Día: 12 agosto, 2017

Paseantes habituales

La mujer que corre con su perro y siempre sonríe. Se parece al perro y también a una tía mía que ya murió y que también se parecía mucho a su perro. Los perros entre ellos también son iguales. Muchas mañanas creo que es mi tía que ha vuelto y ahora corre. Pero ella nunca corrió, tocaba el piano y le gustaban las orquídeas, era un poco altiva y bastante guapa. Su perro era muy baboso, como el de la que corre y sonríe. Corre y sonríe.

Los dos gordos  antipáticos con sus perritos diminutos. Algunos trechos los llevan en brazos, arropados entre las carnes, luego les supone un gran esfuerzo volverlos a depositar en el suelo. De vez en cuando les dan ánimos, “venga, bonitos, ya queda poca cuesta, ya llegamos, ya no queda nada”. De paso se los dan a sí mismos. Cuando se cruzan con algún humano cuelgan la vista de los árboles y la dejan allí, escondida entre las ramas, hasta que pasa el peligro.

Las tres amigas con bastones de ir al monte, aunque no vayan al monte. Puede que se estén entrenando para cuando sí o qué les guste imaginárselo. Se intercambian recetas y consejos. “Sé egoísta, tienes que ser egoísta”, le ha dicho esta mañana la de el medio a la de la derecha y a continuación, ” y la masa para las palmeras cómprala en el Carrefour, te sale más buena”.  Ayer dijo la de la izquierda, “corta cuanto antes con esa relación, es tóxica, con el resto del  ragout que os dije, hice croquetas, volaron”. Tendré que esperar a mañana para escuchar el nuevo consejo-receta, la del ragout me la he perdido.

El grupo de hombres obsesionados con los de Podemos, con Javier Bardem y con las inversiones inmobiliarias. Les gusta citar en voz muy alta a amigos  por sus apellidos, dicen mucho “y tal”. “Unos amigos míos, los Humet y tal, que se compraron un pisazo imponente en la calle Menéndez Pelayo resulta que eran vecinos de Javier Bardem, por lo menos ese se ducha y tal porque los de las rastas…” “Putos comunistas”, dice otro dando una patada a una piedra. “Millonadas te darían ahora por ese piso y tal”.

La pareja que parece que se ha escapado de una película de los primeros tiempos de Woody Allen. Los dos van de blanco, pantalones anchos y camisas sueltas, sombreros de paja y un paraguas rojo para taparse el sol. Hablan de pájaros y se anticipan a ellos, “por aquí apareció ayer un petirrojo. Escucha, ¿ha sido eso un picapinos?” Se paran emocionadísimos y aunque se oye un toc-toc-toc no logran verlo. Abren el paraguas, él se engancha del brazo de ella. Ella es más alta y da la impresión de que lo protege y cuida.

El petirrojo. Sale de entre las zarzas, da tres saltitos, saluda y se mete en la zarza de enfrente.

Nadie durante mucho rato, silencio  y un trozo de luna diurna en el cielo.