Día: 16 agosto, 2017

Puerta a ninguna parte

Fue el verano en el que me quedé sola y aburrida  cuando apareció el chico roto. Como gran diversión de las tardes iba con una caña de pescar hasta un lugar llamado la presilla. No me gustaba pescar pero me  dió por pensar que sí me gustaba . Así, inventándome una afición, le daba cierto sentido a los días. La presilla había sido presa pero otra más grande la había dejado en el diminutivo. Unos peces marrones, grandotes y feos nadaban a media altura de esas aguas turbias o más que nadar se quedaban flotando, más aburridos que yo, lo cual ya era mucho decir.

Para llegar hasta la presilla tenía que recorrer toda una calle llamada Cerezos, con pinos y abetos a los lados. Al pasar por delante del número 19 me paraba a buscar al gato negro. Lo había visto varios días colarse por debajo de la verja y me intrigaba saber cómo lo conseguía ya que apenas había espacio. Que aplanaba el cuerpo estaba claro pero el problema estaba en la cabeza. Tal vez tenía un cráneo plegable. Ese día el gato ya estaba dentro de la casa, con su cráneo  reconstruído, delante de una puerta roja que habían sacado de su marco, por rota, y habían colocado apoyada en la fachada delantera.

El número 19 tenía colgado el cartel de “en venta” y yo pensaba que no vivía nadie. La llamábamos la casa rota porque todo estaba viejo, descuidado y medio ruinoso. En el jardín de tierra había tres pinos retorcidos que se volcaban hacia afuera como si quisieran escapar de allí y a la hiedra del muro se le habían caído las hojas y solo quedaba el esqueleto,  a modo de abrazo fosilizado. Estaba mirando al gato negro tan hierático  sobre el rojo de la puerta y pensando en su portentosa cabeza articulada cuando por una de las ventanas de arriba se asomó un chico moreno, con el pelo revuelto y un brazo escayolado.

Nos miramos un instante, sonrió, se sacudió el pelo mojado como hacen los perros y desapareció dentro de la casa rota. Yo seguí por la calle en dirección a la presilla pensando en esa aparición inesperada. Me gustaba que llevara un brazo escayolado, desde abajo me había parecido que tenía muchas firmas por encima, señal inequívoca de que era amistoso y simpático.

Puse una bola de miga de pan en el anzuelo y tiré la caña. A esos peces no les gustaba el pan, se movían indiferentes y apáticos rodeando el cebo o ni siquiera se movían. O eran muy listos o tontos de remate. En el fondo agradecía su pasotismo,  así no tenía que desengancharlos del anzuelo, operación que me daba entre miedo y asco. Pensaba en el chico de la ventana, tenía la intuición de que iba a venir  y de que nos haríamos amigos. No se presentó y en cuanto empezaron a salir los primeros murciélagos, señal de que empezaba a anochecer, me fui.

El camino de vuelta me pareció mucho más interesante que otras tardes. Pasé por debajo del tendido eléctrico donde se posaban todas las golondrinas como pinzas negras esperando la colada, pasé por las escaleras que desembocaban en un muro y a las que por falta de uso les habían nacido hierbas y hasta flores y por la casa de una amiga de mi abuela que se llamaba Trini y que siempre salía a la puerta para darme una rosquilla y decirme, “toma, guapa, para el camino” y eso que ya no había camino porque su casa estaba pegada a la nuestra.

Creo que yo era el gran hito de sus tardes y  cuando me aburría mucho me daba miedo la idea de que seguiría aburriéndome siempre hasta llegar a la edad de Trini y entonces esperaría toda la tarde a que pasara una niña por delante de mi puerta para darle una rosquilla y esa niña quedaría condenada de por vida al tedio y así sucesivamente. Era una perspectiva aterradora.

Pero había pasado algo que podía salvarme, algo que seguramente no le había pasado nunca a Trini y era la cara del chico roto en la ventana,  su pelo mojado, su sonrisa y su brazo escayolado donde pronto iba a poner mi firma bien grande. Y la puse, muchas veces y hasta con dedicatorias preciosas que el chico roto leía a cada momento y tiramos piedras a los idiotas de los peces marrones y nos reímos mucho y un día, justo a la hora de los primeros murciélagos, nos besamos. Pero todo eso fue solo en mi imaginación mientras iba y venía con la caña por la calle Cerezos llena de pinos y abetos.

No lo volví a ver. Al gato sí, silueta negra sobre la puerta roja como el siniestro guardián de la puerta hacia ninguna parte.