Mes: agosto 2017

Puerta a ninguna parte

Fue el verano en el que me quedé sola y aburrida  cuando apareció el chico roto. Como gran diversión de las tardes iba con una caña de pescar hasta un lugar llamado la presilla. No me gustaba pescar pero me  dió por pensar que sí me gustaba . Así, inventándome una afición, le daba cierto sentido a los días. La presilla había sido presa pero otra más grande la había dejado en el diminutivo. Unos peces marrones, grandotes y feos nadaban a media altura de esas aguas turbias o más que nadar se quedaban flotando, más aburridos que yo, lo cual ya era mucho decir.

Para llegar hasta la presilla tenía que recorrer toda una calle llamada Cerezos, con pinos y abetos a los lados. Al pasar por delante del número 19 me paraba a buscar al gato negro. Lo había visto varios días colarse por debajo de la verja y me intrigaba saber cómo lo conseguía ya que apenas había espacio. Que aplanaba el cuerpo estaba claro pero el problema estaba en la cabeza. Tal vez tenía un cráneo plegable. Ese día el gato ya estaba dentro de la casa, con su cráneo  reconstruído, delante de una puerta roja que habían sacado de su marco, por rota, y habían colocado apoyada en la fachada delantera.

El número 19 tenía colgado el cartel de “en venta” y yo pensaba que no vivía nadie. La llamábamos la casa rota porque todo estaba viejo, descuidado y medio ruinoso. En el jardín de tierra había tres pinos retorcidos que se volcaban hacia afuera como si quisieran escapar de allí y a la hiedra del muro se le habían caído las hojas y solo quedaba el esqueleto,  a modo de abrazo fosilizado. Estaba mirando al gato negro tan hierático  sobre el rojo de la puerta y pensando en su portentosa cabeza articulada cuando por una de las ventanas de arriba se asomó un chico moreno, con el pelo revuelto y un brazo escayolado.

Nos miramos un instante, sonrió, se sacudió el pelo mojado como hacen los perros y desapareció dentro de la casa rota. Yo seguí por la calle en dirección a la presilla pensando en esa aparición inesperada. Me gustaba que llevara un brazo escayolado, desde abajo me había parecido que tenía muchas firmas por encima, señal inequívoca de que era amistoso y simpático.

Puse una bola de miga de pan en el anzuelo y tiré la caña. A esos peces no les gustaba el pan, se movían indiferentes y apáticos rodeando el cebo o ni siquiera se movían. O eran muy listos o tontos de remate. En el fondo agradecía su pasotismo,  así no tenía que desengancharlos del anzuelo, operación que me daba entre miedo y asco. Pensaba en el chico de la ventana, tenía la intuición de que iba a venir  y de que nos haríamos amigos. No se presentó y en cuanto empezaron a salir los primeros murciélagos, señal de que empezaba a anochecer, me fui.

El camino de vuelta me pareció mucho más interesante que otras tardes. Pasé por debajo del tendido eléctrico donde se posaban todas las golondrinas como pinzas negras esperando la colada, pasé por las escaleras que desembocaban en un muro y a las que por falta de uso les habían nacido hierbas y hasta flores y por la casa de una amiga de mi abuela que se llamaba Trini y que siempre salía a la puerta para darme una rosquilla y decirme, “toma, guapa, para el camino” y eso que ya no había camino porque su casa estaba pegada a la nuestra.

Creo que yo era el gran hito de sus tardes y  cuando me aburría mucho me daba miedo la idea de que seguiría aburriéndome siempre hasta llegar a la edad de Trini y entonces esperaría toda la tarde a que pasara una niña por delante de mi puerta para darle una rosquilla y esa niña quedaría condenada de por vida al tedio y así sucesivamente. Era una perspectiva aterradora.

Pero había pasado algo que podía salvarme, algo que seguramente no le había pasado nunca a Trini y era la cara del chico roto en la ventana,  su pelo mojado, su sonrisa y su brazo escayolado donde pronto iba a poner mi firma bien grande. Y la puse, muchas veces y hasta con dedicatorias preciosas que el chico roto leía a cada momento y tiramos piedras a los idiotas de los peces marrones y nos reímos mucho y un día, justo a la hora de los primeros murciélagos, nos besamos. Pero todo eso fue solo en mi imaginación mientras iba y venía con la caña por la calle Cerezos llena de pinos y abetos.

