Día: 12 julio, 2017

Maitena y la inquietud

Estaba sentada en una de las mesas del fondo esperando a que comenzara la  clase cuando se me acercó una chica con flequillo recto y liso y los pómulos muy marcados. En vez de presentarse normalmente como yo esperaba y deseaba, era mi primera semana en ese colegio y todavía no conocía a nadie,  me hizo la siguiente extraña pregunta, “¿tú tienes inquietudes?” Inquietudes me sonaba a picores o a una sensación incómoda que te hacía moverte de un lado para otro, pero intuí que no se refería a eso y que debía contestar afirmativamente si quería dejar de estar sola. Hacer algún amigo y rápido era en ese momento mi mayor y casi única inquietud.

Es todo tan anodino…dijo ella a continuación señalando las paredes pintadas de verde y la calle que se veía por la ventana. Tintinearon sus pulseras,  llevaba muchas en las dos muñecas. Anodino era algo poco interesante, eso sí lo sabía, y como luego descubriría, una de sus palabras preferidas. El caso es que yo no hubiera definido ese entorno como anodino ni tampoco mi situación de ese momento, pero no le iba a explicar que para mí no, que para mí era todo nuevo y que estaba tan nerviosa que todas las mañanas me dolía el estómago y no podía desayunar porque acababa de mudarme de barrio y de colegio.

¿Escribes?, me volvió a interrogar. Era verdad que había empezado a rellenar un cuaderno con anotaciones tan interesantes como la comida del día, si llovía o hacía sol o la descripción muy realista de la casa a la que nos habíamos trasladado pero lo había dejado del sopor que a mí misma me producía.  Un cuaderno de lo más anodino, para qué engañarme. Pero a ella sí la quería engañar, así que le dije que sí, que escribía relatos fantásticos. Y de ciencia ficción, añadí ya metida en la harina de la mentira.

Sabía que tenías inquietudes, dijo ella, lo sabía, lo sabía,  lo he sabido en cuanto te he visto entrar en clase y te has quedado sola en la esquina de atrás. Esa posición se debía más bien a que desde ahí controlaba el panorama y a la vez pasaba desapercibida, pero decidí quedarme con el papel de inquieta interesante.

Yo escribo poesía, me dijo estirándose el ya muy estirado flequillo. Y me dio, con mucho tintineo de pulseras, una hoja que sacó de su carpeta. La carpeta estaba forrada con la página de un cómic y en cada una de las viñetas, dentro de esas nubes o bocadillos, aparecía la palabra “mierda” en diferentes tamaños y tipografías.

La poesía era muy rara y no entendí absolutamente nada. Muchas de las palabras no las había oído nunca pero hasta las que conocía me parecieron extrañas tal como estaban colocadas. En el primer verso decía, “ígneas son las fuentes  de los descarriados anapestos” ¿qué se podía decir a eso? Para remate, era muy larga y ella me miraba con unos ojos rasgados y escrutadores mientras yo la leía.

De repente se echó a reír con una risa muy loca que le brotaba como si tuviera una ígnea fuente dentro de la garganta y me confesó tan campante que no quería decir nada pero que eso daba igual porque lo importante era cómo sonaba, como una música.

Por suerte para mí, que no sabía qué decir, apareció una cabeza masculina entre nuestros hombros, se asomó como si formaran una ventana y una voz acelerada propuso, “¿os venís a la salida a hacer pintadas? Pero mi nueva amiga le pegó un empujón con la mano en la frente, expulsándolo,  y dijo, “déjanos en paz, pesado”.

Es anodino, me aclaró acto seguido para que supiera el motivo de su rechazo. Buah, todos lo son. Me llamo Maitena ¿y tú?, ¿quieres bálsamo de tigre? Y me ofreció un ungüento rojo que olía a mentol, ella se lo frotó en las sienes y yo, pues hice lo mismo.

Si algún día quieres llorar te lo pones cerca de los ojos y las lágrimas te salen solas. Maravillosa información, más bien hubiera necesitado un bálsamo para todo lo contrario, pero nunca se sabía. Entró la profesora en la clase, una mujer enérgica y hasta marcial. Cerró de golpe las ventanas y nos mandó abrir el libro de lengua por la página tres.

Maitena de perfil parecía una reina egipcia, qué poco anodina era y yo qué cosa rara sentía por dentro, qué nervios, qué ganas de moverme, pudiera tratarse de la inquietud, ella estaba en lo cierto, yo también tenía de eso.

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