Día: 17 julio, 2017

Deseos

Maitena enseguida te daba confianza, te agarraba del brazo, te llevaba a su casa, te contaba sus anhelos, deseos y temores más profundos y también los superficiales. A mí tanta soltura me desbordaba un poco porque yo era reservada aunque sin ser consciente de que lo era. Me lo diagnosticó ella el primer día que me invitó a su casa, “eres cerrada”, me dijo en el ascensor. Y yo viviendo tan tranquila sin saberlo. Dejé de estar tranquila, cerrada me parecía algo malo y mientras me iba enseñando su casa, cuarto por cuarto e incluso abría algunos cajones para que viera lo que guardaban dentro, me puse a pensar en ese nuevo y desagradable descubrimiento que ella me acababa de hacer.

Me presentó a su madre, una señora rubia y seria a la que no se parecía en nada y a una hermana que sí se parecía mucho a la madre, las dos nos miraron con poca simpatía y algo de desconfianza como si fueran una madre y una hermana postizas. Desaparecimos en su cuarto a fabricar poemas con el diccionario y a leerlos en voz alta para comprobar si tenían la música. La mayoría no nos quedaban musicales y los rompíamos.

Eso estábamos haciendo cuando entró un niño pequeño, moreno,con el flequillo muy liso, calcado al de ella, y los labios pintados de rojo. Fue directo hasta la cama, se subió encima y dando saltos me preguntó, ¿quieres ser una chica brutal? A Maitena le dio una de sus risas ígneas y descontroladas. Quiere decir frutal, me aclaró cuando se le pasó el ataque. Había por entonces un anuncio de labiales en el que se hacía esa pregunta a las potenciales consumidoras porque los carmines tenían sabores a frutas.
Yo sí soy una chica brutal, de fresa, dijo el niño sin parar de dar saltos sobre la cama, chica brutal, chica brutal, chica brutal y el flequillo se alzaba como una cortinilla y luego descendía con cada salto. Estaba todo sudoroso y la pintura de los labios se le estaba empezando a mover de su sitio.

Tras esa declaración sobre lo que era o lo que quería ser, cansado de dar saltos, fue hasta la estantería, sacó un libro de tapas duras de cuentos de los hermanos Grimm, se sentó encima de mis rodillas y me pidió que se lo leyera. Era muy abierto, igual que su hermana. Empecé a leerle la historia del Enano Saltarín, el título me pareció muy apropiado para él, pero ese no le interesaba, ninguno le interesaba demasiado, lo que quería era pasar las páginas para buscar dibujos de princesas y pedírselas. Yo soy esta ¿vale?, me la pido y señalaba a una y luego a otra y a otra. En el momento de la petición me sujetaba la cara entre las manos y me la dirigía hacia sus ojos para que no pudiera escapar de su mirada como si mirándome y yo a él fijara mejor su deseo. Tenía unos ojos redondos, brillantes y oscuros que me recordaban a los de un muñeco de peluche.

Quiere ser chica, dijo Maitena sin dejar de componer febrilmente sus poemas sonoros y sin sentido, pero mis padres no le dejan. Mierda y mierda,no me sale nada, todo es anodino. Odio a mis padres, son muy atrasados y a mi hermana también. La mencionada hermana atrasada y odiada entró en ese momento y no le gustó lo que vio.

Me voy a chivarrrrrr, gritó arrastrando mucho la erre, le has vuelto a dejar las pinturas a Carlitos, y de un tirón de brazo se llevó a la chica brutal que se acababa de pedir ser la princesa del guisante.

No me pienso casar nunca en la vida, tampoco quiero tener hijos, espero no flashearme, era su sinónimo de enamorarse. Quiero viajar, viajar por todo el mundo,
¿y tú qué quieres? Ni idea, no era como ella y como Carlitos,  no sabía qué pedirme, no tenía deseos definidos aunque flashearme me llamaba bastante la atención. Estuve a punto de decírselo pero me callé. Me di cuenta de que eso era ser cerrada y quise decírselo para dejar de serlo pero entonces ella abrió la ventana para tirar los poemas rotos. Estaba furiosa.

Los trocitos volaron un rato antes de irse para el fondo y desperdigarse. En el cuarto entró un inesperado olor a lluvia. Se oyó un trueno y empezaron a caer unas gotas gordas y pesadas que enseguida se volvieron rápidas, ligeras y estruendosas. Nos quedamos escuchando, ellas sí que tenían música, mucho mejor que nuestras birrias de poemas prefabricados.

Cuando me fui, Carlitos estaba cenando en la cocina. Le habían puesto un pijama con barquitos veleros estampados, la parte de arriba remetida por dentro del pantalón, lo habían peinado hacia atrás con colonia, los labios ya no tenían carmín de fresa. Se estaba comiendo una tortilla francesa, muy serio. Le dije adiós pero coincidió con otro trueno. Se tapó los oídos con las manos y lloró.

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