Día: 20 julio, 2017

Pepita y Lola

Pepita acaba de entrar en el baño para ducharse y ya oye voces y ruido en el piso de arriba, son los obreros y todavía no son ni las ocho. Solo con pensar, “los obreros” se angustia, otro día de golpes, taladros y ese chirrido de maquinaria que le recuerda al instrumental del dentista pero a lo bestia. Ella madruga más que Lola y Lola se lo recuerda cada día, “no sé dónde vas con tanta prisa, hija, tienes unos horarios muy raros”. Ese comentario le fastidia y mucho, para Lola todo lo que no se hace a su manera es raro.

Pues más rara eres tú, le dice Pepita con un poco de rabia al espejo, allí está su cara pero no la ve porque se está imaginando la de Lola, su hermana. Empiezan los martillazos y con qué fuerza, si parece que se le va a caer el techo encima. Tú sí que tienes manías, le vuelve a decir a la Lola imaginaria, todas las noches te tienes que tomar de postre cuatro almendras y si no te las tomas dices que te falta algo, si eso no es de maniática que baje Dios y lo vea.

Pero el que baja no es Dios, el que baja de golpe o más bien cae, precedido de unos cuantos cascotes, es uno de esos obreros de arriba. Es un hombre rubio y joven todo manchado de yeso, se ha ido a caer sobre la tapa del váter, ahí lo tiene sentado y sucio, mirándola. Pronuncia una palabra en un idioma desconocido, una palabra que suena como un chasquido o como un estornudo. Pepita se lleva una mano a la boca, dice ¡ ay, señor ! y sale corriendo hasta el cuarto de Lola. Increíble, con el calor que hace y duerme tapada con la colcha,  qué mujer más anormal. Despierta, despierta, la zarandea, tenemos un hombre sentado en la taza del váter. De los de arriba. Se ha caído por el hueco. Y el techo roto.

Lola abre los ojos, los tiene claros, Pepita oscuros.
Porque tú tengas la absurda manía de madrugar no por eso nos la tienes que imponer a los demás. Los demás solo es ella, Lola, porque allí no hay nadie y al obrero del baño no se puede referir, todavía no ha asimilado la información. Pepita se la repite: que se ha roto el techo del baño y por el agujero se ha caído un obrero, está sentado en el váter, corre, levántate y ayúdame. Vamos a preguntarle si se ha hecho daño, del susto no me he atrevido, qué disgusto el techo del baño, estas casas son de papel.

Lo que me temía que iba a pasar por fin ha pasado, piensa Lola, mi hermana se ha vuelto loca, la idea de juntarnos cuando nos quedamos viudas no fue buena, ahora me va a tocar cargar con su demencia y yo ya no estoy para eso, soy mayor, soy muy mayor, tengo ochenta y…no me acuerdo. Se pone una bata larga de seda que tiene colgada detrás de la puerta, es muy elegante, alta, con porte de reina. Pepita es bajita y se viste con lo primero que encuentra, faldas con zapatillas de deporte porque le resultan cómodas y camisetas raras y grandes. Hoy lleva una con un gorila estampado que da bastante miedo. A ella no, a ella le parece graciosa.

Qué bonita está la higuera, dice Lola parándose a mirar por la ventana. Desde la ventana se ve una higuera que pertenece a otra casa pero ellas la consideran suya y le hacen un seguimiento intensivo y diario. Digo yo que no es el momento de ponerse a mirar la higuera, lo tuyo no es normal, háztelo mirar, le dice Pepita a Lola. Desde que oyó en una tertulia de la radio, todo el día oye tertulias, la expresión “háztelo mirar”, la dice en cuanto puede. Y ahora puede, es el momento exacto para decirla. También le gusta “hoja de ruta” pero viene menos al caso.

Yo miro lo que me da la gana, faltaría más.

Pero no cuando tenemos un hombre en el baño y se nos ha caído el techo, no quiero ni pensar qué hubiera pasado si se llega a caer justo encima del lavabo ,donde yo estaba.

Hubiera pasado que estarías muerta y angelitos al cielo,  pero no ha pasado, lo que te gusta una catástrofe y más si eres tú la protagonista. Y tu marido era igual, otro protagonista, todavía me acuerdo de aquella fiesta en la que se subió a la mesa a cantar, qué vergüenza nos hizo pasar. En cuanto podía le daba al pimple que era la gloria bendita y luego, ale, a hacer el ridículo.

Pepita está notando una opresión en el pecho y ese mareo, le pasa cuando se enfada, se le descoloca el cuerpo y el mundo. Su hermana es idiota, lo ha sido siempre, si llega a saber que se iban a llevar tan mal, se queda en su casa. Muchos viejos viven solos y no les pasa nada, aparte de que cada día se desgastan un poco más hasta que se mueren, pero de eso no se va a librar aunque al menos no se morirá sola, se morirá peleándose con Lola.

Mira, dice abriendo con furia la puerta del baño, aquí lo tienes, a ver qué hacemos. Pero el obrero ya no está, el techo roto, sí y unos cuantos cascotes desperdigados por el suelo.

Te voy a decir lo que voy a hacer yo, dice Lola ajustándose el cinturón de la bata, voy a ir a la cocina y me voy a tomar un café, sin mi café no soy persona.

Y con el café tampoco eres persona, piensa Pepita, ni con cien cafés que te tomes te vuelves tú persona. Hay que llamar al seguro, eso sí lo dice en voz alta, o son ellos, los de arriba, los que tienen que llamar al suyo pero si no los conocemos de nada, hay que preguntarle al portero. Voy a bajar .

Los ojos claros de Lola se deslizan gélidos por el atuendo casual de su hermana, ¿no pensarás bajar con esa camiseta espantosa del gorila, verdad?

Sí, qué más da, si es un momento solo para buscar al portero. No podemos estar con la casa como si nos hubiera caído una bomba.

¿Te acuerdas de las bombas, Pepita?, pregunta Lola bebiendo el café y personificándose. A lo mejor no te acuerdas porque eras muy pequeña pero yo sí, sonaba la alarma y nos íbamos todos corriendo al refugio, un día no nos dio tiempo y la vimos caer justo delante, enfrente cayó. Estábamos todos, papá, mamá, el abuelo, Alberto y tú, que no te acuerdas.

Sí que me acuerdo, me lo pasé bien en la guerra, nadie nos vigilaba y hacíamos lo que nos daba la gana, unos soldados me dieron vermú. Voy a bajar a buscar al portero.

Ten cuidado no sea que te encuentres a algún soldado que te emborrache o al hombre que estaba en nuestro baño esta mañana, tienes visiones, qué triste es perder la cabeza. Mientras tú bajas yo voy a comprobar una cosa, me ha parecido antes que había un higo nuevo en una de las ramas.

Pues no sé que tiene de malo esta camiseta, le dice Pepita a su cara en el ascensor. Cara que no ve porque otra vez se le ha superpuesto la de Lola. Tú marido sí que era borracho y bastante putero y tú una marimandona y una creída, siempre me toca a mí todo y tú de reinona. Háztelo mirar, Lola, qué manía te tengo, pero ni se te ocurra morirte tú primero, esa no es nuestra hoja de ruta. Ahí sí cuadra.