dos chicas me parecen unas adolescentes burguesas y descerebradas. Claro que yo soy la mayor de cinco hermanos y tenía que hacerme cargo de los cuatro pequeños, porque mis padres trabajaban; eso quizás justifique mi visión.

    Un beso.

  7. Lo de las malas influencias también lo decía mi madre, creo que ahora se dice menos porque los chavales jóvenes, hasta que ya tienen una cierta edad, apenas hacen vida de barrio y, por lo tanto, no corren peligro; me acuerdo que yo llegaba del colegio, mi madre me preparaba un bocata para merendar y me iba zumbando a jugar a la calle. Eso sí, es verdad que ninguna madre pensaba (ni remotamente) que la mala influencia podía ser su hijo o su hija. Un relato muy evocador, Evavill. Saludos.

  8. Que edad incomoda donde el cuerpo te crece 20 centimetros de golpe y te salen pelos por todos lados y encima hasta menstruas… yo tenia un hermano pequeño , trece años, y pileta olimpica del club..y era desdichada…muy desdichada, con un amorcito imposible al lado de mi casa..Y era imposible porque no me miraba…que boluble…kakakaka
    Comparto

    1. ¿Quién fue el vecino idiota que no hizo caso a la gran Edda?
      Estoy de acuerdo en que esas edades de transición son muy complicadas, hasta en tu cuerpo estás a disgusto.
      Besos

  9. Qué maravilla de letras. Pegadita a ellas de principio a fin. Sintiendo el calor, el agua, viendo la cara de caballo y los bastones. Escribir es eso, contar lo cotidiano y hacer que parezca algo especial. ¡Eres fantástica! 😊😊

  10. Pues muchas gracias, Martes.
    No deja de hacerme ilusión que me lo digas. A mí lo cotidiano es lo que más me gusta, no solo para escribir también para leer.
    Un beso!!

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