La Estrella

En la calle principal del pueblo estaba situada “La Estrella”, mejor conocida como la tienda del tío Cacharros. Allí nunca podías tener la seguridad de que ibas a encontrar lo que buscabas, más bien al contrario: casi con total seguridad no tenía lo que hubieras ido a comprar. En eso residía la gracia del negocio, en que el tío Cacharros te sustituyera un deseo por otro o que te hiciera olvidar tu necesidad creándote una nueva con gran habilidad.

Tenía de todo y de nada a la vez, lo cual es muy meritorio y difícil de conseguir. Su tienda era una especie de precursora de los todo a cien por su revoltijo de productos surtidos, pero sin acierto. A veces nos mandaban a comprar algo ahí aunque con poca esperanza de que a la vuelta trajéramos lo indicado. Vete a la tienda del Cacharros y pregunta si por casualidad -el “si por casualidad” era esencial en la frase- tiene un cazo pequeño.

¿Un cazo dices?, vaya por Dios, se lo acaban de llevar ahora mismo, pero que ahora mismo, decía el Cacharros poniendo mucha cara de fastidio y contrariedad pero, ¿no querrás pilas para la radio, un rastrillo para retirar hojas del jardín, un estuche con lapiceros o una cuchara de madera para darle vueltas al guiso?

Y a continuación y con mucha parsimonia iba sacando de unas cajas de cartón metidas en la pared, como si fueran nichos, sus productos alternativos. Los colocaba en el mostrador de madera, un mostrador que se levantaba por un lado como una tapa para acceder al lado interno de la tienda, y los iba adornando de cualidades. Si notaba que con sus cualidades no te había convencido utilizaba la táctica de meterte el miedo en el cuerpo. A lo mejor no lo necesitabas hoy pero podrías necesitarlo y mucho, al día siguiente o a la próxima semana.

¿Y si se iba la luz, como pasaba siempre cuando había una tormenta y no tenías linterna? ,¿y si tenías la linterna pero no las pilas para que funcionara? Ya te había liado y salías de allí con la linterna envuelta en un papel marrón y otro paquete, el de las de las pilas, también envuelto con mucho cuidado y laboriosidad y tan bien pegado con adhesivo que luego se sufría mucho para poderlo abrir. También fue un precursor chapucero del abre fácil que jamás lo es.

En verano, como tenía más clientela, contrataba un ayudante, era un hombre contrahecho, con una joroba en mitad de la espalda y la cara estirada en una especie de sonrisa perenne. Nunca pude averiguar si se reía de verdad pero creo que no. También en verano, y como ya no le cabían tantos productos en la tienda, el tío Cacharros colocaba una cuerda de lado a lado y de ella colgaba las novedades propias de la estación: flotadores, pelotas de goma, gafas de bucear con tubo y unos bañadores muy feos. Para alcanzar todo esto tenían un palo metálico acabado en una pinza. Por desgracia para el ayudante, esa misión le correspondía a él porque al Cacharros lo que le gustaba y lo que hacía bien era estar detrás del mostrador, convenciendo al comprador de que su necesidad no era la que él pensaba si no otra.

Algunos niños del pueblo cuando veían desde la plaza donde jugaban que el ayudante iba renqueando con el palo pincho a descolgar algo, se acercaban corriendo a la puerta y le cantaban “el demonio como era travieso el rabo lo tenía tieso…” Él a veces les amenazaba con el mismo palo-pincho pero otras, la mayoría, los ignoraba y se sentaba en una banqueta, la utilizaban en la tienda y estaba vieja pero también se vendía porque tenía el precio puesto. Allí sentado miraba al suelo y se frotaba la espalda con su sonrisa rara en la cara.

El tío Cacharros tenía una hija de nombre Estrellita. Yo creía que la tienda se llamaba así por la hija pero resultó ser al revés, era la hija la que se llamaba como la tienda. A Estrellita le gustaba mucho darnos envidia y se hacía la dueña del territorio cuando íbamos a comprar. Para demostrarnos que todo era suyo, entraba y salia de un lado a otro del mostrador levantando la tapa de madera, operación que me parecía fascinante, hacía botar una pelota delante de nuestras narices o sacaba cosas interesantes de las cajas nichos y jugaba o se adornaba con ellas mirándonos de reojo.

