Día: 1 agosto, 2017

Café de los viejos poetas

El suelo se estaba empezando a llenar de hojas amarillas y en el aire había ese olor a lluvia que precede a la lluvia verdadera. Parecía que estábamos en otra ciudad aunque fuera la misma de siempre. Maitena dijo que a ella el otoño le daba ganas de hacer cosas nuevas, en primavera era al contrario, la primavera le parecía cursi y repelente y si por ella fuera se encerraría en un cuarto, no en el suyo, en otro, y no saldría hasta que acabara. No entendí por qué no podía ser en el suyo y me intrigaba saber qué tipo de cuarto sería el elegido para escapar del trance primaveral pero no se lo pregunté porque en ese momento llegó Sandra. Era una amiga de Maitena también con inquietudes.

En realidad su principal inquietud era un tal Jesús del que se había claramente flasheado y después de esa inquietud primordial estaba Maitena, a la que admiraba borreguilmente y a la que miraba con una cara de entre susto y reverencia. Empezamos a hacer el recorrido habitual en dirección a nuestra parada de autobús pero antes de llegar, Maitena decidió que teníamos que ir en otra dirección, justo en la opuesta. Conocía un café que estaba lleno de poetas y nos lo quería enseñar.

Era verdad, después de andar unas cuantas calles y tener otra vez la sensación de estar en otra ciudad por lo desconocido de la ruta, llegamos hasta un café con unas cristaleras muy grandes y detrás unas mesas que habían sido antiguas máquinas de coser. Les habían quitado la máquina de encima pero conservaban por debajo ese pedal con el que se accionaba el mecanismo. Los poetas debían de ser esos que estaban sentados, con los pies apoyados sobre el pedal como si cosieran poemas en el aire. Casi todos eran bastante viejos, con barbas canosas o con calvas relucientes, con gafas metálicas, con camisas arrugadas. En algunas mesas se juntaban muchos y fumaban, bebían y hablaban. Solo había entre ellos una mujer, Maitena sabía su nombre y también el nombre de un premio que había ganado.

Daba un poco de miedo entrar ahí, en ese café reservado salvo por una gloriosa excepción a los poetas viejos y masculinos pero empezó a llover con mucha fuerza y Maitena empujó la puerta. Entramos, pedimos un café para las tres que nos sirvió con cara de vinagre un camarero muy flaco y esperamos a que pasara algo emocionante. No pasaba nada. Vistos de cerca no impresionaban tanto como a través del cristal, eran señores normales con aspecto más bien achacoso.  Sandra sacó un folio de su carpeta y se puso a escribir febrilmente algo que tapaba con la mano para que no lo viéramos.

Pensé que le habría venido la inspiración repentina, que se habría iluminado al entrar en contacto con un aire tan cargado de humo poético y de líricas toses.  A mí no me estaba produciendo ningún efecto ese ambiente, me notaba exactamente igual que cuando había entrado o tal vez un poco peor porque antes de entrar tenía la ilusión de que podía pasar algo, algo relacionado con el otoño, el cielo nublado, la lluvia, la aventura y los misterios, así en general, pero ahora no me parecía que allí pudiera pasar  nada de eso.

Uno de los poetas se levantó y se acercó a nuestra mesa. Fumaba en pipa, era gordo y grande, con una melena blanca hasta los hombros ¿Qué escribe la muchachita?, dijo dirigiéndose a Sandra que seguía muy obcecada llenando la hoja de letras. Levantó el folio en el aire y dijo muy serio, “¡pero si es un hermoso poema de amor!”. Entonces vimos que lo único que estaba escrito ahí, en letras de diferentes tamaños, con caligrafías distintas, en mayúsculas, en minúsculas , en horizontal, en diagonal, en vertical, boca arriba y boca abajo era “Jesús, Jesús, Jesús” y mil veces el nombre de Jesús. Sí que tenía un buen flasheo la pobre y ahora además tenía también mucha vergüenza, no tanto por el viejo poeta que ya se marchaba pesadamente hacia su mesa como por la mirada burlona de Maitena.

A lo mejor algún día nos dan un premio y nos publican un libro, dijo Maitena ya en la calle. Sí, y somos viejas, pensé, ya no me apetecía tanto la gloria literaria. Ya no llovía y empezaba a atardecer. De repente, Maitena dio un grito muy raro,  como de intensa emoción, y empezó a reírse como si se hubiera vuelto loca. Sandra la miraba desconcertada, sin saber qué hacer. Por detrás de dos edificios estaba empezando a asomar una luna muy gorda y roja.

Otra vez tuve esa sensación de que podía pasar algo, de que iba a pasar algo relacionado con la luna, con el otoño, con los charcos, con la aventura y el misterio, de que estaba en otra ciudad, de que todo era nuevo y que de un momento a otro se iba a abrir, mostrándose.