Día: 10 julio, 2017

Chas

A cada momento se produce un chasquido, el de una mosca electrocutada en la parrilla atrapamoscas. Los fruteros  no se lo toman como algo personal, ellos tienen sus vidas y las moscas las suyas. No están en la misma dimensión aunque lo estén. Comparten mortalidad, eso es cierto, puede que ellos también vayan a morir tan repentina y accidentalmente como todas esas moscas, pero no lo piensan.

O sí lo piensan a veces, en algunas noches de insomnio o cuando tienen que recoger el resultado de alguna prueba y cómo late entonces el corazón aterrado por la posibilidad de dejar de hacerlo  o cuando enferma o muere alguien cercano. En esos momentos lo piensan por encima, una leve capa de pensamiento mortal que la propia vida con su empuje disuelve.

La vida se impone, la vida lo ocupa todo y ellos están en el centro de la vida aunque quién diría que esa tienda estrecha con los estantes de las frutas y verduras a los lados, la ristra de ajos colgada de una pared junto a la báscula de pesar, el toldo verde con la palmera pintada es el centro de nada. Pero lo es, es su centro, les han plantado ahí  y no es tan fácil desenraizarse y buscar otro terreno donde arraigar.

Eso les amarga, lo sepan de forma consciente o no. Eso y la jefa, Rosy, la frutera de la bata de cuadros rosas y coleta estirada y malgeniuda que les mangonea a todos y les grita desde primera hora de la mañana y les llama idiotas y dice “ahí no van los puerros, esos tomates separados, que no son de la misma clase, os lo he dicho mil veces, ¿habéis metido ya los melocotones para el pedido? si ya sabía yo que no, es que no falla, tengo que estar en todo, sois más pasmaos…

Si hubiera parrillas electrocuta jefas desagradables se comprarían una y la instalarían al lado de la de las moscas, cerca de las hierbas aromáticas que cuelgan  secas boca abajo, para que Rosy también se quedara más tiesa que el romero y que el tomillo, pero no existe de eso.

Así que con las cabezas gachas y las caras enrojecidas hacen lo que les dice y mueven cajas y llevan pedidos y atienden clientes todo el día, desde por la mañana hasta por la tarde, bien tarde. Y eso es el centro de la vida, la vida entera está concentrada ahí, en “Rosy, frutas y verduras. Especialidades tropicales”. Como lo está en las obras de la calle que parecen no tener fin y que les tienen machacados los tímpanos y los nervios. Todo eso es vida y al otro lado está la muerte en la que no piensan nunca o casi.

Como tampoco lo pensaba la última mosca que hace un momento chascó, ella solo huía del sol ardiente de la calle y atraída por los olores frutales y el frescor entró en la tienda, se posó un momento sobre la palmera pintada en el toldo lo mismito que si estuviera en el Caribe, se frotó las patas encima de un mango, relamiéndose, se elevó hacia la luz y adiós muy buenas.

O sí lo pensó, un momento antes de electrocutarse tuvo tiempo de sentir que ya, que se acabó, de repasar toda su vida de mosca y de comprender el misterio último o el penúltimo, por lo menos. Quién sabe lo que piensa una mosca, lo que comprende, o si no piensa nada ni menos comprende y es puro instinto mosquil, si solo obedece a un deseo de vida impreso en sus células de mosca, si solo cumple con la misión de ser mosca y de dejar en el mundo una continuación de sí misma para que perdure la raza de las moscas.

Eso es lo más probable como lo más probable es que los fruteros amargados sigan descargando cajas del camión donde dice “Frutas Rosy” al lado de otra palmera verde pintada en su chapa, es obsesión lo que tiene Rosy con las palmeras y lo tropical, y las arrastren por el suelo de la tienda estrecha y alargada sin pensar en la muerte ni en la vida ni en apenas nada.

Como mucho en el dolor de espalda y en la forma de atenuarlo,  en el fin de semana, que llegue ya, que llegue, o en las vacaciones, ya queda menos, ánimo, venga. En un piso un poco mejor, con un dormitorio más y terraza, en una moto nueva o en desnudar a la del vestido negro corto que acaba de pasar por delante y que les acaba de dar la primera alegría genuina y pura de la mañana y con la que tal vez podrían jugar a prolongar la raza de fruteros amargados pero sin prolongarla de verdad, para eso saben más que las moscas.

Y entonces todo tendría un cierto sentido o no lo tendría pero serviría de alivio al sinsentido general. Chas.

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