Me hubiera gustado muchísimo ser Estrellita y tener todos esos cacharros y una tapa para entrar y salir a mi disposición. Años después ella se quedó con el negocio y para darle un aire moderno le puso un fax desde el que poder mandar mensajes. Casi nunca funcionaba y entonces Estrellita decía en voz alta y mirando fijamente al cacharro, “es el fax del otro lado, va lentísimo y fatal”.

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36 comentarios en “La Estrella

    1. Gracias por dejar el primer comentario, parece que hoy está difícil.
      De todo y de todos, o casi, se pueden sacar historias. Pero sí, el Cacharros era muy peculiar, muy novelesco.
      Otro abrazo, Eladio.

  1. Coincidido, con este personaje, podrías hacer una novela,para las generaciones milemials,ya lo del fax les debe sonar raro,…..pero a mí me recuerda una infancia,donde los desvanes y estás tiendas,donde habitaba el caos,se convertían en sitios mágicos, ahora la nube está también llena de cacharros a la venta,pero se pierde esa magia de los olores y la sorpresa….y como dice tu personaje….y si sí

    1. El fax es prehistórico pero cuando lo puso Estrellita en su tienda era lo más de lo más, ni ella entendía semejante avance tecnológico.
      Me gustaban esas tiendas de todo y de nada en particular. Ahora tenemos las de los chinos y la compra por internet, es más cómodo, pero no es lo mismo

  2. La falta de comentarios debe ser por el calor, porque la historia es tan buena como cualquier otra. ¡Qué fantástica eres!, ¡qué manera de contar!!!. A veces pienso que eras una de mis vecinas, porque tu barrio y el mio son muy parecidos. El tio Cacharos de mi barrio se llamaba Marín, fue el que nos vendió nuestra primera tele y ……. a color (seguramente mi padre había ido a por pilas por su transistor)…..eso hizo que fuéramos los más envidiados de la calle, porque nuestra querida Otilia se encargo de que llegará antes la noticia que el aparato a casa y eso que la tienda estaba justo en la calle de atrás. Siempre me traes momentos buenos a mi presente y me produces tantas sonrisas que si no te leo sufro “el mono”. Un beso enormeeee

    1. Bueno, Nona, pues ya con este comentario tuyo tan majo me doy por más que satisfecha.
      Pero, ¿quién era Otilia?, parece sacada de la Rue del Percebe, ¿la mujer de Marín o una vecina cotilla?
      O sea que tu padre lo que quería en realidad eran unas pilas para la radio, ¡muy bueno!
      Muchas gracias y un besazo

      1. jjj, Nosotros a Otilia la llamábamos “Radio frecuencia”, con esto ya te puedes imaginar…. Pasará lo que pasará en el barrio ella lo trasmitía en directo, a veces llegaban las noticias antes que los sucesos… Ufff… me lo voy apuntar para hacer una historia sobre ella.

  3. Es que lo de la tapa del mostrador era fundamental,yo lo recuerdo en alguna tienda.
    Donde yo vivo en Madrid había una tienda así,caótica y con una vendedora parecida.
    Mis hijos y yo la llamábamos “El Corte Inglés” porque allí dentro había de todo,aunque no siempre lo q necesitábamos.Y…acaba de cerrar porque los chinos son una competencia feroz.

    Tú tienes una tienda de palabras…
    ; )
    Y mola venir.
    Besos.

    1. Lo que me hubiera gustado a mí tener un mostrador con tapa levadiza….
      Vaya, siento que cerraran la tuya, en mi barrio ya tampoco queda ninguna de ese estilo, solo “todos a cienes” 😉
      Pues a mí tú tienda también me gusta mucho, ¡y además tiene música!
      Besos

  4. Conozco una tienda de esas características, la dueña ronda los noventa años. Cobra con avidez hasta el último céntimo y redondea, siempre en beneficio suyo, que da gusto.

    De todos modos creo que me va a dar pena el día que desaparezca. Abre todos los días del año, incluso en Navidad. El día que enterraron a su marido, a la vuelta del cementerio, abrió la tienda y se puso detrás del mostrador. Es más tacaña que Dómine Cabra.

    Un beso.

    1. Tal como la describes de avara no creo que te dé mucha pena cuando cierre.
      Pero a lo mejor ha trabajado tanto que ya no sabe hacer otra cosa ni desconectar o tiene miedo a una vejez sin dinero. Todo es posible.
      Un beso, Ilduara.

