Día: 6 julio, 2017

La Estrella

En la calle principal del pueblo estaba situada “La Estrella”, mejor conocida como la tienda del tío Cacharros. Allí nunca podías tener la seguridad de que ibas a encontrar lo que buscabas, más bien al contrario: casi con total seguridad no tenía lo que hubieras ido a comprar. En eso residía la gracia del negocio, en que el tío Cacharros te sustituyera un deseo por otro o que te hiciera olvidar tu necesidad creándote una nueva con gran habilidad.

Tenía de todo y de nada a la vez, lo cual es muy meritorio y difícil de conseguir. Su tienda era una especie de precursora de los todo a cien por su revoltijo de productos surtidos, pero sin acierto. A veces nos mandaban a comprar algo ahí aunque con poca esperanza de que a la vuelta trajéramos lo indicado. Vete a la tienda del Cacharros y pregunta si por casualidad -el “si por casualidad” era esencial en la frase- tiene un cazo pequeño.

¿Un cazo dices?, vaya por Dios, se lo acaban de llevar ahora mismo, pero que ahora mismo, decía el Cacharros poniendo mucha cara de fastidio y contrariedad pero, ¿no querrás pilas para la radio, un rastrillo para retirar hojas del jardín, un estuche con lapiceros o una cuchara de madera para darle vueltas al guiso?

Y a continuación y con mucha parsimonia iba sacando de unas cajas de cartón metidas en la pared, como si fueran nichos, sus productos alternativos. Los colocaba en el mostrador de madera, un mostrador que se levantaba por un lado como una tapa para acceder al lado interno de la tienda, y los iba adornando de cualidades. Si notaba que con sus cualidades no te había convencido utilizaba la táctica de meterte el miedo en el cuerpo. A lo mejor no lo necesitabas hoy pero podrías necesitarlo y mucho, al día siguiente o a la próxima semana.

¿Y si se iba la luz, como pasaba siempre cuando había una tormenta y no tenías linterna? ,¿y si tenías la linterna pero no las pilas para que funcionara? Ya te había liado y salías de allí con la linterna envuelta en un papel marrón y otro paquete, el de las de las pilas, también envuelto con mucho cuidado y laboriosidad y tan bien pegado con adhesivo que luego se sufría mucho para poderlo abrir. También fue un precursor chapucero del abre fácil que jamás lo es.

En verano, como tenía más clientela, contrataba un ayudante, era un hombre contrahecho, con una joroba en mitad de la espalda y la cara estirada en una especie de sonrisa perenne. Nunca pude averiguar si se reía de verdad pero creo que no. También en verano, y como ya no le cabían tantos productos en la tienda, el tío Cacharros colocaba una cuerda de lado a lado y de ella colgaba las novedades propias de la estación: flotadores, pelotas de goma, gafas de bucear con tubo y unos bañadores muy feos. Para alcanzar todo esto tenían un palo metálico acabado en una pinza. Por desgracia para el ayudante, esa misión le correspondía a él porque al Cacharros lo que le gustaba y lo que hacía bien era estar detrás del mostrador, convenciendo al comprador de que su necesidad no era la que él pensaba si no otra.

Algunos niños del pueblo cuando veían desde la plaza donde jugaban que el ayudante iba renqueando con el palo pincho a descolgar algo, se acercaban corriendo a la puerta y le cantaban “el demonio como era travieso el rabo lo tenía tieso…” Él a veces les amenazaba con el mismo palo-pincho pero otras, la mayoría, los ignoraba y se sentaba en una banqueta, la utilizaban en la tienda y estaba vieja pero también se vendía porque tenía el precio puesto. Allí sentado miraba al suelo y se frotaba la espalda con su sonrisa rara en la cara.

El tío Cacharros tenía una hija de nombre Estrellita. Yo creía que la tienda se llamaba así por la hija pero resultó ser al revés, era la hija la que se llamaba como la tienda. A Estrellita le gustaba mucho darnos envidia y se hacía la dueña del territorio cuando íbamos a comprar. Para demostrarnos que todo era suyo, entraba y salia de un lado a otro del mostrador levantando la tapa de madera, operación que me parecía fascinante, hacía botar una pelota delante de nuestras narices o sacaba cosas interesantes de las cajas nichos y jugaba o se adornaba con ellas mirándonos de reojo.

Me hubiera gustado muchísimo ser Estrellita y tener todos esos cacharros y una tapa para entrar y salir a mi disposición. Años después ella se quedó con el negocio y para darle un aire moderno le puso un fax desde el que poder mandar mensajes. Casi nunca funcionaba y entonces Estrellita decía en voz alta y mirando fijamente al cacharro, “es el fax del otro lado, va lentísimo y fatal”.