No lo volví a ver. Al gato sí, silueta negra sobre la puerta roja como el siniestro guardián de la puerta hacia ninguna parte.

 

 

 

Paseantes habituales

La mujer que corre con su perro y siempre sonríe. Se parece al perro y también a una tía mía que ya murió y que también se parecía mucho a su perro. Los perros entre ellos también son iguales. Muchas mañanas creo que es mi tía que ha vuelto y ahora corre. Pero ella nunca corrió, tocaba el piano y le gustaban las orquídeas, era un poco altiva y bastante guapa. Su perro era muy baboso, como el de la que corre y sonríe. Corre y sonríe.

Los dos gordos  antipáticos con sus perritos diminutos. Algunos trechos los llevan en brazos, arropados entre las carnes, luego les supone un gran esfuerzo volverlos a depositar en el suelo. De vez en cuando les dan ánimos, “venga, bonitos, ya queda poca cuesta, ya llegamos, ya no queda nada”. De paso se los dan a sí mismos. Cuando se cruzan con algún humano cuelgan la vista de los árboles y la dejan allí, escondida entre las ramas, hasta que pasa el peligro.

Las tres amigas con bastones de ir al monte, aunque no vayan al monte. Puede que se estén entrenando para cuando sí o qué les guste imaginárselo. Se intercambian recetas y consejos. “Sé egoísta, tienes que ser egoísta”, le ha dicho esta mañana la de el medio a la de la derecha y a continuación, ” y la masa para las palmeras cómprala en el Carrefour, te sale más buena”.  Ayer dijo la de la izquierda, “corta cuanto antes con esa relación, es tóxica, con el resto del  ragout que os dije, hice croquetas, volaron”. Tendré que esperar a mañana para escuchar el nuevo consejo-receta, la del ragout me la he perdido.

El grupo de hombres obsesionados con los de Podemos, con Javier Bardem y con las inversiones inmobiliarias. Les gusta citar en voz muy alta a amigos  por sus apellidos, dicen mucho “y tal”. “Unos amigos míos, los Humet y tal, que se compraron un pisazo imponente en la calle Menéndez Pelayo resulta que eran vecinos de Javier Bardem, por lo menos ese se ducha y tal porque los de las rastas…” “Putos comunistas”, dice otro dando una patada a una piedra. “Millonadas te darían ahora por ese piso y tal”.

La pareja que parece que se ha escapado de una película de los primeros tiempos de Woody Allen. Los dos van de blanco, pantalones anchos y camisas sueltas, sombreros de paja y un paraguas rojo para taparse el sol. Hablan de pájaros y se anticipan a ellos, “por aquí apareció ayer un petirrojo. Escucha, ¿ha sido eso un picapinos?” Se paran emocionadísimos y aunque se oye un toc-toc-toc no logran verlo. Abren el paraguas, él se engancha del brazo de ella. Ella es más alta y da la impresión de que lo protege y cuida.

El petirrojo. Sale de entre las zarzas, da tres saltitos, saluda y se mete en la zarza de enfrente.

Nadie durante mucho rato, silencio  y un trozo de luna diurna en el cielo.

 

Café de los viejos poetas

El suelo se estaba empezando a llenar de hojas amarillas y en el aire había ese olor a lluvia que precede a la lluvia verdadera. Parecía que estábamos en otra ciudad aunque fuera la misma de siempre. Maitena dijo que a ella el otoño le daba ganas de hacer cosas nuevas, en primavera era al contrario, la primavera le parecía cursi y repelente y si por ella fuera se encerraría en un cuarto, no en el suyo, en otro, y no saldría hasta que acabara. No entendí por qué no podía ser en el suyo y me intrigaba saber qué tipo de cuarto sería el elegido para escapar del trance primaveral pero no se lo pregunté porque en ese momento llegó Sandra. Era una amiga de Maitena también con inquietudes.