  5. Me fascinan esas tiendas donde siempre compras lo que no necesitas en absoluto, pero con tanto gusto , por placer. Eran los primeras ” mini supermercados” Adoro tambén los rastros y esos Mercadillos de las Pulgas, donde cada obleto te inspira a montar una historia.
    A mi siempre me fascina de los textos de Paloma es saber transmitir las sensaciones de niñez…son iguales para todos. Leo y pienso que esta escrito sobre mi. Un beso.

    1. Sí, los rastros, los mercadillos, las tiendas con muchas cosas para perder el tiempo aunque luego no compres nada, es divertido ir a mirar, a mí también me gusta.
      Gracias, Tatiana.
      Otro beso

  6. Mama ,dueña de un acido humor fascinante, le llamaba , a uno de esos baratillos de turco de un barrio de mi infancia * EL POZO BIDU* Y para mi era el nombre perfecto para esa loca cueva de baratijas de todo tamaño
    Amo tu voz Palomitay

    1. Jajajaja, está muy bien el nombre, ahora ya sabemos de quién heredaste el humor.
      Loca cueva de baratijas de todo tamaño es una definición perfecta de ese tipo de tiendas, me encanta.

  7. Uy, esas tiendas me encantaban, una de mis tías tenía una con un almacén enorme.
    Entrábamos muchas veces para hablar con ella, nos dejaba a nuestro aire curiosear. Pero el verdadero interés, el de la pandilla, primos, amigos, un grupito muy variopinto, era el almacén enorme, se encontraba de todo. Olía a embutido. Ella nos dejaba, no nos reñía, y nadie salía de la tienda sin comprar, Hablaba muchísimo, la gente la miraba embelesada, les vendía de todo.
    Nada comparables estas tiendas a las de los chinos.

    Eres muy observadora, lo cuentas todo con mucho detalle, Y Estrellita me ha hecho mucha gracia.

    Un beso. 🙂

    1. Pero ¡qué suerte!, si tuviste una tienda de esas a tu alcance, eso era lo que yo quería y de lo que presumía Estrellita. A mí también me hace gracia ahora, antes no, me daba rabia.
      En esta no olía a embutido porque no tenía nada de comer, de ese tipo había otra que se llamaba “Ultramarinos”.
      Gran vendedora tu tía 🙂
      Besos, Rosa

  8. Qué suerte que entré tarde en los comentarios! Me han hecho pasear un rato por mi infancia y mi barrio, por otras ciudades…. He conocido el interior de “otros almacenes” y a “otras Estrellitas”. Delicioso relato, como siempre!! Sí que eres buena!! Un abrazo!

  9. 🙂 Me encanta la descripción. Me ha hecho recordar la cacharrería que había cerca de casa. Aquella la regentaba una anciana que tenía todos los años del mundo. Se movía con la parsimonia del que ya ha gastado todo el tiempo asignado y no tiene prisa por morirse. La tienda estaba en unos bajos, que recuerdo oscuros, y, normal, mis hermanas y yo inventamos una historia de brujas y misterios a su alrededor 😀 😀 😀 😀
    Supongo que ahora, con menos magia, el equivalente de esas tiendas vienen a ser los comercios chinos.
    ¡Quién sabe! Quizá dentro de algunos años, alguien que ahora entra a comprar en ellos deleitará a sus lectores en un blog, como tú lo haces ahora, con historias sobre una niña llamada Míngxīng 😉
    ¡¿Cuándo vas a decidirte a escribir esa novela?! Solo tienes que poner en orden tus entradas y darles un hilo conductor. ¡Si ya la tienes hecha! 😉

    1. Pero qué fantasiosas tú y tus hermanas, me encanta. La isla imaginada ya estaba emergiendo por ahí.
      Y el blog de la infancia de Mingxing….¡qué ganas de leerlo me han entrado!, estoy segura de que alguna Mingxing, de esa nueva generación que ya habla español, tendrá mucho que contar y lo hará.
      Ya estoy en fase de recopilación de todo lo que tengo escrito, ahora a ver si no me bloqueo y lo sé organizar de alguna manera. Eso de la organización se me da regular.

      Un beso, o más de uno, y muchísimas gracias por todos los ánimos que me das siempre 🙂 🙂

      1. Me asaltan todas las dudas del mundo, como si fueran pulgas.
        Ya te pediré consejo cuando me meta más en ello.
        Eres un sol 🙂 🙂 muuuuuchas gracias!!!!

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