En realidad su principal inquietud era un tal Jesús del que se había claramente flasheado y después de esa inquietud primordial estaba Maitena, a la que admiraba borreguilmente y a la que miraba con una cara de entre susto y reverencia. Empezamos a hacer el recorrido habitual en dirección a nuestra parada de autobús pero antes de llegar, Maitena decidió que teníamos que ir en otra dirección, justo en la opuesta. Conocía un café que estaba lleno de poetas y nos lo quería enseñar.

Era verdad, después de andar unas cuantas calles y tener otra vez la sensación de estar en otra ciudad por lo desconocido de la ruta, llegamos hasta un café con unas cristaleras muy grandes y detrás unas mesas que habían sido antiguas máquinas de coser. Les habían quitado la máquina de encima pero conservaban por debajo ese pedal con el que se accionaba el mecanismo. Los poetas debían de ser esos que estaban sentados, con los pies apoyados sobre el pedal como si cosieran poemas en el aire. Casi todos eran bastante viejos, con barbas canosas o con calvas relucientes, con gafas metálicas, con camisas arrugadas. En algunas mesas se juntaban muchos y fumaban, bebían y hablaban. Solo había entre ellos una mujer, Maitena sabía su nombre y también el nombre de un premio que había ganado.

Daba un poco de miedo entrar ahí, en ese café reservado salvo por una gloriosa excepción a los poetas viejos y masculinos pero empezó a llover con mucha fuerza y Maitena empujó la puerta. Entramos, pedimos un café para las tres que nos sirvió con cara de vinagre un camarero muy flaco y esperamos a que pasara algo emocionante. No pasaba nada. Vistos de cerca no impresionaban tanto como a través del cristal, eran señores normales con aspecto más bien achacoso.  Sandra sacó un folio de su carpeta y se puso a escribir febrilmente algo que tapaba con la mano para que no lo viéramos.

Pensé que le habría venido la inspiración repentina, que se habría iluminado al entrar en contacto con un aire tan cargado de humo poético y de líricas toses.  A mí no me estaba produciendo ningún efecto ese ambiente, me notaba exactamente igual que cuando había entrado o tal vez un poco peor porque antes de entrar tenía la ilusión de que podía pasar algo, algo relacionado con el otoño, el cielo nublado, la lluvia, la aventura y los misterios, así en general, pero ahora no me parecía que allí pudiera pasar  nada de eso.

Uno de los poetas se levantó y se acercó a nuestra mesa. Fumaba en pipa, era gordo y grande, con una melena blanca hasta los hombros ¿Qué escribe la muchachita?, dijo dirigiéndose a Sandra que seguía muy obcecada llenando la hoja de letras. Levantó el folio en el aire y dijo muy serio, “¡pero si es un hermoso poema de amor!”. Entonces vimos que lo único que estaba escrito ahí, en letras de diferentes tamaños, con caligrafías distintas, en mayúsculas, en minúsculas , en horizontal, en diagonal, en vertical, boca arriba y boca abajo era “Jesús, Jesús, Jesús” y mil veces el nombre de Jesús. Sí que tenía un buen flasheo la pobre y ahora además tenía también mucha vergüenza, no tanto por el viejo poeta que ya se marchaba pesadamente hacia su mesa como por la mirada burlona de Maitena.

A lo mejor algún día nos dan un premio y nos publican un libro, dijo Maitena ya en la calle. Sí, y somos viejas, pensé, ya no me apetecía tanto la gloria literaria. Ya no llovía y empezaba a atardecer. De repente, Maitena dio un grito muy raro,  como de intensa emoción, y empezó a reírse como si se hubiera vuelto loca. Sandra la miraba desconcertada, sin saber qué hacer. Por detrás de dos edificios estaba empezando a asomar una luna muy gorda y roja.

Otra vez tuve esa sensación de que podía pasar algo, de que iba a pasar algo relacionado con la luna, con el otoño, con los charcos, con la aventura y el misterio, de que estaba en otra ciudad, de que todo era nuevo y que de un momento a otro se iba a abrir, mostrándose.